Dos frases muy fuertes se oyeron esta semana. Una fue "no, gracias" y la otra "cualquiera comete un error".
Podrían haber pasado inadvertidas ambas definiciones, pero tienen la potencia de un grito inesperado en la infinitud de la noche.
"No, gracias", fue la respuesta que le dio un joven golpeado por la vida y mimado por el azar y la solidaridad. La frase pertenece a Manuel Cruz, quien esta semana después de contar su verdad en LA GACETA del domingo pasado encontró manos abiertas, desinteresadas y entusiastas por cumplir su sueño. Decenas de tucumanos buscaron satisfacer sus necesidades, su hambre.
En la vida de Manuel volvió a cruzársele José Alperovich. Estuvieron por primera vez frente a frente cuando este "Cartonero abanderado" decía que quería ser periodista y una docente lo acompañó hasta el despacho del gobernador y lo entrevistó. Esta semana volvieron a verse. Alperovich lo invitó a la Casa de Gobierno. Pudo haber sido un encuentro en silencio, sin difusión, pero la gula puede más que la política del más alto nivel.
"Alperovich necesita la foto con Manuel", fue la reflexión detractora. Impresionante. El jovencito que camina 10 cuadras para tomar un ómnibus cuando los cartones levantados le permiten subirse a un ómnibus es importante para un gobernador. Una exageración de la tactificada y desapasionada política.
Pero que las hay, las hay. Así parece porque hubo foto de Manuel con Alperovich, aún cuando las estadísticas dicen que no le hace falta.
Manuel se durmió el domingo como un desocupado más y el martes le sobraban ofertas para tener de qué vivir y dónde y qué estudiar.
"Qué necesitás, Manuel", le preguntó Alperovich, y el joven le dijo: "no, gracias". Después le advirtió de su necesidad de conseguir un terreno.
Manuel eligió un empleo privado por encima de uno público. Su decisión encierra un vieja discusión política e ideológica. Hace tiempo que ha quedado enraizado el prejuicio de que el Estado (lo público) es algo malo. Se ha transmitido -se ha incorporado- además la desagradable idea de que el gobernante de turno es el dueño de lo público. Algunos políticos -Alperovich es un experto en esto- habla del Estado como si se tratara de su propio bolsillo. La primera persona del plural a la que invita el bien común no suele ser conjugada.
Manuel puso el dedo en la llaga. En la administración pública tucumana hay trabajadores que han pasado el colador de varios gobiernos y siguen allí siendo la columna vertebral que le da dignidad y eficacia a la gestión pública. Son los otros, los oportunistas, los que desde la política convierten en mala palabra -fría y desencantada- la tarea hecha desde el púlpito de lo público.
En el gobierno de Alperovich hay un sinnúmero de profesionales dispuestos a luchar y a esforzarse por demostrar que desde el Estado se puede hacer, pero al mismo tiempo está el prejuicio del robo y de la burocracia interesada. Y en esta gestión alperovichista, los ejemplos les han hecho un flaco favor: son capaces de confundir no sólo a Manuel sino a aquellos que interpretan sus sensaciones.
El ejemplo
El deterioro de las instituciones depende de sus administradores, que no hacen esfuerzos para que los ciudadanos se enorgullezcan de ellas. Es el caso de la administración de los programas de cooperativas de la Municipalidad de la capital: después de recibir críticas públicas, en lugar de revisar fallas y errores ha transformado en enemigos a aquellas personas que se quejaron por haber sido damnificados o porque, simplemente, pidieron mayor transparencia.
La voz de las autoridades es trascendental porque puede convertir una verdad en mentira en apenas segundos, con el sólo propósito de llevar agua para su molino. No se dan cuenta de que el ciudadano ha evolucionado y ya no lo seduce la falsedad: en todo caso, hace la vista gorda.
Sería como si ahora, cuando escasean los vuelos a Buenos Aires, se reinstalaran dos servicios diarios por necesidad de las empresas y las autoridades pretendieran que se trató de un logro del Estado. Esa es una de las claves del deterioro de la imagen.
Discusión equivocada
La segunda frase fue del gobernador Alperovich. "Un error lo comete cualquiera". El gobernador está desesperado por hacer entender a todos los ciudadanos que su ministro de Salud, Pablo Yedlin, es una persona buena y honesta. El respaldo a su funcionario es comprensible por cuanto él es su jefe. Pero también es increíble. Con sus acotaciones y repetidas alabanzas lo único que ha logrado es generar más dudas sobre lo que pasó en el Ministerio con motivo de la contratación de cursos de endodoncia para que los dicte una fundación que legalmente no existía y a la que se le iban a pagar $ 800.000.
