06 Junio 2010 Seguir en 

Por María Eugenia Bestani
Para LA GACETA - Tucumán
Son amorfos, decadentes, estereotipados. La sordidez y excesos de algunas escenas llegan a estremecer. En sus historias no hay moralejas edificantes: el malo seguirá siendo malo. Tampoco hay demasiadas esperanzas para el avaro, el racista, el alcohólico, el indolente, ni el corrupto, que hasta serán premiados por su constancia.
Sin embargo, diariamente, en nuestro planeta, una multitud se sienta con avidez a ver una nueva entrega -incluso las no tan nuevas- de Los Simpson. Jóvenes que hoy rondan los veintitrés años, han crecido bajo el amarillo influjo de esta familia disfuncional, residente de Springfield, a la que podemos amar o detestar. Lo cierto es que a nadie le es indiferente. ¿Cómo se explica el sostenido éxito de la serie ideada por Matt Groening? Si bien con altibajos, Los Simpson ya ha superado las veinte temporadas.
Oscar Wilde afirmaba que si una obra provoca duras controversias, simplemente está probando su originalidad, complejidad y vitalidad. Mal que nos pese, la serie apunta a esas cualidades. La presencia de celebridades de todos los ámbitos, las alusiones históricas, referencias literarias y cinematográficas, con que los guionistas montan los capítulos, nos permiten múltiples lecturas. Los docentes somos mudos testigos -quizás con un gusto agridulce- de cómo nuestros jóvenes se aproximan a los íconos culturales, que nosotros reverenciamos, desde Los Simpson. El análisis crítico de la actualidad no está ausente. La religión institucionalizada, la educación, la política doméstica e internacional, el medio ambiente, la televisión y los medios masivos (con ingeniosos juegos de auto referencialidad), y por sobre todo, la familia, continuamente pasan por el tamiz irónico y descarnado de los creativos detrás de pantalla.
Si bien se trata de ciudadanos estadounidenses, la serie supera las barreras idiosincrásicas. Con algunos matices de más, o de menos, todos podemos conocer (y lo que es peor, reconocernos en) un Homero o un Bart. Nos gusten o no los comentarios sexistas o clasistas naturalizados en los personajes tipo como el Sr. Burns, lo que no deja de sorprender es el buen ejercicio de autocrítica de la televisión norteamericana.
Como quien echa un vistazo al retrato de Dorian Gray de un mundo occidental que busca construirse sobre la base de lo políticamente correcto, nos reímos de buena gana de lo que públicamente condenaríamos, confirmando así que el único modo de soportar con algo de dignidad nuestras bajezas y debilidades humanas es la farsa.
© LA GACETA
María Eugenia Bestani - Profesora de Literatura Anglófona II y III en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.T.
Para LA GACETA - Tucumán
Son amorfos, decadentes, estereotipados. La sordidez y excesos de algunas escenas llegan a estremecer. En sus historias no hay moralejas edificantes: el malo seguirá siendo malo. Tampoco hay demasiadas esperanzas para el avaro, el racista, el alcohólico, el indolente, ni el corrupto, que hasta serán premiados por su constancia.
Sin embargo, diariamente, en nuestro planeta, una multitud se sienta con avidez a ver una nueva entrega -incluso las no tan nuevas- de Los Simpson. Jóvenes que hoy rondan los veintitrés años, han crecido bajo el amarillo influjo de esta familia disfuncional, residente de Springfield, a la que podemos amar o detestar. Lo cierto es que a nadie le es indiferente. ¿Cómo se explica el sostenido éxito de la serie ideada por Matt Groening? Si bien con altibajos, Los Simpson ya ha superado las veinte temporadas.
Oscar Wilde afirmaba que si una obra provoca duras controversias, simplemente está probando su originalidad, complejidad y vitalidad. Mal que nos pese, la serie apunta a esas cualidades. La presencia de celebridades de todos los ámbitos, las alusiones históricas, referencias literarias y cinematográficas, con que los guionistas montan los capítulos, nos permiten múltiples lecturas. Los docentes somos mudos testigos -quizás con un gusto agridulce- de cómo nuestros jóvenes se aproximan a los íconos culturales, que nosotros reverenciamos, desde Los Simpson. El análisis crítico de la actualidad no está ausente. La religión institucionalizada, la educación, la política doméstica e internacional, el medio ambiente, la televisión y los medios masivos (con ingeniosos juegos de auto referencialidad), y por sobre todo, la familia, continuamente pasan por el tamiz irónico y descarnado de los creativos detrás de pantalla.
Si bien se trata de ciudadanos estadounidenses, la serie supera las barreras idiosincrásicas. Con algunos matices de más, o de menos, todos podemos conocer (y lo que es peor, reconocernos en) un Homero o un Bart. Nos gusten o no los comentarios sexistas o clasistas naturalizados en los personajes tipo como el Sr. Burns, lo que no deja de sorprender es el buen ejercicio de autocrítica de la televisión norteamericana.
Como quien echa un vistazo al retrato de Dorian Gray de un mundo occidental que busca construirse sobre la base de lo políticamente correcto, nos reímos de buena gana de lo que públicamente condenaríamos, confirmando así que el único modo de soportar con algo de dignidad nuestras bajezas y debilidades humanas es la farsa.
© LA GACETA
María Eugenia Bestani - Profesora de Literatura Anglófona II y III en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.T.
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