EN CLAVE POLITICA. Vargas Llosa, que en 1990 fue candidato a presidente de su país, ve en figuras como las de Hugo Chávez o Evo Morales la quintaescencia del populismo y el nacionalismo latinoamericanos.
29 Noviembre 2009 Seguir en 

Aun a riesgo de prevaricar una de las normas no escritas del periodismo, que casi veda el uso de la primera persona, un recuerdo difícilmente pueda narrarse con eficacia desde otro pronombre que no sea el yo. Tal vez esta aclaración sólo busque atenuar culpas para poder remontarme a aquella tarde de diciembre de 1995 en que la redacción de LA GACETA estaba alterada. Vistas cuales extraños órganos vivientes, las redacciones gozan de una desarrollada sensibilidad: no hace falta notificar fehacientemente a quienes las forman para que estos adviertan que algo ocurre. Un murmullo inquieto crece hasta convencer que alguna cosa está fuera de su sitio (dentro o fuera) o que está pasando algo poco común. Ese día, algo en la cara de Roberto Delgado, una preocupada y responsable felicidad, transmitía que había sido elegido para un cometido especial, diferente. En efecto, debía entrevistar al escritor peruano Mario Vargas Llosa, que aquella noche iba a disertar en el teatro San Martín, invitado por la Fundación del Tucumán. Aún puedo rememorar cómo anotaba interminables proyectos de preguntas en su siempre infatigable cuaderno a espirales, así como el entusiasmo, realzado por un dejo de misterio -como suele suceder con toda coincidencia-, que le provocaba llamarse como uno de los personajes vargallosianos de La casa verde. Esa noche me retiré de la redacción antes de que volvieran Delgado y el entonces secretario general, Arturo Alvarez Sosa. Pero nada podía mitigar el impacto que aquella visita me causaba. Ni tampoco resolver esa contradicción -cuando no incomodidad- que me suscitaba el contraste entre el Vargas Llosa autor de ese monumento literario que es Conversación en La Catedral y el flamígero pregonero del liberalismo en América Latina, ex candidato a presidente de su país (1990), que blandía las virtudes de una filosofía que, paradójicamente en la Argentina, habían sido vulgarizadas hasta el ridículo -o el espanto- por el menemismo.
La misma contrariedad despierta leer Sables y utopías: visiones de América Latina, que reúne una cincuentena de artículos periodísticos publicados por Vargas Llosa entre 1967 y el año pasado (muchos de ellos, en el diario El País, de España). Por una parte, su prosa sigue deslumbrando, aun usada para discurrir sobre otros autores. Allí están como pruebas su observación de que, pese a "la predestinación natural de la lengua española hacia el exceso", la abundancia, la palabrería, con Jorge Luis Borges "el español se vuelve inteligente". Igual de imperdible son las precisas líneas escritas en 1967, dedicadas a Cien años de soledad, libro en el que ve, "por su presencia luciferina", el mérito "poco común de ser, simultáneamente, tradicional y moderno, americano y universal, y que volatiliza las lúgubres afirmaciones según las cuales la novela es un género agotado y en proceso de extinción". Eso sin contar que en ese mismo texto, con ternura, calificaba milimétricamente a su ahora ex amigo Gabriel García Márquez como "un colombiano trotamundos, agresivamente simpático, con una risueña cara de turco".
El problema -y esta es la otra pata del complejo fenómeno vargallosiano- es cuando asume el papel de tribuno, no precisamente de la plebe. No es ninguna novedad que a Vargas Llosa le endilgan haber cruzado una suerte de Rubicón ideológico, que consiste en haber mutado desde tempranas posiciones de izquierda -próximas, incluso, al marxismo- hacia una madurez liberal. Por eso, como si a él mismo le pesara la imputación, en esta cuidadosa selección de artículos pareciera tratar de sugerir que su compromiso con la causa de la libertad no es reciente ni el propiamente excesivo de un converso, sino que se remonta, por ejemplo, a la "Carta a Fidel Castro", publicada en mayo de 1971, debido a las persecuciones que sufrió en Cuba el escritor Heberto Padilla. Del mismo tono es la "Carta al general Jorge Rafael Videla", de octubre de 1976, en la que entonces se denunciaban las atrocidades cometidas por la dictadura que subyugaba a la Argentina.
Por supuesto que esto se conecta, en la actualidad, con el pavor y la irritación que le producen Hugo Chávez (al que califica de impresentable aspirante a Fidel Castro con minúsculas), Evo Morales o los recuerdos de la primera presidencia de Alan García en Perú, en tanto advierte en ellos las quintaesencias del populismo, el nacionalismo o el indigenismo endémicos en América Latina.
Silencios elocuentes
Como contrapartida y curiosamente, quitando el caso de Alberto Fujimori, llama la atención en los artículos la falta de referencias -doloroso sería que se tratara de una omisión deliberada- del autor al impacto de presidencias como la de Carlos Menem, que en los años 90 se jactaba en la Argentina de haber llevado adelante una profunda transformación de corte liberal, aunque Vargas Llosa sí lamenta genéricamente que, dejando a salvo lo sucedido en Chile, el cáncer de la corrupción haya malogrado los procesos privatizadores concretados en la región.
