¿Qué les pasó a los Kirchner?

Los líderes de un proyecto que tuvo altísimos niveles de popularidad durante cuatro años perdieron la mayor parte de su capital político. ¿Por qué? Ernesto Tenembaum, un periodista que se entusiasmó con el kirchnerismo en sus comienzos, nos brinda su opinión.

21 Marzo 2010
Ernesto Tenembaum es uno de los periodistas más reconocidos, por su honestidad y por su trabajo, de nuestro país. Acaba de publicar un libro que encabeza los rankings de best sellers en la Argentina y que tiene un título sugestivo: ¿Qué les pasó? Esa pregunta, que apunta a los Kirchner, connota sorpresa ante una transformación y, simultáneamente, ante una desilusión. El autor reconoce que votó a Kirchner en 2003. También dice que cree que la presidencia iniciada ese año será recordada como una de las mejores de la historia argentina del último medio siglo. Revela, además, que apoyó inicialmente las retenciones móviles y que, poco después, comprobó que se trataba de una medida improvisada que marcaba el comienzo de una abrupta caída de la imagen pública del matrimonio K. ¿Por qué el hombre que logró una de las mayores y más vertiginosas acumulaciones de poder dentro de la democracia perdió tan rápida y dramáticamente su conexión con la sociedad? Tenembaum intenta resolver este enigma en su libro y nos adelanta una parte de sus conclusiones en esta entrevista.

- En un párrafo. ¿Qué les pasó?
- Es muy difícil hacer una síntesis pero si tuviera que hacerla diría que les fracasó el plan A y que no tenían plan B. En lugar de revisar los métodos, siguieron haciendo lo que les había dado tantos réditos. A partir de la crisis derivada de la resolución 125, se aislaron, se obstinaron y se enojaron.    

- En su libro marca cómo los Kirchner fueron perdiendo imagen a medida que se "peronizaban" e insinúa que el final del peronismo puede no estar demasiado lejos.
- ¿Cuánto dura el peronismo? Es una gran incógnita. Un fenómeno que me llamó mucho la atención es que los Kirchner ganaron las elecciones en 2003 con una estructura que superaba al peronismo; en 2005, inclusive, compitieron contra la mayoría de los intendentes peronistas: también ganaron. En las elecciones de 2009 se presenta el kirchnerismo más peronista de todos y pierde. Paralelamente, Francisco de Narváez y Mauricio Macri debaten cuánto deben peronizarse para tener buenas chances electorales y deciden "desperonizarse"  porque lo primero implica captar a un 20% del electorado pero poner en riesgo al 80% restante. Así, De Narváez, "desperonizado", gana. Y pasa lo mismo que en las elecciones en que Graciela Fernández Meijide le ganó a Hilda Chiche Duhalde, en el 97. Kirchner evocaba los "felices días peronistas" en el cierre de su campaña, pero esos días no eran los de un gobierno que terminó mal en los 70 ni tampoco los de la entrega de los años 90. Eran los días que, con suerte, podían recordar los pocos abuelos vivos de los votantes que intentaba captar. Me parece que las identidades políticas hoy están cuestionadas  y que se exige una renovación de estilos a los dirigentes. Las últimas elecciones fueron como una "mancha venenosa": el que más se alejó del peronismo, más votos ganó.

- ¿Cree que hoy la mayor parte de la sociedad argentina concibe a la gobernabilidad sin el peronismo?
- Creo que el peronismo va a cuidarse de toda identificación con el golpismo. Sí pienso que un gobierno no peronista tendría problemas con movimientos sociales, como el de Emilio Pérsico, o con dirigentes sindicales como Hugo Moyano. Y considero, también, que existe el margen para que un político, un candidato a presidente, construya su prestigio a partir de la confrontación con ese tipo de dirigentes.

