16 Mayo 2010 Seguir en 

novela
Oscura monotona sangre
SERGIO OLGUIN
(Tusquets - Buenos Aires)
Cuando asistía a la escuela secundaria, la profesora de Literatura nos pedía que hiciéramos críticas a tal o cual libro, y para guiarnos, nos decía: "Digan si les ha gustado o no, y expliquen por qué". Bien, Oscura monótona sangre, llegando a la mitad de mi lectura, no me gustaba. Incluso, comenzaba a pensar que en Literatura, como en el cine, debía haber una suerte de clasificación: "Libros para mayores de?" y que esta novela era una de ésas.
Sin embargo, el andar de las palabras logró hacerme entrar en la vertiginosidad de la trama, que sin ser original, plantea de manera dual, con cara y contracara, la historia de un hombre (una especie de Don Corleone argentino) que, al tiempo que desnuda sus pasiones, consigue ocultarlas, con igual intensidad, con igual maestría en cuanto al control de sí, y también, para el lector, ubicado a cierta distancia, con igual obviedad.
La fábula en Oscura monótona sangre está bien hilvanada, los hechos se suceden y se suceden sin dejar espacio para la elección del tino, o la distinción del desatino. Ayeres, presentes y posibles futuros, mediatizados por una importante verbalización, escasa descripción, y una fuerte nominalización se conjugan en el personaje, Julio Andrada, quien controla no sólo la historia sino también la lectura. Dentro de su soledad, un mundo entero responde a sus antojos y esos caprichos son los que permiten su total y absoluta tribulación, de la cual ya no se saldrá, sino en la imaginación del lector, si a éste se le antoja.
¿Olguín refleja la sociedad porteña actual? ¿La miseria de la villa y la soberbia burguesa? Tal vez. ¿Olguín sabe que los ojos del lector actual necesitan hechos, hechos, hechos? para continuar la lectura? Tal vez. Lo cierto es que es exactamente eso es lo que me sobrevino: una sed por concluir, por no esperar, como Andrada cuando le dice a su hija: "Porque no hay que esperar cuando se puede actuar" (pag.177). Mi respuesta ahora es: "Sí, me gusta". Ya dije por qué.
© LA GACETA
Mónica Maud
Oscura monotona sangre
SERGIO OLGUIN
(Tusquets - Buenos Aires)
Cuando asistía a la escuela secundaria, la profesora de Literatura nos pedía que hiciéramos críticas a tal o cual libro, y para guiarnos, nos decía: "Digan si les ha gustado o no, y expliquen por qué". Bien, Oscura monótona sangre, llegando a la mitad de mi lectura, no me gustaba. Incluso, comenzaba a pensar que en Literatura, como en el cine, debía haber una suerte de clasificación: "Libros para mayores de?" y que esta novela era una de ésas.
Sin embargo, el andar de las palabras logró hacerme entrar en la vertiginosidad de la trama, que sin ser original, plantea de manera dual, con cara y contracara, la historia de un hombre (una especie de Don Corleone argentino) que, al tiempo que desnuda sus pasiones, consigue ocultarlas, con igual intensidad, con igual maestría en cuanto al control de sí, y también, para el lector, ubicado a cierta distancia, con igual obviedad.
La fábula en Oscura monótona sangre está bien hilvanada, los hechos se suceden y se suceden sin dejar espacio para la elección del tino, o la distinción del desatino. Ayeres, presentes y posibles futuros, mediatizados por una importante verbalización, escasa descripción, y una fuerte nominalización se conjugan en el personaje, Julio Andrada, quien controla no sólo la historia sino también la lectura. Dentro de su soledad, un mundo entero responde a sus antojos y esos caprichos son los que permiten su total y absoluta tribulación, de la cual ya no se saldrá, sino en la imaginación del lector, si a éste se le antoja.
¿Olguín refleja la sociedad porteña actual? ¿La miseria de la villa y la soberbia burguesa? Tal vez. ¿Olguín sabe que los ojos del lector actual necesitan hechos, hechos, hechos? para continuar la lectura? Tal vez. Lo cierto es que es exactamente eso es lo que me sobrevino: una sed por concluir, por no esperar, como Andrada cuando le dice a su hija: "Porque no hay que esperar cuando se puede actuar" (pag.177). Mi respuesta ahora es: "Sí, me gusta". Ya dije por qué.
© LA GACETA
Mónica Maud
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