¿Qué hace el líder de un grupo cuando alguien comete un error? ¿Cómo evita que, detrás de esa displicencia, los demás miembros flexibilicen sus responsabilidades? Seguramente, hace todo lo contrario a lo que el jefe del Poder Ejecutivo está efectuando.
Cuando dice que Yedlin es honesto y que cometió un error, ¿qué quiere decir?
Una interpretación podría ser que Yedlin no quiso poner la firma en un decreto que no sólo firma él sino también otros funcionarios. Sin embargo, la estampó. Y si fue un error, ¿no convendría pedirle al ministro que revise su estructura para saber quién o quiénes son los irresponsables capaces de hacerlo cometer semejante yerro?
La idea de que Yedlin es una persona honesta deja entrever que alguien actuó con deshonestidad. ¿Quién? ¿Cómo es posible que se dicte un curso que vale $ 800.000 y nadie reclame su pago? ¿Quién miente?
Hasta no hace mucho tiempo existía entre algunas áreas del Poder Ejecutivo y del Tribunal de Cuentas una relación muy especial. Tenían un aceitado contacto, que permitía consultar previamente si las cosas se iban a hacer bien. ¿Qué pasó? En las tierras donde nada se hace sin que José lo sepa, el ente de control se ha convertido, de un día para el otro, en el adalid de la Justicia tucumana.
La disyuntiva que se abre es: si Alperovich no sabía de este "error", y el Tribunal de Cuentas emitió su durísimo dictamen en el que señala gruesas irregularidades de Yedlin, ¿eso significa una pelea o una tensión con el gobernador? Si el mandatario sabía, entonces, ¿por qué defiende a Yedlin públicamente?
Si seguimos la primera pregunta se podría inferir que, de mantenerse la tensión entre el Tribunal de Cuentas y el Ejecutivo, vendrán momentos complicados para el PE. Si en cambio adherimos al segundo planteo, se podría pensar que, en todo caso, que hay otro responsable que no es Yedlin. Y, cada vez que surge esa opción, aparece el nombre del vicegobernador licenciado y ministro de Salud de la Nación en ejercicio. Sobre este tema, Juan Manzur siempre se mantuvo en silencio. Ordenar el pago de $ 800.000 para una fundación inexistente no es un error común: es un error grave. Más aún si se trata de un funcionario que atiende la cosa pública: ella es de todos.
"No, gracias". " Un error lo comete cualquiera". Dos frases simples que abren un debate complicado.
Podrían haber pasado inadvertidas ambas definiciones, pero tienen la potencia de un grito inesperado en la infinitud de la noche.
"No, gracias", fue la respuesta que le dio un joven golpeado por la vida y mimado por el azar y la solidaridad. La frase pertenece a Manuel Cruz, quien esta semana después de contar su verdad en LA GACETA del domingo pasado encontró manos abiertas, desinteresadas y entusiastas por cumplir su sueño. Decenas de tucumanos buscaron satisfacer sus necesidades, su hambre.
En la vida de Manuel volvió a cruzársele José Alperovich. Estuvieron por primera vez frente a frente cuando este "Cartonero abanderado" decía que quería ser periodista y una docente lo acompañó hasta el despacho del gobernador y lo entrevistó. Esta semana volvieron a verse. Alperovich lo invitó a la Casa de Gobierno. Pudo haber sido un encuentro en silencio, sin difusión, pero la gula puede más que la política del más alto nivel.
"Alperovich necesita la foto con Manuel", fue la reflexión detractora. Impresionante. El jovencito que camina 10 cuadras para tomar un ómnibus cuando los cartones levantados le permiten subirse a un ómnibus es importante para un gobernador. Una exageración de la tactificada y desapasionada política.
Pero que las hay, las hay. Así parece porque hubo foto de Manuel con Alperovich, aún cuando las estadísticas dicen que no le hace falta.
Manuel se durmió el domingo como un desocupado más y el martes le sobraban ofertas para tener de qué vivir y dónde y qué estudiar.
"Qué necesitás, Manuel", le preguntó Alperovich, y el joven le dijo: "no, gracias". Después le advirtió de su necesidad de conseguir un terreno.
Manuel eligió un empleo privado por encima de uno público. Su decisión encierra un vieja discusión política e ideológica. Hace tiempo que ha quedado enraizado el prejuicio de que el Estado (lo público) es algo malo. Se ha transmitido -se ha incorporado- además la desagradable idea de que el gobernante de turno es el dueño de lo público. Algunos políticos -Alperovich es un experto en esto- habla del Estado como si se tratara de su propio bolsillo. La primera persona del plural a la que invita el bien común no suele ser conjugada.
