Una mirada a practicantes, aficionados y espacios del arte

ensayo
SIETE DIAS EN EL MUNDO DEL ARTE- SARAH THORNTON- (Edhasa - Buenos Aires)

08 Noviembre 2009
El artista argentino Horacio Zabala escribe en El arte o el mundo por segunda vez: "Para el mundo del arte, la obra que no aparece en el mundo del arte no existe". Esta sintética afirmación encierra la resistencia, por exclusivista, que produce el arte fuera de los círculos institucionales que lo enmarcan, y es esa expresión ("el mundo del arte") la que hace flaquear y resta autoridad no al libro de Zabala sino al que apunta este comentario: Siete días en el mundo del arte.
El mundo del arte, como el de la filosofía o el del atletismo, es el del conjunto de sus practicantes, sus aficionados, sus espacios, sus relaciones de poder, sus reglas, sus variantes y sus concepciones históricas. Y Siete días en el mundo del arte se aboca a un segmento muy estrecho de ese conjunto. Uno que, aunque estratégico y hegemónico en sus relaciones con el mercado y los mass media, no alcanza para comprender los fundamentos ni el funcionamiento global del arte.
Sin embargo, en su acotado margen, Sarah Thornton logra un libro útil a la hora de poner a la vista algunos aspectos sociológicos particulares del arte, entendido como una red que vincula personas e instituciones, intereses tácitos y reglamentos escritos. Y no es la primera vez que lo hace, puesto que la autora adquirió cierta relevancia con un comentado texto sobre la Club culture, aficionados a la música electrónica conocidos como clubbers, a mediados de los 90. En sus escritos, demuestra que se mueve con total agilidad en los circuitos que estudia, a los que se integra fluidamente. Es bien recibida, participa de reuniones, comparte charlas y eventos, viaja y recorre lugares muchas veces vedados al público general. Sin embargo, su presencia no deja de ser extraña a sus interlocutores, y esto se manifiesta cuando hace una pregunta tabú o cuando observa las entrelíneas de esas relaciones; escucha, analiza y escribe. Thornton es antropóloga y es ella misma quien se encarga de definir, al final del libro, el método con el que trabaja, ese que la etnografía caratuló como observación participante, que se caracteriza por la posición del investigador sumergido en el medio que estudia, utilizando toda la información a su alcance para extraer las leyes que organizan ese grupo.
La delimitación que hace en este caso es un interesante y bien estructurado recorrido por las instituciones más influyentes del arte contemporáneo: 1.- Una subasta en Christies. 2.- Una clínica de estudiantes de arte en el CalArts de Los Angeles, dirigido por el artista conceptual Michael Asher. 3.- Un par de días en la Feria Art Basel en Zurich. 4.- Un premio, el Turner Prize, otorgado por la Tate Modern de Londres. 5.- La redacción de una revista especializada, Artforum, en New York. 6.- Un recorrido por los talleres de un artista, el japonés Takashi Murakami. 7.- Un evento magnánimo y tradicional como la Biennale de Venecia.
Y, como habrán leído, los capítulos no dejan de ser tópicos demasiado idealizados de ese mundo lo que los hace materia exquisita para los los oídos de quienes quedan fuera de él. El problema es que cae muchas veces en la espera del chisme y en el regocijo en las comidillas, que pueden ser jugosas especialmente cuando se trata de un círculo elitista. Pero este es el peor destino que se le puede dar a Siete días en el mundo del arte. Para eso hay revistas semanales y, para qué negarlo, los marchands, los coleccionistas de arte o los artistas-estrella incluso, son aburridos aunque muevan millones.
En muchos segmentos las cifras que se citan en el libro son remarcadamente ridículas pero a tono con un mundo de nombres y franquicias donde un club de fútbol paga 60 millones de dólares para tener un jugador en sus filas.
Sus observaciones son muchas veces agudas y las frases de sus entrevistados, en varios párrafos, son develadoras, ya que echan luz sobre el incierto terreno de la producción y enseñanza del arte y también muestran cuán volátil es el de los coleccionistas y la especulación financiera alrededor de ellos.
Pero no hay nada que temer: abandonemos la mala conciencia y evitemos la paranoia que rodea a los estoicos opositores de las producciones artísticas contemporáneas (algunos de los cuales publicaron sus lamentos en este suplemento), pues es muy interesante que el lector pueda echar una mirada transversal sobre la relación de los sujetos que conforman ese planisferio.

