Vargas Llosa contra la civilización del espectáculo

El escritor peruano advierte los riesgos de la consagración del entretenimiento como valor supremo y de la banalización de la cultura. "Cuando una cultura envía el ejercicio de pensar al desván de las cosas pasadas de moda, y sustituye las ideas por las imágenes, los productos culturales pasan a ser aceptados y rechazados por las técnicas publicitarias y las preferencias de un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y extorsiones de que es víctima", reflexiona. Por Irene Benito-Para LA GACETA - Madrid

El novelista  peruano objeta el ejercicio de un periodismo light, que sólo busca entretener y divertir. El novelista peruano objeta el ejercicio de un periodismo "light", que sólo busca entretener y divertir.
26 Julio 2009
Las palabras, de ordinario tan desorganizadas y rebeldes en el discurso oral, se comportan en la boca de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) como si fuesen partículas sumisas a los cosmos literarios y ensayísticos por él creados, fusiones inexorables de los textos leídos y los alumbrados. "La civilización del espectáculo -truena el novelista- se corresponde con un mundo cuya primera posición en la tabla de valores vigente está ocupada por el entretenimiento; donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal".  
El escritor tiene la responsabilidad de cerrar la asamblea anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), celebrada en octubre de 2008, en Madrid. El arequipeño (cuya altura, delgadez y fama imponen respeto y silencio) llena el encargo con un pregón crítico sobre esa natural propensión a pasarlo bien que, convertida en un valor supremo, origina consecuencias inesperadas. "La banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo específico de la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo", enumera.
El disertante se dirige a una platea de periodistas, editores, directores y empresarios de los medios de comunicación del hemisferio. En el ambiente pesan hondos y anchos interrogantes sobre el futuro de una prensa mundial acosada por la crisis, las nuevas tecnologías y los cambios de preferencias de los lectores. El autor de Pantaleón y las visitadoras (1973) cree que, en gran medida, la causa de ese estado de perplejidad obedece al imparable avance de eso que José Ortega y Gasset llamaba "el espíritu de nuestro tiempo": "un dios sabroso, regalón y superficial al que todos, sabiéndolo o no, rendimos pleitesía desde hace medio siglo. Y cada día más".

Una trampa
La democracia debía garantizar el acceso universal a la cultura mediante la educación, pero también la promoción y la subvención. En esa filosofía altruista y loable advierte Vargas Llosa la inoculación del indeseable efecto de la trivialización y el adocenamiento de la vida cultural: "donde cierto facilismo formal y la superficialidad de los contenidos se justifican en virtud del propósito cívico de llegar al mayor número. La cantidad a expensas de la calidad".
El posterior triunfo de la acepción del discurso antropológico ("la cultura comprende a todas las manifestaciones de una comunidad") ha conllevado la reducción del concepto a una manera divertida de pasar el rato.
Vargas Llosa matiza: "la cultura, desde luego, también es eso. Pero, si es sólo eso, se desnaturaliza y se deprecia. Todo lo que forma parte de ella se iguala -advierte- y se uniformiza al extremo de que una ópera de Wagner, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función de Cirque du Soleil se equivalen".
El ganador del premio Cervantes entiende que no es casual que la literatura más representativa de la época sea la "light", es decir, la leve y fácil. "Una literatura que, sin en el menor rubor, se propone, sobre todo y ante todo, entretener. Si en nuestras épocas no se emprenden aventuras literarias tan osadas como la de Joyce, Mann, Proust y Faulkner, es porque la cultura en la que vivimos no propicia, más bien desanima, los esfuerzos denodados que culminen en obras cuya lectura exija un esfuerzo intelectual casi tan intenso como el que las hizo posible", reprocha. Y sentencia: "los lectores quieren libros fácilmente asimilables. Y esa demanda se convierte en un poderoso incentivo para los creadores".

Desaparición de la crítica
También se queja de la desaparición de la crítica en los medios de comunicación. "No es casual", razona. Y añade con nostalgia: "es verdad que la prensa más seria todavía publica reseñas de libros, de conciertos y de obras de teatro. Pero, ¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden en esa selva en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días?" Vargas Llosa recuerda que la crítica desempeñó un papel central hasta hace poco: "asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que veían, oían y leían. Hoy es una voz en extinción a la que nadie hace caso salvo cuando se convierte también ella en diversión y espectáculo".
El vacío que han dejado los críticos está siendo llenado por la publicidad. El último ganador del Premio Internacional Don Quijote considera que ella es no sólo una parte constitutiva de la cultura, sino su vector determinante. Denuncia: "los anónimos creativos de las agencias son los mandarines de la época. Cuando una cultura envía el ejercicio de pensar al desván de las cosas pasadas de moda, y sustituye las ideas por las imágenes, los productos culturales pasan a ser aceptados y rechazados por las técnicas publicitarias y las preferencias de un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y extorsiones de que es víctima".
El arte, la literatura y el cine ligeros dan la impresión al espectador de ser cultos, revolucionarios, modernos y de estar a la vanguardia con el mínimo esfuerzo intelectual. Vargas Llosa entiende que, de ese modo, esta cultura, que se supone de avanzada, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

