DE AQUI Y DE ALLA. El luto de la política universitaria en Tucumán contrasta con el impulso científico de otras partes del mundo.
06 Junio 2010 Seguir en 

Por Ricardo Grau
Para LA GACETA - TUCUMAN
Los periódicos de la tercera semana de mayo traen dos noticias de la vida académica y reflejan su ambiguo destino.
Las tapas y editoriales locales se ocupan en la lucha entre dos facciones que compiten por conducir la universidad. Los bandos no difieren en sustancia, coinciden en que la universidad debe ser gratuita (que la pague toda la sociedad, inclusive aquellos que no pueden o no quieren acceder a ella) y democrática (que quienes la pagan no tengan injerencia en su gobierno). No intentan convencer a los votantes de sus virtudes para la planificación docente o científica: no se habla de cómo se reclutarán mejores profesores, investigadores, estudiantes, técnicos o administrativos; ni como se evitará que los malos sigan parasitando el sistema. Para ganarse al gremialismo docente, sugieren reducir el número de concursos bajo el eufemismo de la "carrera docente" (original "carrera" sin competidores); si un votante ve en este mecanismo la perpetuación de la mediocridad, los "operadores políticos" lo tranquilizan explicándole que es solo demagogia electoral. Coinciden en el principal argumento de su campaña: "somos menos corruptos que nuestros rivales", argumento que apoyan con datos sólidos: los opositores esgrimen un video en el que un estrecho colaborador del rector soborna a un elector, los oficialistas argumentan que sus rivales son meros títeres de quien realmente ostentaría el poder en caso de ganar (un personaje siniestro originado en el gremialismo estudiantil) porque así lo ha hecho con los anteriores rectores. La elección se define por electores que supuestamente traen un mandato, sin embargo se discute si el voto será secreto o público y nuevamente coinciden: los oficialistas temen que el voto cantado exponga a sus votantes a la vergüenza de no condenar la corrupción recientemente desenmascarada, los opositores intuyen que el voto secreto los protege de las represalias por parte de quienes probablemente continúen en el poder.
El desenlace acarrea más duelo que entusiasmo. Como en los duelos, nos cuesta llamar a la muerte por su nombre y la disfrazamos de una transición a lo desconocido, seguramente mejor. Cuando los universitarios hablan del tema bajan la voz, su mirada se extravía, los ojos se achican y los labios se aprietan levemente en una mueca de tristeza. Los duelos tienen atenuantes y agravantes del dolor. Esta parece la muerte que sigue a una penosa agonía; por eso aunque triste, nos trae alivio. Durante meses la universidad ha estado semiparalizada por la dolorosa patología de la elección. Las autoridades a la espera del resultado no toman decisiones importantes, la imprenta de la universidad no imprime libros sino volantes proselitistas, buena parte de la materia gris no se ocupa de estudiar, investigar o enseñar sino en dilucidar qué alianza política reportará más beneficios o menos amenazas. Es, en fin, reconfortante que esto se termine y la vida continúe. Pero, la amargura se acentúa por el resabio de la culpa. La muerte es más muerte cuando patentiza la irreversibilidad del tiempo: el particular estado mental del duelo nos hace ver con claridad que no hicimos lo debido por pereza o comodidad, o sea porque no quisimos. Funciona la democracia, tenemos lo que nos merecemos.
Ese morir de algo en nuestro espíritu se hace físico. El estómago nos da noticias de una náusea incipiente, los lacrimales contenidos presionan entre los ojos. Afortunadamente, para rescatarnos de ese estado de ánimo, la prensa local tiene páginas adicionales, que tratan de reproducir la noticia que es nota de tapa en otras partes del mundo. Dos científicos californianos han "fabricado" nada menos que vida.
La ciencia y la creación
No es la tradicional ingeniería genética, no han "engañado" a una bacteria para que reproduzca genes de otro organismo. Tampoco han cocido un caldo de moléculas inorgánicas en determinadas condiciones fisicoquímicas a ver si emergían compuestos precursores de proteínas o ácidos nucleicos. En cambio, se han sentado en una computadora a diseñar una secuencia genética parecida pero diferente a la de un microorganismo y han usado un procedimiento que en base a ese diseño genera un nuevo organismo que respira y se reproduce. El procedimiento aún usa "cadáveres" de bacterias a las que se les extirpa su propia información genética para insertar el nuevo ADN y permitirle propagarse. Pero se ha cruzado una barrera importante: el nuevo organismo no tiene ancestros. Para que quede claro quienes han creado esta entidad biológica, sus autores han incluido en la información genética de la nueva especie el URL de la página web del instituto. Desde la concepción precientífica del universo se han postulado tres razones para la existencia de un Dios como explicación: el origen del universo mismo, el de la vida y el del alma; tres razones que han operado incluso como una definición del Creador. Durante el último siglo y medio, sobre todo las dos últimas han quedado seriamente debilitadas por la ciencia. Los científicos ya no dudan que la vida pueda emerger espontáneamente en sus formas más simples y a partir de estas evolucionar hacia la espectacular diversidad que nos rodea y que incluye entre muchas otras maravillas a la mente (el alma). El reciente avance científico nos indica lo que ya sospechábamos pero nadie había concretado: si definimos a Dios como el creador de la vida, los científicos pueden inclusive Serlo. Aún no pueden "programarse" organismos en una computadora personal pero esto ocurrirá en las próximas décadas y no quedan serios motivos para pensar que alguna vez no puedan crearse formas de vida que tengan alma, en el sentido más estricto del concepto (tal vez por ejemplo inaplicable a computadoras "inteligentes").
