ARCHIVO LA GACETA
15 Noviembre 2009 Seguir en 

Miguel Angel Estrella llegó recientemente a la Argentina desde París, ciudad en la que se desempeña como embajador ante la Unesco, para realizar una gira en la que hará diversas presentaciones, que incluye las ciudades de Santiago del Estero, Buenos Aires, Neuquén, Mar del Plata y Santiago de Chile. Antes de empezar a responder las preguntas de esta entrevista, que giran en torno de sus experiencias en la cárcel y a emotivos recuerdos que cosechó a lo largo de su vida, el reconocido pianista tucumano cuenta que suele leer LA GACETA Literaria, particularmente las notas de su hermano, el filósofo Jorge Estrella. "Todas las noches sueño con Tucumán. A veces con un patio en la calle Alberdi en que nací o con un árbol. Siempre hay un detalle tucumano en mi mundo onírico", nos dice. Con el estilo llano, desacartonado, que lo caracteriza -el mismo que lo hace valorar tanto un escenario como el del teatro Colón como el que puede ofrecerle una villa miseria-, Estrella habla de la música, a la que concibe como una magia que puede transformar sustancialmente a un individuo y a la sociedad.
- ¿Cuánto lo ayudó la música en la cárcel?
- En medio de unas sesiones de tortura apareció la imagen de mi hermano Jorge, mi mejor amigo. Intenté reconstruir el momento más antiguo de mi niñez en que nos veía juntos. A esa imagen se sumó la música de Marta, la mujer con que viví 15 años. Escuchaba su voz, cantando Bach, y, mientras me tenían colgado y me picaneaban, traté de identificar qué instrumentos la acompañaban para distraerme. De esa forma pude resistir el dolor que me dejaba las manos infladas como pelotas de fútbol por la picana debajo de las uñas. A los nueves meses de estar preso, me llegó un teclado mudo, por una gestión de la reina de Inglaterra. Pero yo no sentía mis manos, hasta que un 29 de septiembre, el día de San Miguel, volvió la sensibilidad mientras no paraban de caerme lágrimas y mi compañero de celda me decía que la música todavía me esperaba.
- Atahualpa Yupanqui decía que alguien que escucha media hora de Bach todos los días, al cabo de dos años es mejor persona. Usted dedicó gran parte de las últimas tres décadas a una tarea social que se apoya en el concepto central de esa frase. ¿Cuánto la pudo corroborar?
- Atahualpa sembró esa idea en nosotros porque estuvimos muy unidos a él desde niños. Se sentaba al lado de mi piano y me decía: "Changuito, tocame Bach; limpiame el alma". Cuando creamos el primer taller de Música Esperanza en Tafí del Valle, pusimos un piano y los chicos me dijeron "tocá algo del maestro". Les pregunté quién era el maestro y me contestaron que era Bach. Recuerdo, un caso distinto en El Mollar, en el que al principio me escuchaban con respeto, con distancia, pero luego se apoderaba cierta tensión emocional con, por ejemplo, una sonata de Mozart o con la sonata fúnebre de Chopin. Entonces me decían: "Esa música llena. ¿Pero qué hacemos ahora con todo esto? Es como una droga".
- ¿Cuál fue su experiencia en las cárceles con Música Esperanza?
- Siempre trato que participen, que se expresen. Cuando lo logro, cambia todo, sienten que cantando ese tipo que viene de afuera se transforma en uno de ellos. Se forma una suerte de complicidad que, finalmente, se convierte en fraternidad. El efecto transformador de la música es notable: "esto nos cambió la vida", afirman. A partir de esos testimonios, la fundación llevó adelante talleres de formación de maestros de música dentro de las cárceles y los resultados son sorprendentes.
- ¿Y cuánto lo cambiaron a usted esas experiencias?
- Puedo expresarlo a través de una anécdota. Hace más de 30 años, fui a los Valles, a un lugar cerca de El Mollar, llevado por un grupo de jóvenes cristianos. Decidí no revelarles quién era para evitar cualquier tipo de barrera en el acercamiento con quienes iban a escucharme. Se entusiasmaron muchísimo; después de escucharme me pidieron que volviera y me preguntaron qué hacía. "Trabajo en Vialidad Nacional -les mentí-, con el piano no puedo vivir". Al poco tiempo, los jóvenes cristianos me contactaron para transmitirme que la gente del pueblo me estaba construyendo un rancho y que me pedían que me olvidara de mi trabajo en Vialidad, ya que prometían ocuparse de mi comida a cambio de que les tocara el piano. Volví, les conté la verdad (que era un pianista que vivía y tocaba en París) y me comprendieron. En esa oportunidad me quedé ocho días, en los que me pedían que tocara "esa música limpita" que había tocado en mi anterior visita. Era Mozart pero les toqué Bach. Y me contestaron: "Esa no, esa es limpia; tocá la otra, la limpita". Entonces toqué el Rondó de Mozart, me pidieron que lo repitiera y terminé tocándolo 22 veces. Luego, vinieron los años de plomo y, después de casi diez años, volví al pueblo. Me recibieron bailando en las calles, me abrazaban y cuando me senté frente a un piano, una mujer me pidió: "Por favor, tocá la música limpita". Mi hermano Jorge me miró y me preguntó: ¿Cómo hacés para aguantar tanto afecto? LA GACETA ©<
- ¿Cuánto lo ayudó la música en la cárcel?
