26 Julio 2009 Seguir en 

"Hablar de los escritores interesa más que leerlos. Los reflectores llevan la atención a las fotos, personalidades, anécdotas, premios, regalías y ventas, más que a las frases, imágenes, escenas, personajes o ideas que se quedan en la memoria?Hoy es común el autor como obra: como personaje novelesco creado para el mito y el mercado". Esto dice el escritor mexicano Gabriel Zaid (autor del excelente ensayo Los demasiados libros) en las primeras páginas de El secreto de la fama, su última obra, recientemente publicada por la editorial Lumen. Allí analiza cómo la literatura pasó del anonimato, propio de los textos antiguos, a la entronización del escritor.
Entre los componentes de este fenómeno destaca la tendencia contemporánea que intenta cuantificar las más distintas facetas de la realidad, dejando de lado las apreciaciones cualitativas. Eso explicaría el poder consagratorio de los ratings, los rankings o el número de citas dentro del mundo mediático, del editorial o del académico. En el terreno literario esta subordinación a las estadísticas, según Zaid, empobrece a sus productos. De ese modo los libros pierden su sentido original y se transforman en excusas para organizar presentaciones, publicar noticias sobre sus autores y construir, en definitiva, las imágenes de estos últimos. Eso explica que la mayoría de los libros sea celulosa convertida en papel impreso cuyo destino último es la celulosa. "Lo importante -dice el escritor mexicano- es que la celulosa reciclada, una y otra vez, genere resonancia, no lectura".
El deseo de fama, de convertirse en dioses que pueden juzgarlo todo, causar admiración con sus obras y constituirse en objeto de adoración universal, impulsa a muchos escritores a participar en una carrera obsesiva por el éxito. Pero en esa competencia no siempre triunfa quien tiene mayores atributos literarios sino "el más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como persona deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono o los reflectores, hacerse popular, lograr que ruede la bola acumulativa hasta que nadie pueda detenerla".
© LA GACETA
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Entre los componentes de este fenómeno destaca la tendencia contemporánea que intenta cuantificar las más distintas facetas de la realidad, dejando de lado las apreciaciones cualitativas. Eso explicaría el poder consagratorio de los ratings, los rankings o el número de citas dentro del mundo mediático, del editorial o del académico. En el terreno literario esta subordinación a las estadísticas, según Zaid, empobrece a sus productos. De ese modo los libros pierden su sentido original y se transforman en excusas para organizar presentaciones, publicar noticias sobre sus autores y construir, en definitiva, las imágenes de estos últimos. Eso explica que la mayoría de los libros sea celulosa convertida en papel impreso cuyo destino último es la celulosa. "Lo importante -dice el escritor mexicano- es que la celulosa reciclada, una y otra vez, genere resonancia, no lectura".
El deseo de fama, de convertirse en dioses que pueden juzgarlo todo, causar admiración con sus obras y constituirse en objeto de adoración universal, impulsa a muchos escritores a participar en una carrera obsesiva por el éxito. Pero en esa competencia no siempre triunfa quien tiene mayores atributos literarios sino "el más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como persona deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono o los reflectores, hacerse popular, lograr que ruede la bola acumulativa hasta que nadie pueda detenerla".
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