Este nacer tiene todas las características del posparto. El penoso aunque grato proceso de la gestación y el alumbramiento queda atrás, dando paso tras una corta euforia, al fenomenal vértigo de percibir que lo engendrado inevitablemente se nos escapa: vive. Lo vemos tan bello que nos gustaría seguir gestándolo, pero cada vez más él se gestará a sí mismo. Hay certezas en la muerte; quien asiste a un nacimiento solo tiene una: el mundo no volverá a ser el mismo ¿Cuánto y en qué dirección crecerá la criatura?, lo ignoramos de una manera fascinante.
En las universidades universales (por lo general ni democráticas ni gratuitas) el engendro se desarrollará en todas sus dimensiones físicas y espirituales. Los biólogos ya piensan cómo crear o recrear formas de vida compleja, un árbol, un mamut, el hombre de Cromagnon, o un organismo totalmente nuevo capaz de luchar contra el cáncer. Los ecólogos y economistas exploran si con estos desarrollos puede producirse más alimentos con menos costos ambientales. Los filósofos se plantean los dilemas éticos de los dioses. Las ciencias políticas y jurídicas diseñan mecanismos para que la vida artificial sea apropiada por los fabricantes de vacunas y no por los de armas biológicas. Como si les faltara vigor, la informática se potencia al asumirse que la vida misma no es otra cosa que información, cada vez más manipulable.
El luto de la política universitaria seguirá gravitando sobre el espíritu de los académicos con su miserable pesadumbre: toneladas de anclaje que nos asegurará tener "los pies en la tierra" según rezan los discursos a viva voz; y con el tedio atroz que se embosca tras el vacío entretenimiento de pugnas electorales. Las vivas fiestas de la ciencia y del pensamiento libre (la antítesis del político) de a ratos nos dejarán ingrávidos, con los pies inestables en cualquier lado. En ellas, la mirada algo borrosa por la embriaguez podrá de todos modos intuir, silenciosamente, el cielo.
© LA GACETA
Ricardo Grau - Profesor de Ecología en la UNT, investigador del CONICET.
Para LA GACETA - TUCUMAN
Los periódicos de la tercera semana de mayo traen dos noticias de la vida académica y reflejan su ambiguo destino.
Las tapas y editoriales locales se ocupan en la lucha entre dos facciones que compiten por conducir la universidad. Los bandos no difieren en sustancia, coinciden en que la universidad debe ser gratuita (que la pague toda la sociedad, inclusive aquellos que no pueden o no quieren acceder a ella) y democrática (que quienes la pagan no tengan injerencia en su gobierno). No intentan convencer a los votantes de sus virtudes para la planificación docente o científica: no se habla de cómo se reclutarán mejores profesores, investigadores, estudiantes, técnicos o administrativos; ni como se evitará que los malos sigan parasitando el sistema. Para ganarse al gremialismo docente, sugieren reducir el número de concursos bajo el eufemismo de la "carrera docente" (original "carrera" sin competidores); si un votante ve en este mecanismo la perpetuación de la mediocridad, los "operadores políticos" lo tranquilizan explicándole que es solo demagogia electoral. Coinciden en el principal argumento de su campaña: "somos menos corruptos que nuestros rivales", argumento que apoyan con datos sólidos: los opositores esgrimen un video en el que un estrecho colaborador del rector soborna a un elector, los oficialistas argumentan que sus rivales son meros títeres de quien realmente ostentaría el poder en caso de ganar (un personaje siniestro originado en el gremialismo estudiantil) porque así lo ha hecho con los anteriores rectores. La elección se define por electores que supuestamente traen un mandato, sin embargo se discute si el voto será secreto o público y nuevamente coinciden: los oficialistas temen que el voto cantado exponga a sus votantes a la vergüenza de no condenar la corrupción recientemente desenmascarada, los opositores intuyen que el voto secreto los protege de las represalias por parte de quienes probablemente continúen en el poder.
