02 Agosto 2009 Seguir en 

Cuando me avisaron que Génie Valentié había muerto no pude dejar de pensar en las palabras del poeta que más amó, Jorge Luis Borges, rebelándose ante la posibilidad de desaparición de un ser amado: "Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y tantas noches". Es difícil resignarse a saber que sólo podremos contar con ella en la memoria, esa forma de la inmortalidad que ella supo ganar. Pocas personas logran lo que ella consiguió: pasar por la vida con gracia y con estilo, llenar de afecto e iluminar con la razón y el sentimiento la vida de los otros. De ello formaban parte las charlas interminables y gozosas, la capacidad de pensar de a dos, las manos extendidas incondicionalmente y la certeza del otro siempre disponible. Y, sobre todo, la inteligencia exquisita, con esa gratuidad que debieran tener todas las acciones humanas. En un mundo urgido por las prisas, Génie abominaba de las tablas y medidas. Mientras disfrutaba de sus entrañables cigarrillos, me dijo un día en el que hablábamos de las presiones del mundo universitario: "¿por qué no puede uno entregarse al placer de pensar, a la belleza de la palabra solamente?".
Los libros formaban parte de su vida, uno podía hablar horas sobre Cien años de soledad, de García Márquez, o sobre Lo bello y lo siniestro, de Yasunari Kawabata. Era un privilegio contar con su sabiduría y recorrer de su mano bibliotecas interminables. Se respiraba felicidad en su entrega a la literatura. Amaba todas las formas de la cultura y escrutaba con pasión el universo. Recorría una y otra vez los mitos, en busca de respuestas. Prefería pensar lo religioso en un sentido amplio, como lo plantea el Do Kamo, de Maurice Leenhardt, como un modo de religación. Sentía admiración por las culturas indígenas en las que la vida y la muerte eran una continuidad. Creía con Gusdorf en un pensamiento que integrara la razón y el mito, amaba a Simone Weil y no vacilaba a la hora de revisar el pensamiento de Heidegger.
Siempre me decía que no tenía miedo a la muerte, que quería morir entera, sin mengua. Pienso de nuevo en las palabras de Los conjurados: "No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano ni tu memoria. Estabas ahí silencioso y sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir".
© LA GACETA
Carmen Perilli - Doctora en Letras, profesora de Literatura
Latinoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional de Tucumán.
Los libros formaban parte de su vida, uno podía hablar horas sobre Cien años de soledad, de García Márquez, o sobre Lo bello y lo siniestro, de Yasunari Kawabata. Era un privilegio contar con su sabiduría y recorrer de su mano bibliotecas interminables. Se respiraba felicidad en su entrega a la literatura. Amaba todas las formas de la cultura y escrutaba con pasión el universo. Recorría una y otra vez los mitos, en busca de respuestas. Prefería pensar lo religioso en un sentido amplio, como lo plantea el Do Kamo, de Maurice Leenhardt, como un modo de religación. Sentía admiración por las culturas indígenas en las que la vida y la muerte eran una continuidad. Creía con Gusdorf en un pensamiento que integrara la razón y el mito, amaba a Simone Weil y no vacilaba a la hora de revisar el pensamiento de Heidegger.
Siempre me decía que no tenía miedo a la muerte, que quería morir entera, sin mengua. Pienso de nuevo en las palabras de Los conjurados: "No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano ni tu memoria. Estabas ahí silencioso y sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir".
© LA GACETA
Carmen Perilli - Doctora en Letras, profesora de Literatura
Latinoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional de Tucumán.
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