29 Noviembre 2009 Seguir en 

Los entornos urbanos que construyen los seres humanos para vivir en él ¿revelan algo así como la personalidad de esa colectividad que los habita?
Uno está tentado de responder que sí. Porque Firenze no se asemeja a Estocolmo ni San Miguel de Tucumán a Potosí, entre otros innumerables ejemplos a la mano. Y se trata de culturas realmente diferentes.
¿Cómo somos los tucumanos a juzgar por nuestras hechuras edilicias?
Recuerdo la inauguración de la primera estación Terminal de ómnibus. Para el espíritu pueblerino de esos años 60, fue motivo de orgullo. Pero nótense dos asuntos. Ante todo la escasez de miras futuras, porque en los hechos muy pronto los ómnibus excedieron en número al escaso estacionamiento de la Terminal. Lo segundo: sugiero un breve paseo por la ahora antigua Terminal. Y se advertirá que difícilmente llamaríamos a eso 'progreso'.
La Terminal actual es de la década pasada. Y parece hecha para sobrevivir más. Pero si bien se mira, viene sufriendo modificaciones difíciles de entender. Las entradas y salidas de vehículos han cambiado repetidamente. Lo mismo ocurre con las peatonales. ¿Por qué? Haga Ud. la prueba de ingresar al estacionamiento con su vehículo y sentirá inmediatamente que lo meten en un inútil laberinto: para acceder a la amplia playa ubicada sobre la avenida Brígido Terán, Ud. debe ingresar al este en diagonal unos cincuenta metros, girar al norte, luego al oeste hasta la plaza de peaje, pagar. Después que lo haga verá una extraña custodia lateral de cadenas. ¿Para qué? Luego debe avanzar en dirección de la avenida y escoger si opta por el sur a la izquierda o por el norte a la derecha para finalmente estacionar. Si quería evitarse la congestión sobre la avenida, en un ingreso directo desde Brígido Terán a la playa, ¿no era más simple cobrar el peaje en la salida?
Uno entiende que cambie reiteradamente el precio del peaje: la inflación lo explica. ¿Pero qué explica los cambios en el recorrido que obligan a Ud. a transitar en idas y vueltas cada vez más enredadas? ¿Revela al alma tucumana esa vocación de modificar lo inicialmente simple para complicarlo una y otra vez en diseños más tortuosos? ¿Somos fatalmente retorcidos y enemigos de Euclides? Quizás.
Y si tomamos el edificio de la casa central de la universidad nacional, se verá otro tanto. Lo que seguramente fue una solemne construcción que revelaba el ánimo estético de un siglo atrás, ha venido desfigurándose con jardines estropeados por la presencia de construcciones sin el menor ánimo de conservar aquel estilo, con puertas, portones o escaleras que se clausuran o reabren como si el designio fuera hacerlo deambular a Ud. en laberintos que cambian una y otra vez.
La basílica de Santa María del Fiore, en Firenze, comenzó a construirse hacia fines del siglo XIII, demoró 170 años en concluirse y pasó por la dirección de varios arquitectos. Y nadie podrá negar que es una obra maestra del arte gótico. ¿Se imagina en manos tucumanas su construcción a lo largo de 170 años? Sospecho que resultaría imposible asignarle un estilo coherente y, menos aún, bello.
Un invento tucumano
Tiempo atrás recorrí un castillo medieval en el sur de Francia (Maison Forte de Reignac) instalado en cavernas de altura ya usadas hace 20.000 años por cavernícolas. Había un prolijo museo de las torturas empleadas por el señor feudal contra sus acusados. Me llamó la atención una celda: era pequeña, cavada en la roca como todo el castillo, y presentaba una abertura estrecha en forma aproximada de Z por donde se pasaba al preso sus alimentos. La abertura recibía el nombre de 'chicana'. Y hoy se emplea para aludir a giros en direcciones opuestas sobre una senda. Y por extensión a las artimañas de abogados para obstaculizar la solución directa. Viendo ese ingenioso hueco de la celda, construido para evitar contactos directos entre el guardia y el preso, pensé: esto parece un invento tucumano.
El asunto del camino trunco, el portón clausurado, la vía indirecta y tortuosa luego de haberla trazado en directo, ¿tendrá que ver con otro recurso tucumano como es su humor? Traté de mostrar, en este mismo suplemento, que los apodos tucumanos tienen como recurso central a la metáfora. ¿Y qué es la metáfora sino un modo indirecto de señalar algo? Apodar "Zapato 'e vitrina" a quien vive confinado a su pesar en el ayuno sexual, "porque no pisa nunca", ¿acaso no refiere la situación mediante un rodeo laberíntico y sorpresivo? ¿No semeja ese apodo al recoveco de la actual Terminal para ingresar con su auto?
Quizás. Pero no hay que llevar demasiado lejos la semejanza. Porque la gracia y brutalidad de los apodos lugareños les dan un matiz exitoso. En cambio las clausuras, reaperturas en zonas incomprensibles, el despilfarro de los caminos indirectos, lejos de conducir a la funcionalidad y a la belleza arquitectónica, sólo quedan como mal remedo del original y no como solución exitosa.
