El defensor de la democracia ataca de nuevo

Esta vez, sin librotes, el sociólogo florentino Giovanni Sartori reflexiona sobre el sistema de gobierno y sus enemigos. El democratólogo razona que el pueblo tiene poder en la medida en que lo tiene sobre el mismo pueblo.

INCOGNITAS. Giovanni Sartori, editorialista del Corriere della Sera admite que cuando le preguntaron si era de izquierdas o de derechas respondió que él también quería saberlo. INCOGNITAS. Giovanni Sartori, editorialista del Corriere della Sera admite que cuando le preguntaron si era de izquierdas o de derechas respondió que él también quería saberlo.
26 Julio 2009
Ensayo
"La democracia en 30 lecciones"
Giovanni Sartori
(Taurus - Buenos Aires)

Giovanni Sartori ha contribuido como pocos contemporáneos a pensar la democracia. Y, como él mismo lo admite, siempre lo ha hecho con "librotes". Teoría de la Democracia, su obra más célebre, supera las 600 páginas. Y Qué es la democracia, que data de 1993 y fue reeditada (y actualizada) en 2007, roza las 500. Hasta que un día llegó la televisión para operar el milagro de la síntesis.
Invitado por la RAI (la radiotelevisión pública italiana) a realizar un ciclo en el que instruyera a la audiencia sobre la democracia, este verdadero democratólogo preparó las 30 lecciones que conforman este libro de tan sólo 150 páginas, gracias a la esmerada tarea de edición de la periodista Lorenza Foschini.
En este volumen, Sartori muestra múltiples facetas. Se ratifica como un defensor a ultranza de la democracia liberal y como un enemigo acérrimo de los totalitarismos, lo que se explica acabadamente en el hecho de que haya nacido en Italia en 1924. A lo largo de este volumen, el sociólogo florentino aborda el origen etimológico e histórico de términos como liberalismo y socialismo, y también se ocupa del fin de las ideologías.
No hace concesiones en la autocrítica cuando afirma que el sistema de gobierno al que define como "la mejor máquina que se ha inventado nunca para permitir al hombre ser libre" padece el déficit cognitivo de las ciencias políticas que él cultiva. "La crisis de la democracia recibe la magnánima ayuda de la inconsistencia de un saber que debería entenderla y explicarla", se flagela. A la par, es crítico implacable contra obras de pensadores de la talla de Amartya Sen, a quien vapulea por su pretensión de que la democracia no es un "invento occidental" ya que en el antiguo oriente y en muchas religiones de Africa se registran ancestrales "discusiones públicas".
Tampoco le esquiva a la polémica y, por el contrario, se anima a alentar revisionismos cuando sostiene que no hubo una doble Revolución Rusa, ya que la única "revolución" propiamente dicha fue la de los mencheviques, en febrero de 1917. La de octubre, la bolchevique, fue -según Sartori- tan sólo un golpe de Estado de los "rojos" contra los "blancos". Como si no alcanzara, después se da el lujo de argumentar -al filo de la chicana- que Kart Marx era inconscientemente individualista mientras que el mercado era, sin darse cuenta, sorpresivamente colectivista.
Pero todo esto es sólo parte del valor agregado con que este testigo europeo del siglo XX, escasamente interesado en ser políticamente correcto, nutre una obra que desborda en definiciones sustanciales sobre la democracia. Algunos asertos son saludables disparadores para polémicas superadoras. Otros, decididamente, son conceptos definitivos sobre ese mecanismo creado por el hombre "para no estar sometido a la voluntad arbitraria y tiránica de otros hombres".

