CREADORA DE PERSONAJES CONVINCENTES. Mason imprime en la trama una buena cuota de suspenso.
14 Junio 2009 Seguir en 

¿Cómo escribiría Jane Austen en este siglo, después de la revolución sexual y del movimiento de liberación feminista? Lejos de la fuerza sugerente de la autora inglesa, o de su capacidad para crear atmósferas cautivantes, Carol Mason es capaz, sin embargo, de moldear personajes convincentes y una trama con enredos verbales, y de -particularmente hacia el final del relato- imprimir una buena cuota de suspenso.
Si uno se dejara llevar por la portada o por los escasos y dudosos antecedentes literarios de la autora ("de niña la coronaron Princesa Nacional de la Sonrisa en su país y, desde entonces, ha sido modelo, diplomática, camarera?") pensaría que se trata de un libro de evasión, de esos que la crítica anglófona popularmente clasifica como chic lit, término derivado de la influencia hispánica en los Estados Unidos, para denotar una literatura producida y consumida por "las chicas". Sin embargo, prejuicios aparte, a medida que uno avanza en la lectura los personajes femeninos van revelando aristas psicológicas interesantes, de un patetismo que roza lo trágico. Sin duda, hay una seria discrepancia entre la presentación de la editorial y sus estrategias de venta, y la naturaleza y el tono del texto.
El escenario es Newcastle, ciudad portuaria erigida junto a la desembocadura del río Tyne, antigua zona minera del nordeste de Inglaterra (el más reciente cine neorrealista inglés retrata su inercia posindustrial). Los personajes pertenecen, en su mayoría, a la clase trabajadora: tres amigas que bordean los 35 años comparten sus secretos más recónditos sin retaceos. No hay vestigios que queden sin revelar: el amor, los deseos y fantasías, la maternidad, el miedo a envejecer.
Entre ellas, Jill, la protagonista, sufre la indiferencia física de su marido, Rob, a quien le diagnosticaron esterilidad. Socavada su autoestima, y motivada por una profunda insatisfacción, mantiene una relación extramarital por única vez. Una de sus amigas, "saldando cuentas", la delata. Las consecuencias son devastadoras.?
Lamentablemente, la autora desaprovecha la oportunidad de ahondar más reflexivamente en la infidelidad como una reacción al desvaciamiento de sentido en las prácticas y en los valores conyugales. El acento está puesto en la tácita condena social, comenzando por la del marido, y en la peor de todas, la condena auto infligida. A pesar de la aparente liberalidad para relatar explícitamente episodios de intimidad, el tabú sigue tan vigente como en los tiempos que retrataba Jane Austen, cuando la narración no se aventuraba más que a un casto beso.
La reconocida escritora y crítica literaria Márgara Averbach tradujo con corrección a un castellano coloquial. Aunque recurre a argentinismos, evita nuestro voceo.?
© LA GACETA
Si uno se dejara llevar por la portada o por los escasos y dudosos antecedentes literarios de la autora ("de niña la coronaron Princesa Nacional de la Sonrisa en su país y, desde entonces, ha sido modelo, diplomática, camarera?") pensaría que se trata de un libro de evasión, de esos que la crítica anglófona popularmente clasifica como chic lit, término derivado de la influencia hispánica en los Estados Unidos, para denotar una literatura producida y consumida por "las chicas". Sin embargo, prejuicios aparte, a medida que uno avanza en la lectura los personajes femeninos van revelando aristas psicológicas interesantes, de un patetismo que roza lo trágico. Sin duda, hay una seria discrepancia entre la presentación de la editorial y sus estrategias de venta, y la naturaleza y el tono del texto.
El escenario es Newcastle, ciudad portuaria erigida junto a la desembocadura del río Tyne, antigua zona minera del nordeste de Inglaterra (el más reciente cine neorrealista inglés retrata su inercia posindustrial). Los personajes pertenecen, en su mayoría, a la clase trabajadora: tres amigas que bordean los 35 años comparten sus secretos más recónditos sin retaceos. No hay vestigios que queden sin revelar: el amor, los deseos y fantasías, la maternidad, el miedo a envejecer.
Entre ellas, Jill, la protagonista, sufre la indiferencia física de su marido, Rob, a quien le diagnosticaron esterilidad. Socavada su autoestima, y motivada por una profunda insatisfacción, mantiene una relación extramarital por única vez. Una de sus amigas, "saldando cuentas", la delata. Las consecuencias son devastadoras.?
Lamentablemente, la autora desaprovecha la oportunidad de ahondar más reflexivamente en la infidelidad como una reacción al desvaciamiento de sentido en las prácticas y en los valores conyugales. El acento está puesto en la tácita condena social, comenzando por la del marido, y en la peor de todas, la condena auto infligida. A pesar de la aparente liberalidad para relatar explícitamente episodios de intimidad, el tabú sigue tan vigente como en los tiempos que retrataba Jane Austen, cuando la narración no se aventuraba más que a un casto beso.
La reconocida escritora y crítica literaria Márgara Averbach tradujo con corrección a un castellano coloquial. Aunque recurre a argentinismos, evita nuestro voceo.?
© LA GACETA







