Esas dolorosas obviedades * Los argentinos en su laberinto

Notas publicadas por María Eugenia Valentié en estas páginas.

02 Agosto 2009
¿Qué nos pasó a los argentinos? ¿Acaso no éramos "el granero del mundo", "la Argentina potencia"? ¿Qué se hizo de "los invictos guerreros que esgrimieron sus aceros por la santa libertad"? Tal vez nos convenga volver sobre la historia de nuestro país para tratar de entender lo que nos pasa.
Desde la instalación del primer gobierno patrio comenzaron las dificultades y las disputas. Los desacuerdos entre Moreno y Saavedra, entre liberales y populistas, entre los porteños y las provincias; entre los que ansiaban imitar Europa y los que pensaban, ante una realidad distinta, en la necesidad de inventar la Nación Argentina. Sarmiento fue contundente: civilización o barbarie. Estas dualidades trajeron como resultado la inestabilidad de los gobiernos, el caudillismo, la anarquía de los años veinte, la tiranía de Rosas; y el siglo veinte, los continuos golpes militares.
Las oposiciones fragmentaron a la Argentina: unitarios o federales, liberales o populistas, radicales o conservadores, peronistas o antiperonistas, etc. Ahora la mitad de los argentinos protesta porque el FMI no nos quiere prestar más dinero y la otra mitad se queja porque nos prestó demasiado.
Algunos piensan que es necesario llegar al caos para que de él nazca un nuevo cosmos mejor que el anterior. Pero una cosa no produce automáticamente la otra. El caos está peligrosamente cerca de la Nada. Otros postulan cambios radicales, expulsiones masivas. Recordemos que el eslogan "que se vayan todos" nació en Venezuela y generó el ascenso de Chávez al poder, y su gobierno, el profundo cisma que hoy experimentan los venezolanos. También están quienes buscan un líder carismático, un Padre de la Patria que nos resuelva los problemas. Es cierto que en el siglo XX existieron personajes como Gandhi, en la India, o De Gaulle, en Francia, que lograron levantar a sus países desde el imperialismo o la derrota. Pero también tuvimos a Hitler y a Stalin, y es probable que nuestro líder carismático nos depare algunas desagradables sorpresas.
La responsabilidad de lo que nos pasa nos concierne a todos, aunque, naturalmente, en diversos grados. La culpa no es la misma en el caso del gobernante que se enriquece ilícitamente, que en el del desocupado que vende su voto por un bolsón de comida y veinte pesos. En consecuencia, uno de nuestros deberes es la autocrítica. Los argentinos tenemos la tendencia a considerar que la culpa la tienen los otros cuando las cosas andan mal. Perón hablaba de "sinarquía", una extraña asociación de comunistas, judíos y masones que conspiraban contra la Argentina. Luego se culpó a los "zurdos", a los judíos, a los norteamericanos, a las empresas multinacionales. Al Fondo Monetario Internacional, etc.
Una de las críticas más comunes que se ha hecho a nuestro país, de parte tanto de nativos como de extranjeros, en su falta de aptitud para el consenso, el diálogo, la negociación, todo aquello que es esencial en la política. La Argentina tiene personalidades brillantes, pero, sin embargo, no podemos diseñar un proyecto nacional que sea sostenible y aceptable para la mayoría. Sabato dijo que éramos un país de opositores. Einstein afirmó haber tenido estudiantes argentinos más inteligentes que sus compañeros alemanes, pero que fracasaban en el trabajo en equipo. Y Mafalda afirma, en un chiste de Quino, que debería buscar a un extranjero para que nos gobierne, porque no se debe quitar a un argentino su derecho a hablar mal del gobierno.
Nicolás Shumway, en su libro La invención de la Argentina, habla de las "ficciones orientadoras", esos relatos o esos personajes capaces de engendrar creencias, ideas y sentimientos y, sobre todo, de dar una noción de pertenencia a una comunidad.
Los pueblos antiguos tenían sus mitos de fundación y celebraban el prestigio de sus orígenes. Nosotros, además de intentar la sacralización de los próceres, tan discutida actualmente, nos enorgullecemos por la forma en que se integraron a nuestro país inmigrantes de todo el mundo. Pero nos olvidamos de nuestro pecado original, que consistió en discriminar siempre a los primeros dueños de la tierra. Todavía celebramos la Campaña del Desierto, que en realidad fue un  genocidio, y no sabemos explicar muy bien por qué ya no hay negros en nuestro país. El exterminio fue la única manera con que supimos superar las dualidades. Ahora debemos buscar otra más civilizada. A través del debate, del diálogo, de la búsqueda de consensos.
No será fácil inventar o reinventar una nueva Argentina.    
Necesitamos mucha fe y razón, esperanza y sensatez, buena voluntad e inteligencia, valor para luchar contra la corrupción, la ineptitud y el despilfarro, tanto en gobernantes como en gobernados.
© LA GACETA

* Artículo publicado originalmente en LA GACETA Literaria en 2002 e incluido en el libro "Reinventar la Argentina" (LA GACETA - Sudamericana, 2003).

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