Los avances operados en el libro digital

13 Marzo 2009

En la actualidad, es posible leer libros de una manera absolutamente distinta de la tradicional. Hablamos de los denominados e-books, que permiten descargar obras en formato digital y reproducirlas en la pantalla de una computadora. Una de nuestras recientes notas se explaya sobre las características de tan fascinante recurso.
Hace apenas una década el sistema de los libros digitales se lanzó al mercado. Pero ya se sabe que los tiempos de la tecnología están dotados de una fantástica capacidad de aceleración. Nuestra nota consigna algunas de las mejoras recientes. Por ejemplo, ya se ofrece una lista de 240.000 títulos descargables, a la cual puede accederse desde teléfonos multifunción o de reproductores digitales. Existen aparatos que pueden almacenar más de 1.500 libros. De más está decir que las novedades del proceso sólo han empezado a despuntar. Es por demás previsible que en muy poco tiempo más las ventajas actuales crezcan en forma exponencial.
Sin duda se trata, una vez más, de prodigios del mundo contemporáneo que hacen palidecer las elucubraciones de la más imaginativa literatura de ciencia ficción. Bien está que operen también en el terreno de ese maravilloso instrumento de cultura que es el libro. Pero cabe preguntarse si los e-books, más allá de la facilidad y de la comodidad que encarnan, servirán realmente para aumentar el número de personas que se acerquen al libro. Es decir, si el número de lectores en soporte electrónico superará al de los que hasta ahora daban vuelta páginas impresas en papel. Tal es el tema que sería interesante plantear frente a estas asombrosas victorias de la ciencia y de la tecnología.
Hay elementos para dar respuesta positiva al interrogante. El hecho de simplificar el proceso actual (que va desde la elección del libro en una librería o en una biblioteca, hasta su efectiva lectura) es previsible que facilitará sobremanera el contacto del lector con el texto en cuestión.
Pero hay que tener en cuenta, al mismo tiempo, que en la instalación del gusto por leer operan varios otros elementos, que van mucho más allá de la facilidad de acceso.
Antes de que aparecieran los "e-books", para obtener un libro contábamos con facilidades que nuestros abuelos no tuvieron. Puede decirse que muchos libros son caros; pero es verdad que los usados se venden a precios muy bajos, y que existen bibliotecas públicas cuyos anaqueles repletos nadie consulta.
Las cifras de lectores en la Argentina son bajísimas. Una encuesta de Gallup para el diario "La Nación", en la Feria del Libro de 2008, mostró que más de la mitad de la población -el 58 %- no había leído ningún libro en el año anterior. El resultado era similar al de la medición de 1999.
En suma, junto al regocijo -tan justificado- que deben suscitarnos los e-books, se debiera multiplicar el esfuerzo, en hogares y en escuelas, para que las personas experimenten la necesidad de leer: para que sientan que esas páginas tienen algo para ellos. Macaulay decía que ninguna turbulencia del mundo podía cortar la relación que el alma entabla con los grandes ingenios a través del libro. Relación siempre grata, porque en ella "Platón no es desapacible nunca, ni Cervantes insolente, ni Demóstenes inoportuno, ni Dante molesto, ni hay divergencia política que nos pueda enojar con Marco Tulio, ni herejía que haga odioso a Bossuet".
Mientras no logremos que haya más lectores, poca diferencia habrá entre el presente de los e-books y la época del libro de papel. Acaso convenga pensar en ese tema.

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