- Hay un dato clave en su libro: seis años y medio después de la asunción de Kirchner, el PBI per cápita era el más alto de la historia, al igual que el número de pobres, exceptuando el excepcional período 2001-2002. Eso, paradójicamente, transformaría al gobierno de los Kirchner en uno de los menos progresistas de nuestra historia, si tomamos una variable esencial como es la distribución de la riqueza para calificarlo de ese modo.
- Evidentemente, la Argentina ha crecido económicamente, pero la pobreza tiene niveles equivalentes a los de fines de la década del 90. Eso refleja, a pesar de lo discursivo, una gestión mediocre en el área social. La falta de atención a una cuestión como la calidad educativa, que es una clave para la inserción social, es muy preocupante. Pero también hay que señalar que no todo ha sido malo. No hay que mirar las cosas en blanco o negro sino buscar los grises. Los Kirchner no son ídolos ni villanos; son gobernantes. Lo que es cierto es que algo les pasó, porque pasaron de encarnar ciertos valores que la sociedad reclamaba a expresar todo lo contrario.

- Usted describe detalladamente la sucesión de errores estratégicos de Néstor Kirchner (desde la selección de los discursos y las medidas hasta la elección de enemigos y  aliados), pero no se detiene demasiado en el estilo discursivo de la Presidenta, algo que sí hicieron muchos analistas para intentar explicar la pérdida de popularidad del oficialismo, ni tampoco reparó en sus actos en general. ¿Cuánto cree que influye Cristina Fernández en la suerte del kirchnerismo?
- Influye como una figura importante de un proyecto en el cual el jefe es Néstor Kirchner. Sí me concentro en el discurso de Cristina en el análisis del conflicto con el campo. Creo que cometieron un grave error al enfrentar a la clase media, porque esta es muy importante en la Argentina: es particularmente dinámica. Definir a la clase media como un grupo de burgueses frívolos es un error y revela una  gran ignorancia.

- Los Kirchner quisieron transformarse en íconos de la defensa de los derechos humanos. Usted dice que tiene que haber una salida, un punto intermedio entre la "hipermemoria" y la amnesia. ¿Cuál puede ser?
- Es muy difícil encontrarlo. En el libro recuerdo la frase de Sacristán: "No podemos pasarnos cuarenta años hablando de los cuarenta años". Esa idea marcó la transición española. Hay una película que instala ese debate, Invictus. Mandela conformó la Comisión de la verdad y la reconciliación con el fin de reemplazar la sanción por el perdón. Yo no estoy de acuerdo con esa visión: siempre estuve de acuerdo con los juicios a los militares, con la preservación de la memoria. Pero creo que a veces se utiliza indebidamente la figura de la dictadura. Como cuando se compara a la oposición contra el "fútbol gratis" con los secuestros de los militares. O en la discusión sobre las retenciones móviles, en las que el kirchnerismo asociaba a los que rechazaban la medida con los grupos de tareas. Resulta agobiante la utilización excesiva de la memoria cuando se trata de resolver problemas menores del presente. No hay que dramatizar una votación perdida en el Congreso: son las reglas del juego de la democracia. En las votaciones se pierde y se gana. La apelación a los períodos oscuros de la historia para intentar revertir un resultado adverso es propia de un maquiavelismo grosero.

- Jorge Fontevecchia se refiere a su libro en la última nota que publicó en el periódico Perfil y cuestiona la idea de que hubo una metamorfosis en los Kirchner que los alejó de la sociedad. Cree, por el contrario, que ellos siempre fueron iguales y que lo que cambió fue esa mayoría de argentinos que se entusiasmó con ellos. ¿Qué les pasó a esos argentinos?
- No coincido con lo central de la tesis de Jorge. No soy tan crítico con la sociedad argentina, al menos no durante el período kirchnerista. Si tuviera que elegir un momento vergonzoso de la historia reciente no sería el del apoyo al kirchnerismo sino el que la sociedad le dio a Domingo Cavallo, durante la presidencia de Fernando De la Rúa, cuando ya sabíamos lo que había hecho. Yo lo voté a Kirchner en el 2003; básicamente porque no quería que ganara Ricardo López Murphy o Carlos Menem. En 2005 no los voté porque temía que acumularan demasiado poder. Creo que la sociedad argentina vio en Kirchner algunos valores incipientes y también lo asoció a la recuperación económica. La crisis con el campo fue un punto de quiebre. Allí apareció el Kirchner rabioso de los últimos tiempos.
© LA GACETA

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