© LA GACETA
Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile.
Uno está tentado de responder que sí. Porque Firenze no se asemeja a Estocolmo ni San Miguel de Tucumán a Potosí, entre otros innumerables ejemplos a la mano. Y se trata de culturas realmente diferentes.
¿Cómo somos los tucumanos a juzgar por nuestras hechuras edilicias?
Recuerdo la inauguración de la primera estación Terminal de ómnibus. Para el espíritu pueblerino de esos años 60, fue motivo de orgullo. Pero nótense dos asuntos. Ante todo la escasez de miras futuras, porque en los hechos muy pronto los ómnibus excedieron en número al escaso estacionamiento de la Terminal. Lo segundo: sugiero un breve paseo por la ahora antigua Terminal. Y se advertirá que difícilmente llamaríamos a eso 'progreso'.
La Terminal actual es de la década pasada. Y parece hecha para sobrevivir más. Pero si bien se mira, viene sufriendo modificaciones difíciles de entender. Las entradas y salidas de vehículos han cambiado repetidamente. Lo mismo ocurre con las peatonales. ¿Por qué? Haga Ud. la prueba de ingresar al estacionamiento con su vehículo y sentirá inmediatamente que lo meten en un inútil laberinto: para acceder a la amplia playa ubicada sobre la avenida Brígido Terán, Ud. debe ingresar al este en diagonal unos cincuenta metros, girar al norte, luego al oeste hasta la plaza de peaje, pagar. Después que lo haga verá una extraña custodia lateral de cadenas. ¿Para qué? Luego debe avanzar en dirección de la avenida y escoger si opta por el sur a la izquierda o por el norte a la derecha para finalmente estacionar. Si quería evitarse la congestión sobre la avenida, en un ingreso directo desde Brígido Terán a la playa, ¿no era más simple cobrar el peaje en la salida?
Uno entiende que cambie reiteradamente el precio del peaje: la inflación lo explica. ¿Pero qué explica los cambios en el recorrido que obligan a Ud. a transitar en idas y vueltas cada vez más enredadas? ¿Revela al alma tucumana esa vocación de modificar lo inicialmente simple para complicarlo una y otra vez en diseños más tortuosos? ¿Somos fatalmente retorcidos y enemigos de Euclides? Quizás.
Y si tomamos el edificio de la casa central de la universidad nacional, se verá otro tanto. Lo que seguramente fue una solemne construcción que revelaba el ánimo estético de un siglo atrás, ha venido desfigurándose con jardines estropeados por la presencia de construcciones sin el menor ánimo de conservar aquel estilo, con puertas, portones o escaleras que se clausuran o reabren como si el designio fuera hacerlo deambular a Ud. en laberintos que cambian una y otra vez.
La basílica de Santa María del Fiore, en Firenze, comenzó a construirse hacia fines del siglo XIII, demoró 170 años en concluirse y pasó por la dirección de varios arquitectos. Y nadie podrá negar que es una obra maestra del arte gótico. ¿Se imagina en manos tucumanas su construcción a lo largo de 170 años? Sospecho que resultaría imposible asignarle un estilo coherente y, menos aún, bello.
Un invento tucumano
Tiempo atrás recorrí un castillo medieval en el sur de Francia (Maison Forte de Reignac) instalado en cavernas de altura ya usadas hace 20.000 años por cavernícolas. Había un prolijo museo de las torturas empleadas por el señor feudal contra sus acusados. Me llamó la atención una celda: era pequeña, cavada en la roca como todo el castillo, y presentaba una abertura estrecha en forma aproximada de Z por donde se pasaba al preso sus alimentos. La abertura recibía el nombre de 'chicana'. Y hoy se emplea para aludir a giros en direcciones opuestas sobre una senda. Y por extensión a las artimañas de abogados para obstaculizar la solución directa. Viendo ese ingenioso hueco de la celda, construido para evitar contactos directos entre el guardia y el preso, pensé: esto parece un invento tucumano.
El asunto del camino trunco, el portón clausurado, la vía indirecta y tortuosa luego de haberla trazado en directo, ¿tendrá que ver con otro recurso tucumano como es su humor? Traté de mostrar, en este mismo suplemento, que los apodos tucumanos tienen como recurso central a la metáfora. ¿Y qué es la metáfora sino un modo indirecto de señalar algo? Apodar "Zapato 'e vitrina" a quien vive confinado a su pesar en el ayuno sexual, "porque no pisa nunca", ¿acaso no refiere la situación mediante un rodeo laberíntico y sorpresivo? ¿No semeja ese apodo al recoveco de la actual Terminal para ingresar con su auto?
Quizás. Pero no hay que llevar demasiado lejos la semejanza. Porque la gracia y brutalidad de los apodos lugareños les dan un matiz exitoso. En cambio las clausuras, reaperturas en zonas incomprensibles, el despilfarro de los caminos indirectos, lejos de conducir a la funcionalidad y a la belleza arquitectónica, sólo quedan como mal remedo del original y no como solución exitosa.
© LA GACETA
Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile.
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