Derecho a una mirada cínica

"¿De qué manera ha influido el periodismo en la civilización del espectáculo? ¿Y esta en aquel? De entrada, la frontera que separaba el periodismo serio del escandoloso y amarillo ha perdido nitidez, hasta en muchos casos se evapora", observa el padre de La ciudad y los perros (1963). Según su opinión, una de las consecuencias de convertir el entretenimiento en valor supremo es el trastorno de las prioridades: las noticias pasan a ser importantes o secundarias no tanto por su significación económica y política, cultural y social, sino por su carácter novedoso, sorprendente, insólito, escandaloso y espectacular.
"Sin que se lo haya propuesto el periodismo de nuestros días, siguiendo el mandato imperante, busca entretener y divertir informando. Con el resultado inevitable de fomentar, gracias a esta sutil deformación de sus objetivos tradicionales, una prensa también ?light? que, cuando no tiene a mano informaciones de esta índole, ella misma las fabrica", brama Vargas Llosa. No existe manera más eficaz de entretener y divertir que alimentando las bajas pasiones de los mortales. Agrega: "al mismo tiempo que actúan así en respuesta a las exigencias de su público, los órganos de prensa, sin quererlo y sin saberlo, contribuyen mejor que nadie a consolidar esa civilización del espectáculo, que ha dado a la frivolidad la supremacía que antes tuvieron las ideas y las grandes realizaciones artísticas".
A modo de ilustración de la prensa que describe, Vargas Llosa cita el artículo titulado "No hay piedad para Ingrid y Clara", donde el escritor tucumano Tomás Eloy Martínez se sorprende del acoso y el amarillismo con el que los periodistas han informado sobre Ingrid Betancourt y Clara Rojas, ambas ex rehenes de la guerrilla colombiana. Escribe Martínez: "les preguntaron si habían sido violadas, si habían visto violar o, a Rojas, si había tratado de ahogar en un río al hijo que tuvo con un guerrillero. Este periodismo sigue esforzándose por convertir a las víctimas en piezas de un espectáculo que se presenta como información necesaria, pero cuya única función es saciar la curiosidad perversa de los consumidores del escándalo". Vargas Llosa admite la justicia de la protesta de su colega que, sin embargo, comete un error: "el de suponer que esa curiosidad es patrimonio de una minoría. No es verdad. Esa curiosidad carcome a las vastas mayorías que denominamos opinión pública".
El planteo discursivo llega a un cenit. Tras 45 minutos de devaneos y argumentaciones, el lector permanece sereno. No está ansioso por terminar. El público sí: en las miradas se adivina la urgencia del final. De un final feliz. Pero Vargas Llosa tiene otros planes: "la triste verdad es que ningún medio puede mantener una audiencia fiel si desobedece los rasgos distintivos de la cultura predominante en la sociedad y el tiempo en el que operan".
El peruano afirma que la prensa tiene la función de orientar y educar sobre lo justo o injusto, lo que es bello, lo que es falso, justo, injusto o execrable, en la vertiginosa actualidad donde la gente se siente confundida y extraviada. "Pero, para que ello ocurra, hay que tener un público. Y el medio que no comulgue en el altar del espectáculo corre el riesgo de perderlo y de dirigirse sólo a fantasmas". Por eso, su conclusión es pesimista: "no está en el poder del periodismo, por sí solo, el cambiar la civilización del espectáculo que ha contribuido a forjar. Esta es una realidad enraizada en nuestro tiempo, una manera de ser, de vivir y acaso también de morir del mundo que nos ha tocado". Y que, según Vargas Llosa, incluye el derecho de contemplar con cinismo y desdén todo lo que aburre, preocupa y recuerda que la vida no sólo es diversión sino también drama, dolor, misterio y frustración.
            
© LA GACETA

Irene Benito - Abogada, periodista, colaboradora de LA GACETA en España.

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