Pragmáticos e idealistas
"La doctrina es unánime al afirmar que la democracia tiene que inspirarse en el principio de mayoría limitada o moderada, la cual tiene derecho a mandar pero en el respeto de los derechos de la minoría. De lo contrario, (la democracia) vivirá un día y empezará a morir al día siguiente", sostiene el autor en la primera lección. Desde el comienzo, la brevedad es directamente proporcional a la profundidad.
Sartori razona que el pueblo tiene poder en la medida en que lo tiene sobre el mismo pueblo. Así que el pueblo es, en un doble movimiento, gobernante y gobernado. "Si no se vigila el trayecto, el Gobierno sobre el pueblo corre el riesgo de no tener nada que ver con el gobierno del pueblo", alerta.
Tempranamente, también, el ganador del premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales en 2005 distingue entre el realismo anglosajón y el idealismo francés. Advierte que el racionalista tiende a preguntar qué es la democracia, mientras que el empirista, instintivamente, tiende a preguntar cómo funciona.
Ahora bien, aunque el pragmático goza de una herencia histórica según la cual "quienes escribían la política hacían la política", el idealista es quien sigue dando sustento a la democracia. "No hay democracia sin ideales", sentencia el italiano. Y a renglón seguido advierte que así como el voto debe ser libre, las opiniones también. Por eso mismo, diagnosticará que el verdadero peligro que amenaza a una democracia que oficialmente ya no tiene enemigos no está en la competencia de contra-ideales, sino en el reclamo de una "verdadera democracia" que repudia la que hay.

Consensos y disensos

En la introducción, el editorialista del Corriere della Sera dice que cuando le preguntaron si era de izquierdas o de derechas contestó que él también querría saberlo. Más tarde, expone su tesis de que la izquierda es la política que apela a la ética y que rechaza la injusticia, por lo que tiene, de entrada, credenciales ganadoras sobre una derecha que ignora las virtudes y sólo se ocupa de sus asuntos. Como contrapartida, la derecha no apela a la moralidad, de modo que -a diferencia de su antagonista- no es pasible de una fractura moral.
A escala, para Sartori la democracia no sólo tiene problemas por déficit sino también por exceso. Concretamente, dedicará tres capítulos al abordaje del conflicto entre civilizaciones, a la vinculación entre el Islam y la democracia, y a la "exportabilidad" de este sistema y el cariz invasivo y amenazante que puede adquirir.
A renglón seguido, volverá a arremeter con las esencias de ese "gobierno del pueblo" que, para el autor de Elementos de teoría política (casi 400 páginas), ha hecho de Occidente una "civilización superior".
"La libertad política sirve para proteger al ciudadano de la opresión", dispara. Y su munición son Cicerón ("Somos siervos de la ley con el fin de poder ser libres"), John Locke ("Donde no hay ley, no hay libertad") y Jean-Jacques Rousseau ("Cuando la ley está sometida a los hombres no quedan más que esclavos y amos; es la certidumbre de la que estoy más seguro: la libertad siempre sigue la misma suerte que las leyes, reina y perece con ellas").
Después, muestra que no le gusta el multiculturalismo, porque lejos de promover la integración -como lo hace el pluralismo-, alienta una identidad separada de cada grupo, dando lugar a una sociedad de compartimentos estancos e incluso hostiles.

El preaviso

Según Sartori, está demostrado que una democracia sin un sistema de mercado es poco vital, mientras que una economía de mercado puede existir y hasta florecer sin democracia. Pero lo que realmente le disgusta es que el consumo acelerado y descontrolado atenta contra el medio ambiente y amenaza con arrasar la democracia liberal que el mismo mercado auspicia desde hace dos siglos.
Aunque este planteo es una lección en sí mismo, también es el prólogo de otro postulado doloroso: democracia y desarrollo no son sinónimos, ni parientes, ni pareja. Y el hombre del Viejo Continente asegura que la América latina del Nuevo Mundo es la lamentable confirmación de aquella certeza.
La democracia en 30 lecciones es una obra gratificantemente paradójica. En su centenar y medio de páginas, es una obra completa y cerrada. Pero al mismo tiempo, es abierta e inacabada, porque se prolonga en las reflexiones que motiva. Y en las inquietantes advertencias que formula.
"¿La democracia está en peligro?", se pregunta el pensador en el principio de la lección final. "Me temo que debo responder que, a largo plazo, sí".
              
© LA GACETA
Alvaro Aurane


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