30 Mayo 2010 Seguir en 

Novela
EL DON DE LA VIDA
FERNANDO VALLEJO
(Alfaguara - Buenos Aires)
"Lo único que me interesa es mi muerte. No estoy seguro de que esté muy vivo porque uno se muere de a poquito. Tal vez sea la única forma de renovar la literatura". Las palabras de Fernando Vallejo, en este caso recogidas de una entrevista, alcanzan una gravedad ante la cual ningún lector sentirá indiferencia. En El don de la vida, así como también en la novela El desbarrancadero y en el ensayo La puta de Babilonia, el autor pone nuevamente en escena -y sin demasiadas variaciones- un registro inconfundible que seguramente producirá un efecto interesante: la adhesión casi incondicional o el rechazo, pero con la diferencia de que en esta ocasión cualquiera de los dos estados será, muy probablemente, producto de sentir que están siendo interrogados por estas páginas.
En esta nueva novela la singularidad de su escritura se expresa a través de la fertilidad con que convoca y administra las voces. A partir de una estructura dialogística que reproduce el encuentro entre una especie de alter ego del autor y su "compadre" Álvaro, se suceden los encuentros con otros ancianos (amigos o conocidos) en una plaza popular de Colombia. Las acciones narrativas se ajustan a dos tiempos: por un lado, hacerle sentir al lector ese transcurrir de la conversación, y por otro, a partir del presente del protagonista, la rememoración de pasados disímiles -desde el histórico hasta el de su juventud-. Esta sucesión de tiempos y de voces concertadas es la que hace muy palpable la oralidad que Vallejo sabe transmitir. En estas escenas, que a veces se suceden unas a otras sin solución de continuidad, el protagonista tiñe los momentos con una mirada nihilista y profundamente corrosiva, ya no sólo sobre los aspectos sociales, políticos e históricos de Colombia (su país de origen) sino también, y mucho más allá, sobre el sentido de la vida y del hombre, al que no vacila en considerar como "una repetición continua de sí mismo, un hundirse sin parar en un espantoso pantano mental del que sólo lo sacará la Muerte".
El motivo que vuelve una y otra vez en esta sucesión de pequeñas escenas -a las que habría que calificar de "verbales", ya que no hay otra acción que las que refieren los parlamentos- son los comentarios sobre una tarea a la que el protagonista se encuentra comprometido desde hace tiempo: anotar en una libreta la cantidad de personas conocidas -de manera directa o indirecta- que han sucumbido a la "Muerte", como él la denomina.
De igual manera que en Thomas Bernhard, o en Celine, no es posible leer sus historias, con sus permanentes diatribas contra Colombia, las religiones, principalmente el Cristianismo y el Islam, y la política, entre otros temas, sin que algo, de una u otra manera, interpele al lector. En ese sentido, Vallejo nos puede llevar a pensar que sólo existen dos clases de escritores: los tolerantes y los intolerantes, y que más allá de lo funcional que pueda ser la distinción no está nada mal que algunos experimentos literarios circulen por esa zona en que la palabra se vuelve incandescente, poco propicia a la conciliación y a la corrección política.
© LA GACETA
EL DON DE LA VIDA
FERNANDO VALLEJO
(Alfaguara - Buenos Aires)
"Lo único que me interesa es mi muerte. No estoy seguro de que esté muy vivo porque uno se muere de a poquito. Tal vez sea la única forma de renovar la literatura". Las palabras de Fernando Vallejo, en este caso recogidas de una entrevista, alcanzan una gravedad ante la cual ningún lector sentirá indiferencia. En El don de la vida, así como también en la novela El desbarrancadero y en el ensayo La puta de Babilonia, el autor pone nuevamente en escena -y sin demasiadas variaciones- un registro inconfundible que seguramente producirá un efecto interesante: la adhesión casi incondicional o el rechazo, pero con la diferencia de que en esta ocasión cualquiera de los dos estados será, muy probablemente, producto de sentir que están siendo interrogados por estas páginas.
En esta nueva novela la singularidad de su escritura se expresa a través de la fertilidad con que convoca y administra las voces. A partir de una estructura dialogística que reproduce el encuentro entre una especie de alter ego del autor y su "compadre" Álvaro, se suceden los encuentros con otros ancianos (amigos o conocidos) en una plaza popular de Colombia. Las acciones narrativas se ajustan a dos tiempos: por un lado, hacerle sentir al lector ese transcurrir de la conversación, y por otro, a partir del presente del protagonista, la rememoración de pasados disímiles -desde el histórico hasta el de su juventud-. Esta sucesión de tiempos y de voces concertadas es la que hace muy palpable la oralidad que Vallejo sabe transmitir. En estas escenas, que a veces se suceden unas a otras sin solución de continuidad, el protagonista tiñe los momentos con una mirada nihilista y profundamente corrosiva, ya no sólo sobre los aspectos sociales, políticos e históricos de Colombia (su país de origen) sino también, y mucho más allá, sobre el sentido de la vida y del hombre, al que no vacila en considerar como "una repetición continua de sí mismo, un hundirse sin parar en un espantoso pantano mental del que sólo lo sacará la Muerte".
El motivo que vuelve una y otra vez en esta sucesión de pequeñas escenas -a las que habría que calificar de "verbales", ya que no hay otra acción que las que refieren los parlamentos- son los comentarios sobre una tarea a la que el protagonista se encuentra comprometido desde hace tiempo: anotar en una libreta la cantidad de personas conocidas -de manera directa o indirecta- que han sucumbido a la "Muerte", como él la denomina.
De igual manera que en Thomas Bernhard, o en Celine, no es posible leer sus historias, con sus permanentes diatribas contra Colombia, las religiones, principalmente el Cristianismo y el Islam, y la política, entre otros temas, sin que algo, de una u otra manera, interpele al lector. En ese sentido, Vallejo nos puede llevar a pensar que sólo existen dos clases de escritores: los tolerantes y los intolerantes, y que más allá de lo funcional que pueda ser la distinción no está nada mal que algunos experimentos literarios circulen por esa zona en que la palabra se vuelve incandescente, poco propicia a la conciliación y a la corrección política.
© LA GACETA
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