05 Julio 2009 Seguir en 

Si Juan Marsé no hubiese escrito Ultimas tardes con Teresa, los recuerdos de la Barcelona de posguerra habrían sido deglutidos. Sobre la costra de pobreza mediterránea que hubo, avanza una piel envolvente que, con exotismo pagado de sí mismo, se empeña en cubrir las rémoras de la dictadura y en poner distancia estética y lingüística con el resto de España. Pero la pluma castellana de Marsé (descatalogada en Argentina) evitó que los sueños de la sociedad derrotada por el franquismo sucumbiesen a la posterior caricatura gaudiniana.
La del ganador del Cervantes es una Barcelona con las heridas abiertas. Toda la esperanza parece insuficiente en la ciudad fragmentada y sumisa a los prejuicios y a la tradición del privilegio heredado. Donde, por tanto, todavía son creíbles los amores imposibles.
El modo de ser de ese tejido social anquilosado de mediados de la década de 1960 queda expuesto por medio de la relación sentimental que alimentan el Pijoaparte, un murciano consciente de la desgracia de su cuna, un "xarnego" (inmigrante de una región de habla no catalana), y Teresa Serrat, una hija de la burguesía que, sin embargo, se esfuerza por cultivar cierta sensibilidad revolucionaria. Para encontrarse y entenderse, los protagonistas de la historia crean una atmósfera susceptible de fundir las diferencias simbólicas y reales que los separan. Y que, sin embargo, vuelven a encontrar en sus respectivos barrios, el altivo San Gervasio y el decadente Carmelo, cada vez que la tarde se cierra sobre sí misma.
Dicen los españoles que la novela fue determinante en la configuración del romanticismo de los niños y adolescentes del franquismo. En 2009, Ultimas tardes con Teresa puede saber a un exceso de lugares comunes asociados con el Mayo Francés. Pero aún con ese "pero", el autor consigue narrar la comunión inocente de dos individuos aplastados por su contexto. Si la historia y la ficción están repletas de relaciones traumáticas y frustradas, el clima opresivo y la censura subliminal descritos por Marsé ofrecen una explicación plausible para la trascendencia de la anécdota. © LA GACETA
La del ganador del Cervantes es una Barcelona con las heridas abiertas. Toda la esperanza parece insuficiente en la ciudad fragmentada y sumisa a los prejuicios y a la tradición del privilegio heredado. Donde, por tanto, todavía son creíbles los amores imposibles.
El modo de ser de ese tejido social anquilosado de mediados de la década de 1960 queda expuesto por medio de la relación sentimental que alimentan el Pijoaparte, un murciano consciente de la desgracia de su cuna, un "xarnego" (inmigrante de una región de habla no catalana), y Teresa Serrat, una hija de la burguesía que, sin embargo, se esfuerza por cultivar cierta sensibilidad revolucionaria. Para encontrarse y entenderse, los protagonistas de la historia crean una atmósfera susceptible de fundir las diferencias simbólicas y reales que los separan. Y que, sin embargo, vuelven a encontrar en sus respectivos barrios, el altivo San Gervasio y el decadente Carmelo, cada vez que la tarde se cierra sobre sí misma.
Dicen los españoles que la novela fue determinante en la configuración del romanticismo de los niños y adolescentes del franquismo. En 2009, Ultimas tardes con Teresa puede saber a un exceso de lugares comunes asociados con el Mayo Francés. Pero aún con ese "pero", el autor consigue narrar la comunión inocente de dos individuos aplastados por su contexto. Si la historia y la ficción están repletas de relaciones traumáticas y frustradas, el clima opresivo y la censura subliminal descritos por Marsé ofrecen una explicación plausible para la trascendencia de la anécdota. © LA GACETA







