Las claves del fenómeno

Aunque demolida por las críticas de los principales medios, la nueva novela de Brown llega a millones de lectores de la mano de una sagaz estrategia publicitaria y, sobre todo, de una cautivante estructura narrativa.

OTRO BOOM EDITORIAL. A dos meses de su lanzamiento, el último libro del norteamericano ya estaba en el top ten de los libros más vendidos de Amazon, la mayor tienda virtual del mundo. OTRO BOOM EDITORIAL. A dos meses de su lanzamiento, el último libro del norteamericano ya estaba en el top ten de los libros más vendidos de Amazon, la mayor tienda virtual del mundo.
01 Noviembre 2009
La crítica Janet Maslin usó 824 palabras para demoler El símbolo perdido en el comentario que le publicó el diario The New York Times. Pero hay un fragmento de una frase (de sólo ocho palabras) que, descontextualizado, se transforma en un elogio. Es el que incluyó Dan Brown en la página de internet que promociona su libro. Esa maniobra nos ayuda a entender, en parte, el desbordante éxito del best seller norteamericano: Brown cuenta con un hábil marketing que puede hacer que algo parezca lo que no es.
Ese tipo de fórmula alquímica es la que emplea Brown para transformar el papel de sus libros en una cuenta bancaria con ocho ceros. En sus historias las cosas no son lo que creemos que son. Los cuadros son criptogramas; los edificios, signos de un lenguaje secreto; la historia oficial, una ficción. El poder se esconde en lugares insospechados, la verdad en donde menos la buscamos. "¿Existe un secreto tan poderoso que, de salir a la luz, sea capaz de cambiar el mundo?", es la pregunta que encabeza la presentación de El símbolo perdido en la página web oficial del libro.  La llave para desentrañar ese interrogante, otra vez, está en manos del profesor de simbología Robert Langdon.
Las fronteras entre ficción y realidad son deliberadamente porosas en las novelas de Brown y también son confusas en la recepción de su obra. De otro modo, los títulos no generarían tanta polémica, una clave esencial del boom editorial. La historia norteamericana, la arquitectura de Washington y el oscuro mundo de los masones, en el caso de El símbolo?, le proporcionan a Brown condimentos sabrosos; y es la ficción lo que le permite combinarlos discrecionalmente al tiempo que, en el imaginario de los lectores, es percibida como una licencia necesaria para que pueda transmitir hallazgos que afectan grandes intereses. Las mezclas de Brown arrojan una realidad en la que los dogmas de la religión, las estructuras de las instituciones o las bases del poder político se montan sobre enormes imposturas que tienen como fin la implementación de un plan de dominación universal.

La campaña

La particularidad que tiene la última novela de Brown, que comparte con los libros de la saga de Harry Potter, es que el thriller comienza mucho antes de que el lector pueda acceder a un ejemplar en papel o al texto en la red. En los meses previos al lanzamiento se montó un gigantesco esquema de publicidad en torno al contenido secreto del libro (una imagen con un candado ilustraba la tapa de la novela de Brown en el sitio oficial del escritor), lo que multiplicó las especulaciones entre sus lectores.
Random House, la editorial norteamericana que tiene los derechos, usó todo el arsenal disponible en internet para intensificar la intriga: facebook, twitter, blogs, sitios especiales con juegos y acertijos, foros de discusión, mensajes ambigüos grabados por el autor. Luego montó un gigantesco operativo para una distribución simultánea, primero en países de habla inglesa, y luego en países hispanoparlantes. Así instalaron la idea de que El símbolo? sería el libro que todos leerían y sobre el que todos hablarían.
La campaña comercial de El Código Da Vinci no tuvo precedentes en la industria editorial norteamericana. Fueron enviados 11.000 ejemplares gratuitos a una legión de libreros, periodistas y críticos. Pocos días más tarde, todos los medios de habla inglesa se referían al libro, y la controversia en torno a su contenido crecía de la mano de las denostaciones del Opus Dei. Aunque en general las críticas no eran condescendientes ("Este libro es, sin duda, el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado, desarreglado y populachero que he leído"; "el bodrio más grande que este lector ha tenido entre sus manos", decían, por ejemplo, los críticos del Times de Londres y de El País de Madrid), la novela era noticia. Con su thriller religioso, que seguía la huella abierta por Umberto Eco con El nombre de la rosa agregándole esencias espirituales propias de un Paulo Coelho, Dan Brown generaba una fiebre editorial que, además de ejemplares vendidos, engendraba subproductos que iban desde libros que interpretaban o contradecían el suyo hasta documentales, proyectos cinematográficos, seminarios y hasta tours literarios en el Louvre y en iglesias de París.
El símbolo? está reciclando la campaña de su predecesor. Y no le va mal. Si se introduce el título del libro en el buscador de internet Google, se obtienen más de 15 millones de referencias. El mundo, nuevamente, habla de la historia de Brown.

Las piezas del rompecabezas
Los textos de este popular escritor norteamericano tienen pasajes en los que, didácticamente, el autor aborda distintas facetas del mundo del arte, de la historia y de la arquitectura; o reflexiona, por ejemplo, sobre la tendencia contemporánea a tatuarse, o sobre las llamativas y poco conocidas costumbres de ciertas órdenes. Mientras, pasea al lector por los museos o las calles de grandes ciudades, en las que intercala alguna muerte para elevar la tensión y mantener la atención del lector. Pero lo decisivo en este último objetivo, la maniobra con la que Brown toma de las solapas a la mayoría de sus lectores y no los libera hasta el final, radica en la estructura.
La trama de El símbolo perdido transcurre en 12 horas. Las que tarda Langdom en resolver el misterio. Las que demora un lector promedio en recorrer las 640 páginas de la novela. La historia en tiempo real, que sigue el esquema de un programa televisivo como 24, estimula el ritmo del lector y lo impulsa a correr la misma maratón en la que está inscripto su protagonista. La novela se divide en capítulos, al igual que los folletines decimonónicos o las series norteamericanas como Lost, en los que los finales tienen un giro sorpresivo que deja abierto un interrogante y la promesa de saciarlo en la siguiente entrega. Como una muñeca rusa, la de Brown es una historia en la que cada misterio contiene otro misterio, cada relato un nuevo relato. El mismo método que le permitió a Sherezade sobrevivir durante "mil y una noches" y mantener viva la curiosidad del sultán, es el que hechiza a los lectores de Brown. El autor esparce las piezas de un rompecabezas que se agranda a medida que los personajes se esfuerzan por resolverlo. Y, como ocurre con muchos de los productos que prometen estremecedoras revelaciones, inevitablemente el desenlace, la resolución del gran enigma, no suele estar a la altura de las expectativas generadas.
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