Manuel puso el dedo en la llaga. En la administración pública tucumana hay trabajadores que han pasado el colador de varios gobiernos y siguen allí siendo la columna vertebral que le da dignidad y eficacia a la gestión pública. Son los otros, los oportunistas, los que desde la política convierten en mala palabra -fría y desencantada- la tarea hecha desde el púlpito de lo público.
En el gobierno de Alperovich hay un sinnúmero de profesionales dispuestos a luchar y a esforzarse por demostrar que desde el Estado se puede hacer, pero al mismo tiempo está el prejuicio del robo y de la burocracia interesada. Y en esta gestión alperovichista, los ejemplos les han hecho un flaco favor: son capaces de confundir no sólo a Manuel sino a aquellos que interpretan sus sensaciones.
El ejemplo
El deterioro de las instituciones depende de sus administradores, que no hacen esfuerzos para que los ciudadanos se enorgullezcan de ellas. Es el caso de la administración de los programas de cooperativas de la Municipalidad de la capital: después de recibir críticas públicas, en lugar de revisar fallas y errores ha transformado en enemigos a aquellas personas que se quejaron por haber sido damnificados o porque, simplemente, pidieron mayor transparencia.
La voz de las autoridades es trascendental porque puede convertir una verdad en mentira en apenas segundos, con el sólo propósito de llevar agua para su molino. No se dan cuenta de que el ciudadano ha evolucionado y ya no lo seduce la falsedad: en todo caso, hace la vista gorda.
Sería como si ahora, cuando escasean los vuelos a Buenos Aires, se reinstalaran dos servicios diarios por necesidad de las empresas y las autoridades pretendieran que se trató de un logro del Estado. Esa es una de las claves del deterioro de la imagen.
Discusión equivocada
La segunda frase fue del gobernador Alperovich. "Un error lo comete cualquiera". El gobernador está desesperado por hacer entender a todos los ciudadanos que su ministro de Salud, Pablo Yedlin, es una persona buena y honesta. El respaldo a su funcionario es comprensible por cuanto él es su jefe. Pero también es increíble. Con sus acotaciones y repetidas alabanzas lo único que ha logrado es generar más dudas sobre lo que pasó en el Ministerio con motivo de la contratación de cursos de endodoncia para que los dicte una fundación que legalmente no existía y a la que se le iban a pagar $ 800.000.
¿Qué hace el líder de un grupo cuando alguien comete un error? ¿Cómo evita que, detrás de esa displicencia, los demás miembros flexibilicen sus responsabilidades? Seguramente, hace todo lo contrario a lo que el jefe del Poder Ejecutivo está efectuando.
Cuando dice que Yedlin es honesto y que cometió un error, ¿qué quiere decir?
Una interpretación podría ser que Yedlin no quiso poner la firma en un decreto que no sólo firma él sino también otros funcionarios. Sin embargo, la estampó. Y si fue un error, ¿no convendría pedirle al ministro que revise su estructura para saber quién o quiénes son los irresponsables capaces de hacerlo cometer semejante yerro?
La idea de que Yedlin es una persona honesta deja entrever que alguien actuó con deshonestidad. ¿Quién? ¿Cómo es posible que se dicte un curso que vale $ 800.000 y nadie reclame su pago? ¿Quién miente?
Hasta no hace mucho tiempo existía entre algunas áreas del Poder Ejecutivo y del Tribunal de Cuentas una relación muy especial. Tenían un aceitado contacto, que permitía consultar previamente si las cosas se iban a hacer bien. ¿Qué pasó? En las tierras donde nada se hace sin que José lo sepa, el ente de control se ha convertido, de un día para el otro, en el adalid de la Justicia tucumana.
La disyuntiva que se abre es: si Alperovich no sabía de este "error", y el Tribunal de Cuentas emitió su durísimo dictamen en el que señala gruesas irregularidades de Yedlin, ¿eso significa una pelea o una tensión con el gobernador? Si el mandatario sabía, entonces, ¿por qué defiende a Yedlin públicamente?
Si seguimos la primera pregunta se podría inferir que, de mantenerse la tensión entre el Tribunal de Cuentas y el Ejecutivo, vendrán momentos complicados para el PE. Si en cambio adherimos al segundo planteo, se podría pensar que, en todo caso, que hay otro responsable que no es Yedlin. Y, cada vez que surge esa opción, aparece el nombre del vicegobernador licenciado y ministro de Salud de la Nación en ejercicio. Sobre este tema, Juan Manzur siempre se mantuvo en silencio. Ordenar el pago de $ 800.000 para una fundación inexistente no es un error común: es un error grave. Más aún si se trata de un funcionario que atiende la cosa pública: ella es de todos.
"No, gracias". " Un error lo comete cualquiera". Dos frases simples que abren un debate complicado.







