26 Julio 2009 Seguir en 

Con el avance de la edad mengua la distancia desde la que se ven las cosas. La extrañeza, el interés y hasta el asombro que ellas suscitan en los niños, se deben a que éstos son unos recienvenidos; algo de su ser permanece todavía ajeno al mundo, y por eso pueden percibirlo como una totalidad, es decir, como desde fuera. Verlo así supone compararlo, siquiera tácitamente, con otros mundos posibles, y preguntarse, aunque sea sin palabras, por qué las cosas son precisamente como son, y no de muy diferentes maneras. Esa condición foránea, propia del que tiene su alma en otra parte, se expresa en lo que se llama imaginación, que es lo que se va embotando con el curso de los años, cuando se termina por adquirir ese sistema de costumbres denominado realidad.
Algún vestigio de aquella disposición imaginativa persiste, sin embargo, en la mayor parte de la gente. A ello se debe el gusto que, unos más, otros menos, experimentan casi todos al oír ficciones, al leerlas o al verlas representadas.
Pero en algunos esa capacidad de extrañeza se conserva intacta, aunque no la sientan como una capacidad que ejercen sino como una desgracia que sobrellevan. En efecto, les ocurre a esas personas, por ejemplo, no comprender cómo pueden las demás interesarse seriamente en lo que constituye su profesión, ocupación o empleo. Admiten sin objeciones que cada cual ha de ganarse su pan, pero no se les alcanza que deban poner en ello no ya un trabajo -lo cual va de suyo-sino un afán despavorido que impregna todo su ser y da forma por entero a su carácter. ¿Cómo es posible que -digamos- un agente inmobiliario lo sea no sólo en su oficina, sino también en la calle, en el club, en la mesa familiar? ¿De qué modo puede ser que haya algo así como un mundo de los agentes inmobiliarios, con sus objetos, sus creencias, sus valores, sus hábitos? ¿Y un mundo de las maestras, cuyos habitantes han forjado en él su identidad, sus ademanes y su proyecto de vida?
O bien puede ocurrirles a esas personas -otro ejemplo- no entender que existan revistas de modas, publicaciones cuyo asunto es el atuendo de las mujeres. Y he aquí que no sólo las hay, sino que perduran en medio de toda clase de catástrofes: desaparecen los trenes, las máquinas de escribir y muchas naciones, pero cada semana, esplende en los quioscos la portada de una nueva edición, con su correspondiente modelito.
A menudo la perplejidad de estas personas es suscitada por hechos de lenguaje. Sucede que comerciantes y publicistas empiezan un día a llamar "promociones" a sus campañas de ventas, y acaban por llamarlas "promos". Y bien, he aquí que esa abreviatura de uso corporativo llega a dominar el uso general, y todo el mundo dice "promo" con la misma naturalidad con que diría "mesa". Así es como las personas a que nos referimos pueden llegar a leer o escuchar locuciones de este jaez: "Ganate una laptop (?) con la promo de Fonocom", con lo que su asombro se agrava a desasosiego y angustia, sobre todo cuando perciben que casi nadie se considera ofendido por semejantes expresiones, que al oído de las gentes parecen tan llanas como las que componen una conversación de familia.
Ahora bien, la familiaridad es la actitud que corresponde a lo real, y es su signo más palmario. Extrañarse a propósito de algo es poner en tela de juicio precisamente su realidad, preguntarse si no se tratará acaso de una ficción. Pero una tal pregunta sólo puede formularse si se habita ya el terreno de lo ficticio, si uno mismo no coincide del todo con el terreno sólido en que se halla instalada la mayoría, si de algún modo sigue siendo el chico que, a la consabida pregunta de los mayores: "¿Qué vas a ser cuando seas grande?", respondía: "Bombero", o "Explorador".
© LA GACETA
Samuel Schkolnik - Escritor, doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Tucumán.
Algún vestigio de aquella disposición imaginativa persiste, sin embargo, en la mayor parte de la gente. A ello se debe el gusto que, unos más, otros menos, experimentan casi todos al oír ficciones, al leerlas o al verlas representadas.
Pero en algunos esa capacidad de extrañeza se conserva intacta, aunque no la sientan como una capacidad que ejercen sino como una desgracia que sobrellevan. En efecto, les ocurre a esas personas, por ejemplo, no comprender cómo pueden las demás interesarse seriamente en lo que constituye su profesión, ocupación o empleo. Admiten sin objeciones que cada cual ha de ganarse su pan, pero no se les alcanza que deban poner en ello no ya un trabajo -lo cual va de suyo-sino un afán despavorido que impregna todo su ser y da forma por entero a su carácter. ¿Cómo es posible que -digamos- un agente inmobiliario lo sea no sólo en su oficina, sino también en la calle, en el club, en la mesa familiar? ¿De qué modo puede ser que haya algo así como un mundo de los agentes inmobiliarios, con sus objetos, sus creencias, sus valores, sus hábitos? ¿Y un mundo de las maestras, cuyos habitantes han forjado en él su identidad, sus ademanes y su proyecto de vida?
O bien puede ocurrirles a esas personas -otro ejemplo- no entender que existan revistas de modas, publicaciones cuyo asunto es el atuendo de las mujeres. Y he aquí que no sólo las hay, sino que perduran en medio de toda clase de catástrofes: desaparecen los trenes, las máquinas de escribir y muchas naciones, pero cada semana, esplende en los quioscos la portada de una nueva edición, con su correspondiente modelito.
A menudo la perplejidad de estas personas es suscitada por hechos de lenguaje. Sucede que comerciantes y publicistas empiezan un día a llamar "promociones" a sus campañas de ventas, y acaban por llamarlas "promos". Y bien, he aquí que esa abreviatura de uso corporativo llega a dominar el uso general, y todo el mundo dice "promo" con la misma naturalidad con que diría "mesa". Así es como las personas a que nos referimos pueden llegar a leer o escuchar locuciones de este jaez: "Ganate una laptop (?) con la promo de Fonocom", con lo que su asombro se agrava a desasosiego y angustia, sobre todo cuando perciben que casi nadie se considera ofendido por semejantes expresiones, que al oído de las gentes parecen tan llanas como las que componen una conversación de familia.
Ahora bien, la familiaridad es la actitud que corresponde a lo real, y es su signo más palmario. Extrañarse a propósito de algo es poner en tela de juicio precisamente su realidad, preguntarse si no se tratará acaso de una ficción. Pero una tal pregunta sólo puede formularse si se habita ya el terreno de lo ficticio, si uno mismo no coincide del todo con el terreno sólido en que se halla instalada la mayoría, si de algún modo sigue siendo el chico que, a la consabida pregunta de los mayores: "¿Qué vas a ser cuando seas grande?", respondía: "Bombero", o "Explorador".
© LA GACETA
Samuel Schkolnik - Escritor, doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Tucumán.
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