21 Marzo 2010 Seguir en 

La relación entre acumulación y destrucción, tanto en el ámbito político como en el personal, tiene claro registro de ciclo en la población que lo observa, lo sufre y hasta lo mantiene. Duplas asociadas como "auge y caída", "gloria y decadencia", hablan de alternancias en procesos que se presentaron originariamente como inmodificables.
El peronismo se ha ido mostrando con estilos e identidades diferentes, estableciendo cualidades propias sin cambiar la marca del producto. Las críticas al gobierno anterior, la herencia recibida y demás señalamientos deben ser entendidas como peleas entre hermanos, que el recuerdo del padre muerto quizá venga a conciliar. El crecimiento político de los Kirchner y su acumulación vertiginosa de poder quizá deba comprenderse desde una mística argentina, según la cual el país espera eternamente renacer -porque siempre se ve en cenizas- y donde un hombre o una mujer providencial, mejor todavía en pareja, reunirá esperanzas olvidadas, devolviendo la gloria robada vaya a saber por quién.
La construcción de caudillos ha sido la principal "fábrica de Frankestein" de Latinoamérica. La certeza de debates realizados en privado, sumado a la ira de los justos como justificación ideológica por daños sufridos, cuestionan la necesidad de los poderes legislativo y judicial. La lógica del poder tiene escenarios bélicos donde deben coexistir vencedores y vencidos y en las que el triunfador pueda soñar con eternidades políticas. Sin embargo, como el obstáculo a formas arbitrarias de poder, incluidas revoluciones, no es tanto la oposición como el cansancio, surge la caída por incredulidad del discurso. Los riesgos pueden también multiplicarse y aparecer el fantasma de la fragmentación social. Es probable que frente a la percepción dramática del derrumbe, el derrotado quiera a todos en el suelo. El neologismo "destituyente", tan en boga, remite en el fondo a la ignorancia del poderoso de su verdadera fragilidad, donde el proceso de perder no está ni política ni psicológicamente admitido. Se pierde al olvidar que el alma de la política es sumar. El goce de ser dominante impide ver la soledad en que se actúa. Coincidiendo con el filósofo, creemos que los más grandes perdedores son los que triunfaron puesto que todos los vicios reunidos en un solo hombre no lo pervierten tanto como la gloria.
© LA GACETA
Osvaldo Aiziczon -
Psicoanalista, psicólogo clínico y social.
Coordinador de Radio Universidad.
El peronismo se ha ido mostrando con estilos e identidades diferentes, estableciendo cualidades propias sin cambiar la marca del producto. Las críticas al gobierno anterior, la herencia recibida y demás señalamientos deben ser entendidas como peleas entre hermanos, que el recuerdo del padre muerto quizá venga a conciliar. El crecimiento político de los Kirchner y su acumulación vertiginosa de poder quizá deba comprenderse desde una mística argentina, según la cual el país espera eternamente renacer -porque siempre se ve en cenizas- y donde un hombre o una mujer providencial, mejor todavía en pareja, reunirá esperanzas olvidadas, devolviendo la gloria robada vaya a saber por quién.
La construcción de caudillos ha sido la principal "fábrica de Frankestein" de Latinoamérica. La certeza de debates realizados en privado, sumado a la ira de los justos como justificación ideológica por daños sufridos, cuestionan la necesidad de los poderes legislativo y judicial. La lógica del poder tiene escenarios bélicos donde deben coexistir vencedores y vencidos y en las que el triunfador pueda soñar con eternidades políticas. Sin embargo, como el obstáculo a formas arbitrarias de poder, incluidas revoluciones, no es tanto la oposición como el cansancio, surge la caída por incredulidad del discurso. Los riesgos pueden también multiplicarse y aparecer el fantasma de la fragmentación social. Es probable que frente a la percepción dramática del derrumbe, el derrotado quiera a todos en el suelo. El neologismo "destituyente", tan en boga, remite en el fondo a la ignorancia del poderoso de su verdadera fragilidad, donde el proceso de perder no está ni política ni psicológicamente admitido. Se pierde al olvidar que el alma de la política es sumar. El goce de ser dominante impide ver la soledad en que se actúa. Coincidiendo con el filósofo, creemos que los más grandes perdedores son los que triunfaron puesto que todos los vicios reunidos en un solo hombre no lo pervierten tanto como la gloria.
© LA GACETA
Osvaldo Aiziczon -
Psicoanalista, psicólogo clínico y social.
Coordinador de Radio Universidad.
Lo más popular