El desenlace acarrea más duelo que entusiasmo. Como en los duelos, nos cuesta llamar a la muerte por su nombre y la disfrazamos de una transición a lo desconocido, seguramente mejor. Cuando los universitarios hablan del tema bajan la voz, su mirada se extravía, los ojos se achican y los labios se aprietan levemente en una mueca de tristeza. Los duelos tienen atenuantes y agravantes del dolor. Esta parece la muerte que sigue a una penosa agonía; por eso aunque triste, nos trae alivio. Durante meses la universidad ha estado semiparalizada por la dolorosa patología de la elección. Las autoridades a la espera del resultado no toman decisiones importantes, la imprenta de la universidad no imprime libros sino volantes proselitistas, buena parte de la materia gris no se ocupa de estudiar, investigar o enseñar sino en dilucidar qué alianza política reportará más beneficios o menos amenazas. Es, en fin, reconfortante que esto se termine y la vida continúe. Pero, la amargura se acentúa por el resabio de la culpa. La muerte es más muerte cuando patentiza la irreversibilidad del tiempo: el particular estado mental del duelo nos hace ver con claridad que no hicimos lo debido por pereza o comodidad, o sea porque no quisimos. Funciona la democracia, tenemos lo que nos merecemos.
Ese morir de algo en nuestro espíritu se hace físico. El estómago nos da noticias de una náusea incipiente, los lacrimales contenidos presionan entre los ojos. Afortunadamente, para rescatarnos de ese estado de ánimo, la prensa local tiene páginas adicionales, que tratan de reproducir la noticia que es nota de tapa en otras partes del mundo. Dos científicos californianos han "fabricado" nada menos que vida.
La ciencia y la creación
No es la tradicional ingeniería genética, no han "engañado" a una bacteria para que reproduzca genes de otro organismo. Tampoco han cocido un caldo de moléculas inorgánicas en determinadas condiciones fisicoquímicas a ver si emergían compuestos precursores de proteínas o ácidos nucleicos. En cambio, se han sentado en una computadora a diseñar una secuencia genética parecida pero diferente a la de un microorganismo y han usado un procedimiento que en base a ese diseño genera un nuevo organismo que respira y se reproduce. El procedimiento aún usa "cadáveres" de bacterias a las que se les extirpa su propia información genética para insertar el nuevo ADN y permitirle propagarse. Pero se ha cruzado una barrera importante: el nuevo organismo no tiene ancestros. Para que quede claro quienes han creado esta entidad biológica, sus autores han incluido en la información genética de la nueva especie el URL de la página web del instituto. Desde la concepción precientífica del universo se han postulado tres razones para la existencia de un Dios como explicación: el origen del universo mismo, el de la vida y el del alma; tres razones que han operado incluso como una definición del Creador. Durante el último siglo y medio, sobre todo las dos últimas han quedado seriamente debilitadas por la ciencia. Los científicos ya no dudan que la vida pueda emerger espontáneamente en sus formas más simples y a partir de estas evolucionar hacia la espectacular diversidad que nos rodea y que incluye entre muchas otras maravillas a la mente (el alma). El reciente avance científico nos indica lo que ya sospechábamos pero nadie había concretado: si definimos a Dios como el creador de la vida, los científicos pueden inclusive Serlo. Aún no pueden "programarse" organismos en una computadora personal pero esto ocurrirá en las próximas décadas y no quedan serios motivos para pensar que alguna vez no puedan crearse formas de vida que tengan alma, en el sentido más estricto del concepto (tal vez por ejemplo inaplicable a computadoras "inteligentes").
Este nacer tiene todas las características del posparto. El penoso aunque grato proceso de la gestación y el alumbramiento queda atrás, dando paso tras una corta euforia, al fenomenal vértigo de percibir que lo engendrado inevitablemente se nos escapa: vive. Lo vemos tan bello que nos gustaría seguir gestándolo, pero cada vez más él se gestará a sí mismo. Hay certezas en la muerte; quien asiste a un nacimiento solo tiene una: el mundo no volverá a ser el mismo ¿Cuánto y en qué dirección crecerá la criatura?, lo ignoramos de una manera fascinante.
En las universidades universales (por lo general ni democráticas ni gratuitas) el engendro se desarrollará en todas sus dimensiones físicas y espirituales. Los biólogos ya piensan cómo crear o recrear formas de vida compleja, un árbol, un mamut, el hombre de Cromagnon, o un organismo totalmente nuevo capaz de luchar contra el cáncer. Los ecólogos y economistas exploran si con estos desarrollos puede producirse más alimentos con menos costos ambientales. Los filósofos se plantean los dilemas éticos de los dioses. Las ciencias políticas y jurídicas diseñan mecanismos para que la vida artificial sea apropiada por los fabricantes de vacunas y no por los de armas biológicas. Como si les faltara vigor, la informática se potencia al asumirse que la vida misma no es otra cosa que información, cada vez más manipulable.
El luto de la política universitaria seguirá gravitando sobre el espíritu de los académicos con su miserable pesadumbre: toneladas de anclaje que nos asegurará tener "los pies en la tierra" según rezan los discursos a viva voz; y con el tedio atroz que se embosca tras el vacío entretenimiento de pugnas electorales. Las vivas fiestas de la ciencia y del pensamiento libre (la antítesis del político) de a ratos nos dejarán ingrávidos, con los pies inestables en cualquier lado. En ellas, la mirada algo borrosa por la embriaguez podrá de todos modos intuir, silenciosamente, el cielo.
© LA GACETA
Ricardo Grau - Profesor de Ecología en la UNT, investigador del CONICET.
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