Al mismo tiempo, se nota que, a fines de los 70, a propósito por ejemplo de la caída del dictador Anastasio Somoza en Nicaragua, Vargas Llosa parecía más predispuesto a criticar las "mezquindades" -y la responsabilidad- de la política exterior de Estados Unidos que, en 2005, cuando ve en la de ese país "la más abierta y funcional" de las democracias del mundo. Eso sin contar que, últimamente, no duda en calificar de "reformas profundamente liberales" las impulsadas por gobiernos conservadores como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher o José María Aznar. Admirador de autores como Isaiah Berlin o Jean-François Revel, es indudable que no teme emitir sentencias políticamente incorrectas o, lo que es lo mismo, que resultan indigeribles para antiguos compañeros latinoamericanos de ruta -como el propio García Márquez- durante los años 60.
En las redacciones periodísticas tampoco hace falta decir mucho para hacerse entender. Por eso, después de leer Sables y utopías..., comprendo un poco más por qué, al otro día de haber entrevistado a Vargas Llosa, los silencios y el parco entusiasmo que traslucían las anécdotas que contaba Roberto Delgado sugerían, quizás, que no había sido, precisamente, una experiencia memorable.
Federico Abel
La misma contrariedad despierta leer Sables y utopías: visiones de América Latina, que reúne una cincuentena de artículos periodísticos publicados por Vargas Llosa entre 1967 y el año pasado (muchos de ellos, en el diario El País, de España). Por una parte, su prosa sigue deslumbrando, aun usada para discurrir sobre otros autores. Allí están como pruebas su observación de que, pese a "la predestinación natural de la lengua española hacia el exceso", la abundancia, la palabrería, con Jorge Luis Borges "el español se vuelve inteligente". Igual de imperdible son las precisas líneas escritas en 1967, dedicadas a Cien años de soledad, libro en el que ve, "por su presencia luciferina", el mérito "poco común de ser, simultáneamente, tradicional y moderno, americano y universal, y que volatiliza las lúgubres afirmaciones según las cuales la novela es un género agotado y en proceso de extinción". Eso sin contar que en ese mismo texto, con ternura, calificaba milimétricamente a su ahora ex amigo Gabriel García Márquez como "un colombiano trotamundos, agresivamente simpático, con una risueña cara de turco".
El problema -y esta es la otra pata del complejo fenómeno vargallosiano- es cuando asume el papel de tribuno, no precisamente de la plebe. No es ninguna novedad que a Vargas Llosa le endilgan haber cruzado una suerte de Rubicón ideológico, que consiste en haber mutado desde tempranas posiciones de izquierda -próximas, incluso, al marxismo- hacia una madurez liberal. Por eso, como si a él mismo le pesara la imputación, en esta cuidadosa selección de artículos pareciera tratar de sugerir que su compromiso con la causa de la libertad no es reciente ni el propiamente excesivo de un converso, sino que se remonta, por ejemplo, a la "Carta a Fidel Castro", publicada en mayo de 1971, debido a las persecuciones que sufrió en Cuba el escritor Heberto Padilla. Del mismo tono es la "Carta al general Jorge Rafael Videla", de octubre de 1976, en la que entonces se denunciaban las atrocidades cometidas por la dictadura que subyugaba a la Argentina.
Por supuesto que esto se conecta, en la actualidad, con el pavor y la irritación que le producen Hugo Chávez (al que califica de impresentable aspirante a Fidel Castro con minúsculas), Evo Morales o los recuerdos de la primera presidencia de Alan García en Perú, en tanto advierte en ellos las quintaesencias del populismo, el nacionalismo o el indigenismo endémicos en América Latina.
Silencios elocuentes
Como contrapartida y curiosamente, quitando el caso de Alberto Fujimori, llama la atención en los artículos la falta de referencias -doloroso sería que se tratara de una omisión deliberada- del autor al impacto de presidencias como la de Carlos Menem, que en los años 90 se jactaba en la Argentina de haber llevado adelante una profunda transformación de corte liberal, aunque Vargas Llosa sí lamenta genéricamente que, dejando a salvo lo sucedido en Chile, el cáncer de la corrupción haya malogrado los procesos privatizadores concretados en la región.
Al mismo tiempo, se nota que, a fines de los 70, a propósito por ejemplo de la caída del dictador Anastasio Somoza en Nicaragua, Vargas Llosa parecía más predispuesto a criticar las "mezquindades" -y la responsabilidad- de la política exterior de Estados Unidos que, en 2005, cuando ve en la de ese país "la más abierta y funcional" de las democracias del mundo. Eso sin contar que, últimamente, no duda en calificar de "reformas profundamente liberales" las impulsadas por gobiernos conservadores como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher o José María Aznar. Admirador de autores como Isaiah Berlin o Jean-François Revel, es indudable que no teme emitir sentencias políticamente incorrectas o, lo que es lo mismo, que resultan indigeribles para antiguos compañeros latinoamericanos de ruta -como el propio García Márquez- durante los años 60.
En las redacciones periodísticas tampoco hace falta decir mucho para hacerse entender. Por eso, después de leer Sables y utopías..., comprendo un poco más por qué, al otro día de haber entrevistado a Vargas Llosa, los silencios y el parco entusiasmo que traslucían las anécdotas que contaba Roberto Delgado sugerían, quizás, que no había sido, precisamente, una experiencia memorable.
Federico Abel
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