Digno homenaje a Yupanqui en Acheral

18 Enero 2010
Una de las mejores ocurrencias culturales y turísticas de los últimos años fue la iniciativa de la comuna de Acheral de rendirle homenaje permanente a Atahualpa Yupanqui, uno de los grandes artistas e intelectuales argentinos del siglo XX.
En estos días y anticipándose al 31 de enero, fecha en que don Ata cumpliría 102 años, el grupo Dibutopía, formado por artistas que integran la Unión de Historietas e Ilustradores, y de Tucumanga, coordinado por César Carrizo, pintaron murales sobre distintos momentos de la vida del autor de la Zamba del Grillo en varias de las paredes de Acheral. El comisionado rural señaló que la idea fue revalorizar el pasado del pueblo, que estaba abandonado.
En julio pasado se inauguró la exposición itinerante "Siempre vuelvo a Tucumán", organizada por el Museo de la Fundación Atahualpa y el Ente Tucumán Turismo, que reunía aspectos de la vida del músico y poeta. Entre otras cosas se exhibían el catre que usó desde niño, manuscritos originales de algunas de sus composiciones, cartas a su esposa Nenette, vestimentas, muebles de su habitación, discos grabados a lo largo de su carrera artística y libros de su autoría como "El payador perseguido" y "Tierra que anda", entre otros.
Yupanqui fue un enamorado de Tucumán; aquí vivió en dos momentos de su vida, y luego llevó su nombre por el mundo. En una entrevista le contó a LA GACETA: "¿cómo pagarle a Tucumán la hospitalidad, la amistad de la gente tucumana? Como yo no tenía dinero la pagaba con vidalas, con zambas... Y le hice unas 14 zambas, tres o cuatro vidalas, canciones sueltas, seis o siete, y versos. Muchísimos, poemas que no tienen música, pero ahí andan... Fui a Burruyacu, a Chicligasta, a Atahona, a Siete de Abril, a Garmendia..."
"Los vecinos están muy contentos. Ahora llega gente de otras provincias y hasta turistas extranjeros para conocer nuestro pueblo, a través de los tesoros de Atahualpa Yupanqui que guardamos acá", destacó el comisionado rural.
La obra literaria de don Ata permanece olvidada y desconocida, no sólo para los tucumanos. En otros países, como Francia y Japón, sus textos se estudiarán en los ciclos primario, secundario y terciario. Sus libros "Piedra sola", "Cerro Bayo", "Aires indios", "Guitarra", "El canto del viento", "El payador perseguido", "Del algarrobo al cerezo", "La Capataza", merecerían ser leídos y estudiados.
Tal vez, Acheral debería redoblar la apuesta y organizar, por ejemplo, con el apoyo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT y del Gobierno, un congreso yupanquiano, cuyo objetivo sea debatir y difundir los distintos aspectos de la obra musical y literaria del artista. Podría pensarse también en reeditar sus libros o, por lo menos, una antología a la que puedan acceder nuestros adolescentes y jóvenes.
Todos los años podría hacerse un encuentro musical -tal vez el 23 de mayo, fecha de su muerte- en el que se interpretara su vasta producción de chacareras, zambas, vidalas, milongas, gatos y huaynos, y que contemplara alguna grabación. Podría estrenarse en Acheral "La palabra sagrada", una cantata compuesta en París en 1989, con música de Juan José Mosalini y Enzo Gieco. Fue escrita por Yupanqui especialmente para el bicentenario de la Revolución Francesa. En un futuro no muy lejano, tal vez podría proyectarse la construcción de un teatro o de un auditorio.
Lo importante es que los tucumanos vayan conociendo cada vez más en profundidad a quien nos honró con su canto, sus composiciones y su pensamiento íntimamente ligado a la identidad nacional. "Con esperanza o con pena en los campos de Acheral, yo he visto la luna llena besando el cañaveral", dijo en su zamba más famosa.

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