Vínculos complejos

El profesor Charles Gaines, del CalArts, responde: "nosotros creemos que el arte debería interrogar las ideas sociales y culturales de su época (dejando en segundo plano obras que poduzcan placer y sentimientos)". El presidente del mismo instituto, Steven Lavine, asevera: "Buscamos estudiantes con alguna chispa de originalidad (?), queremos alumnos que se sientan de uno u otro modo incómodos con su mundo". Es interesante pensar ambas frases en relación invertida, digamos, la condición potencial (e ideal) del joven al ingreso y la madurada autoconciencia de un rol a su salida.
Pero así como esta relación es clara, también podríamos preguntarnos por vínculos más complejos tales como pensar la articulación de estas intenciones pedagógicas con las del mercado artístico. En la página 179 el galerista Jeff  Poe aclara: "los galeristas somos editores y conspiradores. Ayudamos a determinar qué se muestra y cómo se muestra". Y remata con algo brillante y deprejuiciado: "al fin y al cabo, nuestro negocio es vender síntomas articulados como objetos".
No son menos llamativas las diferencias que se ven entre los mismos artistas, como en el capítulo del premio Turner, cuando el locuaz Grayson Perry, ganador de ese galardón en 2003, desafía la idea del artista íntegro oculto tras la sombra de su obra y reclama que "gran parte del atractivo del arte es la obra como reliquia del artista sagrado. La gente quiere tocar el paño o lo que sea. Es parte de la religión". Es nada más lejos de la ganadora del premio del año 2006, la alemana Tomma Abts, quien dice: "quiero participar en cosas que tengan que ver con el arte, no con la personalidad de los artistas. Quiero seguir siendo artista, no alguien mediático". Cuando le piden hablar de su obra, opone: "la pintura es tan visual que es muy dificil decir cosas que no la comprometan".
Y no faltan las intervenciones hilarantes, como la del artista John Baldessari, que compara la visita de un artista a una feria de arte (piensesé en ArteBa) con la irrupción de un adolescente al cuarto de sus padres cuando mantienen relaciones sexuales.
Sin dudas, la posibilidad de estos cruces es lo mejor del libro. Para los aficionados locales del arte, sin embargo, todo queda detrás de un escaparate demasiado lejano ya que se deja fuera de escena toda vinculación con instituciones latinoamericanas, así como las relaciones entre los países emergentes y los más desarrollados. Esto no permite, aunque sea tentador, intentar establecer  paralelos con el contexto inmediato, sea Buenos Aires o Tucumán o, si se quiere, las reglas y el destino de cualquier arte no hegemónico.
Ocurre que Thornton, al elegir esa cúspide, se olvida no sólo de la historia que se construyó para sí esa elite a la que disecciona sino que termina anulando las diferencias con otras redes que se construyen fuera de ella ¿Qué pasaría si a partir de este modelo de investigación se hiciera una sobre instituciones regionales? ¿Y si se hiciera un cruce entre las versiones cosmopolitas y las regionales? Y con esto no quiero poner en el tapete la cuestión de la identidad (que me parece un problema inexistente, al decir de Borges en El escritor argentino y la tradición). Se trata de que le resta dimensión política al arte, que plantea no sólo obras muchas veces más polítizadas (en lo discursivo) en el mundo que nos toca habitar, sino particularidades en la circulación e intercambio (en lo político y económico) con ese Primer Mundo.
(C) LA GACETA

Sebastián Rosso

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios