IMPRONTA PERSONAL. El estilo florido, sencillo y eficaz del autor de El anatomista, mezclado con los giros sexuales con los que escandalizó a unos y divirtió a otros, no ha cambiado en esta nueva creación literaria.
08 Noviembre 2009 Seguir en 

El acopio de cuentos escritos y premiados en diversos concursos literarios, en los años ochenta por un Andahazi veinteañero, con argumentos simples y simbólicos, constituye el material de El Oficio de los Santos.
Quinta del Medio, un pueblo un poco perdido en el espacio y en el tiempo, pero ya un lugar común en la historia de la literatura, tal como el Macondo de Cien años de Soledad, o el Comala de Pedro Páramo, será el hilo conductor de los relatos, donde se entretejen las antiguas luchas entre Iglesia y poder, entre el amor y la moral.
Hombres que se encomiendan a santos en ciertas situaciones porque para cada una hay un santo; y situaciones que tradicionalmente precisan de santos, atraviesan las historias de corte realista y tono mágico. Con una prosa clara, limpia, el autor nos presenta personajes rurales y toscos, a veces ortodoxamente crueles, otras irónicamente tiernos, que no buscan mucho y encuentran demasiado en los caminos de la vida. Quinta del Medio es escenario de batallas, de historias de traición, de extrañas enfermedades, de simbólica lucha por el poder entre la ciencia, la religión y la política. Curiosamente, aparecen personajes cuyos nombres se repiten en diferentes momentos históricos y en diferentes cuentos, pero conservan los mismos caracteres. Tal el caso de Severino Sosa, personaje que atraviesa casi todos los cuentos con su faceta de estereotípico canalla.
Federico Andahazi nos tiene acostumbrados a su prosa florida, sencilla y eficaz, combinada con giros sexuales que a muchos escandalizaron y a otros nos divierten. En El oficio de los Santos, esa prosa no cambia. Hay un uso del estilo indirecto para eludir la tradicional forma de diálogo, que da buen ritmo a la lectura. El cuento final se escapa un poco del universo temporal y espacial que forman los anteriores, pero también allí un Severino Sosa que repite, en otro contexto que no es Quinta del Medio (o acaso sí lo es) la conducta que dicta su nombre.
Tópicos y cometido
Más allá de los puntos en común con la prosa de Borges (es difícil para muchos escritores alejarse del campo gravitatorio del genial escritor), con el acento elemental, sucinto, atómico, de Juan Rulfo (aquel "indio" según Osvaldo Bayer) o con la imaginación realista-mágica de García Márquez, el libro cumple su fin: se deja leer, y lo hace propiciando comodidad y placer.
© LA GACETA
Cesar Di Primo
Quinta del Medio, un pueblo un poco perdido en el espacio y en el tiempo, pero ya un lugar común en la historia de la literatura, tal como el Macondo de Cien años de Soledad, o el Comala de Pedro Páramo, será el hilo conductor de los relatos, donde se entretejen las antiguas luchas entre Iglesia y poder, entre el amor y la moral.
Hombres que se encomiendan a santos en ciertas situaciones porque para cada una hay un santo; y situaciones que tradicionalmente precisan de santos, atraviesan las historias de corte realista y tono mágico. Con una prosa clara, limpia, el autor nos presenta personajes rurales y toscos, a veces ortodoxamente crueles, otras irónicamente tiernos, que no buscan mucho y encuentran demasiado en los caminos de la vida. Quinta del Medio es escenario de batallas, de historias de traición, de extrañas enfermedades, de simbólica lucha por el poder entre la ciencia, la religión y la política. Curiosamente, aparecen personajes cuyos nombres se repiten en diferentes momentos históricos y en diferentes cuentos, pero conservan los mismos caracteres. Tal el caso de Severino Sosa, personaje que atraviesa casi todos los cuentos con su faceta de estereotípico canalla.
Federico Andahazi nos tiene acostumbrados a su prosa florida, sencilla y eficaz, combinada con giros sexuales que a muchos escandalizaron y a otros nos divierten. En El oficio de los Santos, esa prosa no cambia. Hay un uso del estilo indirecto para eludir la tradicional forma de diálogo, que da buen ritmo a la lectura. El cuento final se escapa un poco del universo temporal y espacial que forman los anteriores, pero también allí un Severino Sosa que repite, en otro contexto que no es Quinta del Medio (o acaso sí lo es) la conducta que dicta su nombre.
Tópicos y cometido
Más allá de los puntos en común con la prosa de Borges (es difícil para muchos escritores alejarse del campo gravitatorio del genial escritor), con el acento elemental, sucinto, atómico, de Juan Rulfo (aquel "indio" según Osvaldo Bayer) o con la imaginación realista-mágica de García Márquez, el libro cumple su fin: se deja leer, y lo hace propiciando comodidad y placer.
© LA GACETA
Cesar Di Primo
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