El topo humano y las rajaduras de un crimen

La incomunicación y la muerte en la novela más leída del momento. "Las grietas de Jara", Claudia Piñeiro (Alfaguara - Buenos Aires)

18 Octubre 2009
A diferencia de lo que ocurre en las novelas anteriores de Claudia Piñeiro, en ésta la acción gira sobre un protagonista masculino. Con 45 años, Pablo Simó arrastra una existencia oscura. Arquitecto subalterno de un importante estudio, al que se le delegan tareas menores, sueña con construir su propio edificio en torre "de 11 pisos, mirando al Norte". La narración focaliza los hechos exclusivamente desde su perspectiva.
En su vida privada no tiene mejor suerte: lleva 20 años conviviendo con una esposa insufrible; le cuesta mucho comunicarse con su hija adolescente; ha abandonado la música, no frecuenta amistades y, como un topo urbano, viaja diariamente en subterráneo para evitar el cielo abierto.
Una clave de interpretación está en las sugerencias de la palabra "grietas" del título. Como ya es habitual en las novelas de Piñeiro (Las viudas de los jueves, Tuya, Elena sabe), la acción está atravesada por un hecho criminal, sin que por ello sus textos se encuadren dentro de la narrativa policial.  El delito -tangencial, casi involuntario- es la estocada en el muro que abre la grieta por donde comienza a escaparse esa vida sin luz de Pablo Simó. No obstante, su nueva elección, a pesar de algunas sugerencias positivas (lo conduce a la libertad y autodeterminación), es inquietante, con aristas macabras.
Hay una historia de amor, que no conquista la entera empatía del lector, si bien cobra sentido a medida que se acerca a la "otra vuelta de tuerca" del desenlace. También, una recorrida por fachadas de edificios porteños de estilo art nouveau y meditaciones sobre la estética de la construcción justifican pincelazos de crítica social.
En la trama nada es demasiado nuevo, desde la ya muy frecuentada metáfora del título, hasta la presencia de un cadáver encubierto en hormigón, que, a su modo, retorna a cobrar venganza. Lo que sí destaco son las instancias en que la prosa se trabaja desde lo sensorial, o la memoria sensorial, y que alcanza momentos como éste: "Pablo se ve obligado no sólo a brindar sino también a beber; en el paladar siente con pesar cómo el gusto del vino tinto borra los restos del sabor del café expreso que tomó cinco minutos antes y que él tenía la ilusión que durara hasta la cena".
© LA GACETA

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