Félix Luna, el puente que unió a los argentinos con su pasado

08 Noviembre 2009
Quienes tienen la paciencia de frecuentarme dicen que desde mediadosdel año pasado ando enajenado, ausente, ensimismado, como si en todomomento alguien me estuviera tirando invisiblemente de la manga parallamarme la atención sobre alguna cosa ignota que sucede en un planoque no se puede percibir. A veces me disculpo y salgo de ese estadopara atender mis asuntos; luego regreso a la catalepsia? Señores, loque ocurre es que estoy escribiendo, y entonces todo pasa a segundoplano?
Así es la vida del historiador: al menos es la mía cuando un tema seinstala en mi espíritu y presiona para ser escrito y concretado.Angustia mientras escribo, miedo cuando termino, insatisfacción en todomomento: pero al mismo tiempo, una sensación de que estoy haciendo loque debo y que el esfuerzo me justifica.
Les hago algunas confidencias. Necesito hacerlas porque este libro alque estoy dando de mano no se parece a ninguna de mis obras anteriores.Es una obra histórica, desde luego, pero está compuesta por muchosingredientes de fantasía. No está escrita desde el ángulo relativamenteobjetivo y distante del historiador sino a partir de la posiciónentrañable del sujeto del trabajo. No comprende solamente ladescripción de una vida sino también la de una época rica en cambios ytransformaciones. Y para completar la complejidad de la cosa, lapersona que es el centro de esta tarea fue para mí, durante muchotiempo, el paradigma de lo más condenable de la Argentina. Sin embargo,en esta aproximación trato de entender sus motivos y establecer hastaqué punto puede ser rescatado mediante una nueva comprensión, quienantes fue tan drásticamente rechazado por mi propio sistema de valores.
¿De quién se trata? Del teniente general Julio Argentino Roca, tucumanoilustre y algo más que un presidente por dos períodos. Roca es, a mijuicio, uno de los pocos personajes públicos argentinos en quienpudiera ensayarse la técnica de la memoria apócrifa, la que hanejercitado tan bien Margueritte Yourcenar o Robert Graves. Es decir, lareconstrucción de una vida inscripta en el marco histórico pero evocadocon toda la libertad que implica el recuerdo conjetural a partir de lapersonalidad evocada.
Les cuento dónde y cuándo surgió la idea que he estado obsesivamentedesovillando en estos últimos ocho o nueve meses. Fue en el aeropuertode Mar del Plata, en uno de los primeros días de agosto del año pasado.Había viajado para dar una conferencia y, como suelo hacer siempre quetengo por delante algunas horas de tren o avión, me llevé un libro: unabiografía de Julio César por el novelista inglés Rex Warner. El aviónde regreso a Buenos Aires se retrasó varias horas y tuve tiempo de leerel volumen allá. Cuando me ajusté el cinturón para el despegue, la ideaya se había plantado en mi espíritu con fuerza avasallante, excluyente.
Desde ese momento y hasta ahora, yo he sido Roca. Viví con él suinfancia en Tucumán y su adolescencia en el colegio de Concepción delUruguay. Peleé en las batallas de Cepeda y Pavón, en su batería. Vine aBuenos Aires sin un real para salir, días después, convertido ensecretario de su tío Marcos Paz en misión política por el interior.Trajiné en andanzas militares por La Rioja y San Juan, Salta y Tucumán,Mendoza y la frontera del indio. Lo acompañé en sus campamentos, mefatigué en sus marchas, leí a su lado a Tácito y Virgilio, anduvechineteando a su vera y lo ayudé a raptar a Ignacia Robles, latucumanita con la que tuvo una hija que nunca reconoció. Fui poniéndomelos galones después de las batallas que lo encumbraron: Curupaytí,Ñaembé, Santa Rosa. Conquisté el Desierto galopando a su costado ydespués ya en Buenos Aires, urdí toda suerte de intrigas para serpresidente, sabiendo que mi ambición coincidía  con los intereses delpaís, y que la primera magistratura de este provinciano aporteñadoponía el sello definitivo a la unidad nacional.
¡Oh manes de Verlaine!: fui su compañero, su camarada, su cómplice?Conjeturé las líneas de su pensamiento de gobierno, rabié con losdesaguisados de su concuñado Juárez Celman. Enviudé en 1980, semanasantes de la revolución del Parque, y tuve que cargar con un hijo ycinco hijas. Debí convertirme en custodia y vigilante de la paz, y elorden y la prosperidad de la República en los años álgidos de la décadadel 90 y accedí a un nuevo mandato en 1898, cuando la guerra con Chileparecía inminente. Me enamoré de Guillermina Oliveira Cézar y por causade este amor hice algunos papelones que fueron muy comentados. Sufrícon Roca cuando Figueroa Alcorta fue desmontando todos los baluartes desu poder. Me retiré de la vida pública y me apresté a morirapaciblemente, mientras en Europa estallaba la guerra mundial y aquí,los radicales estaban en vísperas de llegar al gobierno.
 Ahora, la cabalgata ha terminado. Pasaron varios meses de mi vida; ami camarada se le blanqueó el cabello y la pera. Lo que reconstruí através de la conversación con docenas de personas, en la consulta decentenares de documentos, diarios y libros, todo eso está fijado en unmontón de carillas que yo mismo he mecanografiado, como siempre. Tengoque darles el último cepillado, revisarlo todo varias veces y desdeópticas diferentes: los hechos históricos, el lenguaje, la lógicainterna?
Ya sé lo que me va a pasar en las próximas semanas. Me sentirédesdichado porque he entregado mi original, y ese desprendimiento losentiré físicamente, como un vacío insoportable? Pero también sé queiré corrigiendo las pruebas a medida que me las manden, aprobarémansamente el boceto de la tapa y un día recibiré en mi casa el primerejemplar de este nuevo hijo, crocante como un pan recién salido delhorno.
Y a partir de ese momento desaparecerá toda mi angustia? Cada librotiene su destino, y el autor no puede modificarlo en nada ni para bienni para mal. Correrá su suerte y el público será quien diga lo quetiene que decir. Ya pasó todo. Porque, señores, en ese momento tendréolvidado a Roca y estaré empezando a angustiarme dolorosa ydeliciosamente con un nuevo tema, un nuevo desafío, y todo empezará denuevo.
© LA GACETA