- En medio de unas sesiones de tortura apareció la imagen de mi hermano Jorge, mi mejor amigo. Intenté reconstruir el momento más antiguo de mi niñez en que nos veía juntos. A esa imagen se sumó la música de Marta, la mujer con que viví 15 años. Escuchaba su voz, cantando Bach, y, mientras me tenían colgado y me picaneaban, traté de identificar qué instrumentos la acompañaban para distraerme. De esa forma pude resistir el dolor que me dejaba las manos infladas como pelotas de fútbol por la picana debajo de las uñas. A los nueves meses de estar preso, me llegó un teclado mudo, por una gestión de la reina de Inglaterra. Pero yo no sentía mis manos, hasta que un 29 de septiembre, el día de San Miguel, volvió la sensibilidad mientras no paraban de caerme lágrimas y mi compañero de celda me decía que la música todavía me esperaba.
- Atahualpa Yupanqui decía que alguien que escucha media hora de Bach todos los días, al cabo de dos años es mejor persona. Usted dedicó gran parte de las últimas tres décadas a una tarea social que se apoya en el concepto central de esa frase. ¿Cuánto la pudo corroborar?
- Atahualpa sembró esa idea en nosotros porque estuvimos muy unidos a él desde niños. Se sentaba al lado de mi piano y me decía: "Changuito, tocame Bach; limpiame el alma". Cuando creamos el primer taller de Música Esperanza en Tafí del Valle, pusimos un piano y los chicos me dijeron "tocá algo del maestro". Les pregunté quién era el maestro y me contestaron que era Bach. Recuerdo, un caso distinto en El Mollar, en el que al principio me escuchaban con respeto, con distancia, pero luego se apoderaba cierta tensión emocional con, por ejemplo, una sonata de Mozart o con la sonata fúnebre de Chopin. Entonces me decían: "Esa música llena. ¿Pero qué hacemos ahora con todo esto? Es como una droga".
- ¿Cuál fue su experiencia en las cárceles con Música Esperanza?
- Siempre trato que participen, que se expresen. Cuando lo logro, cambia todo, sienten que cantando ese tipo que viene de afuera se transforma en uno de ellos. Se forma una suerte de complicidad que, finalmente, se convierte en fraternidad. El efecto transformador de la música es notable: "esto nos cambió la vida", afirman. A partir de esos testimonios, la fundación llevó adelante talleres de formación de maestros de música dentro de las cárceles y los resultados son sorprendentes.
- ¿Y cuánto lo cambiaron a usted esas experiencias?
- Puedo expresarlo a través de una anécdota. Hace más de 30 años, fui a los Valles, a un lugar cerca de El Mollar, llevado por un grupo de jóvenes cristianos. Decidí no revelarles quién era para evitar cualquier tipo de barrera en el acercamiento con quienes iban a escucharme. Se entusiasmaron muchísimo; después de escucharme me pidieron que volviera y me preguntaron qué hacía. "Trabajo en Vialidad Nacional -les mentí-, con el piano no puedo vivir". Al poco tiempo, los jóvenes cristianos me contactaron para transmitirme que la gente del pueblo me estaba construyendo un rancho y que me pedían que me olvidara de mi trabajo en Vialidad, ya que prometían ocuparse de mi comida a cambio de que les tocara el piano. Volví, les conté la verdad (que era un pianista que vivía y tocaba en París) y me comprendieron. En esa oportunidad me quedé ocho días, en los que me pedían que tocara "esa música limpita" que había tocado en mi anterior visita. Era Mozart pero les toqué Bach. Y me contestaron: "Esa no, esa es limpia; tocá la otra, la limpita". Entonces toqué el Rondó de Mozart, me pidieron que lo repitiera y terminé tocándolo 22 veces. Luego, vinieron los años de plomo y, después de casi diez años, volví al pueblo. Me recibieron bailando en las calles, me abrazaban y cuando me senté frente a un piano, una mujer me pidió: "Por favor, tocá la música limpita". Mi hermano Jorge me miró y me preguntó: ¿Cómo hacés para aguantar tanto afecto? LA GACETA ©<
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