02 Agosto 2009
Un ser querido que ha dejado este mundo empobrece al mundo en que quedamos. Esa oquedad de su presencia ausente duele y, por primera vez, sin él proponérselo, nos hace daño.
Génie acaba de irse, pero dudo que haya abandonado a quienes fuimos sus hijos espirituales. Reunió, en un raro don, religiosidad profunda, lucidez intelectual y una amorosa entrega al prójimo. He visto a los seres humanos más disímiles amarla y recibir su afecto, que parecía inagotable. Sus alumnos de filosofía se convertían fácilmente en sus discípulos.
En mi experiencia personal, me ayudó a despertar a la inteligencia de las cosas siendo yo un adolescente. A nadie debo tanto como a ella en ese crecimiento de un alma que se busca y halla su propio camino. Nos ayudó a cultivar la diferencia que nos haría personas, a separar lo central de lo periférico, a ser precisos, a gozar la prosa de Borges o Bergson, a no dejar escapar el nudo de paradoja que se oculta detrás de los asuntos, a huir de los ismos de todo pelaje, de los esquemas filosóficos en que se disfraza la mediocridad para no pensar y simular que lo hace, a reír ante las pretensiones del diente de oro de la cultura, a cultivar la perplejidad por sobre las "verdades doctrinarias", a insistir en las preguntas más que en las respuestas, a elegir la severidad pero eludiendo la solemnidad. Y a vivir con humor.
Todos sabemos que vamos a morir, pero ninguno de nosotros lo cree. Con la ida de Génie comienza a morderme esa creencia, esto es, la certeza de que estar vivo es un regalo precario.
© LA GACETA

Jorge Estrella - Escritor, ex profesor de Filosofía de la
Ciencia de la Universidad de Chile. Fue uno de los
discípulos dilectos de María Eugenia Valentié.

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