El gran divulgador

Félix Luna combinó la agilidad narrativa, el lenguaje llano y el rigor investigativo para contagiar a los argentinos la pasión que tenía por la Historia. Con esa fórmula, y con una tenacidad desplegada en sus casi 30 libros, en sus más de cuatro décadas dirigiendo su Todo es historia y en infinitas notas periodísticas y conferencias, se convirtió en el historiador más popular de nuestro país y, simultáneamente, en uno de sus intelectuales más prestigiosos. Colaboró, durante los últimos 25 años, en distintas oportunidades en estas páginas, a través de artículos, críticas de libros y poemas. En esta edición, a modo de homenaje, rescatamos dos textos que aparecieron en LA GACETA Literaria y que nos parecen particularmente valiosos. Un artículo publicado en los años 80, en el que relata, en tono confesional, detalles de la "cocina" de su gran libro, Soy Roca, una autobiografía novelada que se multiplicaría en numerosas reediciones, constituyéndose en un hito dentro de la literatura argentina y adelantándose al boom de la novela histórica de los 90, pero sin incurrir en sus abusos. Acompañamos ese texto  con un poema publicado aquí en 2002, en el marco del ciclo "Reflexiones sobre la crisis", y que encabezó el libro Reinventar la Argentina (LA GACETA - Sudamericana, 2003). Sus versos, lamentablemente, mantienen una asombrosa vigencia y resuenan como una elegía póstuma destinada a todos los argentinos.
© LA GACETA

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PERFIL

Félix Luna nació en Buenos Aires, en 1925, y murió en esa misma ciudad, el jueves pasado. Se recibió de abogado, ejerció la docencia y ocupó diversos cargos en la función pública, pero la mayor parte de su vida estuvo dedicada a la investigación histórica y a la escritura. En 1954 publicó Yrigoyen, su primera biografía. Luego aparecerían Los caudillos y un clásico: El 45. El peronismo sería también abordado en otros libros como los tres tomos de Perón y su tiempo o Argentina de Perón a Lanusse. En la década del 80 se editó su libro más recordado, celebrado y reeditado: Soy Roca. En los últimos años publicó Encuentros a lo largo de mi vida, Revoluciones y Martín Aldama. Un soldado de la Independencia. Entre los libros en que abordó de manera completa la historia argentina merecen citarse los diez tomos de Historia integral de la Argentina y su Breve historia de los argentinos, ensayo que además fue editado en inglés. Desde 1967 y hasta la actualidad estuvo al frente de la revista Todo es historia.


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