Malas palabras

El gobernador profetiza que la sociedad no quiere hablar de política, pero sólo el diálogo enriquecerá al sistema. Por Fernando Stanich -Redacción de LA GACETA.

07 Marzo 2009

Un boca sucia. Los niños groseros suelen irritar a terceros y sonrojar a sus padres. Es que la cultura nos enseña desde chicos que las malas palabras avergüenzan. Y uno se convence: el diccionario de malas palabras ya no cabe en un bolso; el problema es que la sociedad misma es la que ensucia cada vez más palabras.
¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Cuando uno las utiliza, tiene actitudes reñidas con la moral? Sin ponerse colorado, el gobernador, José Alperovich, dijo antes de que terminara la semana que "frente a la crisis que viven el mundo, el país y Tucumán, es una afrenta hablar de política". Y hasta profetizó que "eso no les interesa a los tucumanos". ¿Qué debe interpretarse de sus dichos? ¿Cuándo, sino en un contexto tan delicado como el actual, será entonces propicio discutir de política?
El problema es la cultura de la mala palabra. Cual destripador del español, la clase dirigente fue convirtiendo en obsceno todo debate político. El oficialismo lo esconde; la oposición no lo busca. Para la sociedad es un insulto. ¿Será? Quizá haga falta más diálogo frontal y menos gritos. Menos insultos.

En el lenguaje oficial
Al parecer, las malas palabras se fueron institucionalizando. Y hasta treparon al lenguaje oficial. "Hablar de política hoy es estar en contra de lo que piensa la sociedad", insistió el mandatario provincial cuatro días después de haber recibido en su despacho al legislador Fernando Juri Debo.
"José quiere hablar con vos", le había dicho el domingo el vicegobernador, Juan Manzur, al primo del ex vicegobernador Fernando Juri. A la ronda de café del lunes se sumaron el propio Manzur, casi de manera testimonial, y el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo. También hubo otros interlocutores de primera línea. No hablaron de obscenidades, pero sí a calzón quitado. Hubo, es cierto, algunos improperios. Pero no pasó de ahí. "O están todos conmigo o están en contra mío". Palabras más, palabras menos, Alperovich tanteó a uno de los legisladores que más desconfianza le genera. Y quizás, por una cuestión de sangre, se atrevió a preguntarle por su primo.
¿Para qué citó el gobernador a un legislador con el que no simpatiza en lo más mínimo? Si no era para hablar de política, ¿qué sentido tenía la reunión? ¿Por qué, puertas adentro, sí es oportuno discutir estrategias y postulaciones? ¿Será porque está tan sucio el término "político" que avergüenza usarlo en público? Pareciera que las malas palabras, pronunciadas en cualquier lugar y delante de cualquiera, no valen. Salvo que sea en privado.
Aunque no se sincere, Alperovich está preocupado por octubre. No da un paso sin antes pensar en ese domingo de elecciones. "Imagínese a las personas que tienen miedo de perder el empleo, ¿qué le puede interesar quién será candidato?", añadió 96 horas después de haber consultado "con quién andaba Fernando".
En realidad, esa parece ser su única preocupación. Cualquier otro referente de la oposición le resulta más simpático que el cada vez más solitario ex vicegobernador. Alperovich no habla de candidaturas; es cierto lo que dijo en público. Pero porque diseñará sus listas en función de sus adversarios y de las circunstancias. El peronismo es pura estructura, por eso alambró el interior y duda de la conveniencia de secundar a su esposa con Gerónimo Vargas Aignasse. No quiere que algunos compañeros trabajen a desgano.
Por ahora, espera señales. La primera la dio Stella Maris Córdoba, que hizo un acto sólo para que no se olviden de ella. "Cacareó al vicio", graficó un colaborador del gobernador que, a decir verdad, sí utilizó una mala palabra al finalizar la oración. "Si Kirchner se lo pide, José no se va a hacer...", insistió el mismo boca sucia. Está claro que sólo bastará un llamado para que la actual diputada secunde a Beatriz Rojkés de Alperovich en el Senado o acompañe a ¿Osvaldo Jaldo? en la lista de diputados.

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Por una amnistía
Por el resto, Alperovich no se perturba. Es tan escuálido el papel de la oposición que desde Casa de Gobierno observan a sus dirigentes como quien mira por la ventana para ver a quién está ladrando el perro. Tanta insignificancia tampoco lo incentiva para hablar de política. Si hasta dejó pasar "la" oportunidad que, por excelencia, le brinda la democracia: fue a la Legislatura como quien va al centro sólo para cumplir con un trámite.
Al final, quizás haya que pedir una amnistía para algunas malas palabras y vivir una navidad sin que la política signifique una obscenidad, tal como lo hizo el "Negro" Fontanarrosa durante el Congreso de la Lengua de 2004. Hoy, más que ayer, la sociedad necesita discutir de política. Necesita dejar de sentirse con la boca sucia.

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