La tecnología y su incidencia en la salud

06 Marzo 2009
Llenaría muchas páginas la sola enumeración de los elementos que la moderna tecnología ha aportado, no solamente a la ciencia sino a la cotidiana circunstancia de nuestras vidas, con miras a facilitar una vastísima gama de las actividades de la persona común. De esa manera también, y como era lógico, se han ido modificando múltiples aspectos de nuestra personalidad. Son evidentes las enormes diferencias entre quienes llegaron a adultos antes de que existieran las computadoras y los teléfonos celulares, por ejemplo, y los que nacieron bajo el reinado de tales maravillas. Estos últimos ya no conciben el mundo sin actividades como, digamos, el "chat" o los mensajes de texto. Y es sabido que también los de la anterior generación debieron cambiar, al percibir que esos adelantos resultaban necesarios para desenvolverse en un mundo donde ya nadie puede obviarlos, ni en el trabajo ni en la existencia diaria.
No es este el lugar para abundar en consideraciones sobre la referida -y tan amplia- problemática, que ha sido analizada estos últimos años por libros de sesudos ensayistas. Pero interesa marcar algunas advertencias formuladas de tanto en tanto por especialistas y que valdría la pena tener en cuenta. No para renunciar a los adelantos, sino para adoptar algunas precauciones respecto de ellos.
La jefa del Servicio de Oftalmología de un hospital porteño expresó, como informamos días pasados, que la institución recibe numerosas consultas de padres preocupados por el enrojecimiento que experimentan los ojos de sus hijos después de haber pasado varias horas con la vista fija en la pantalla de la computadora o del televisor. Al respecto, marcó como prudentes algunos recaudos que en nuestra nota consignamos, y a los que sería adecuado dedicarles atención. Obvio es ponderar la mayúscula importancia que rodea todo lo que esté relacionado con la visión y la consiguiente necesidad de aplicar la máxima atención al asunto. Inclusive, la profesional aconsejaba efectuar los debidos controles desde muy temprana edad.
Otro tema sobre el cual, en el ámbito de la salud de los menores, merece instalarse una alerta, está vinculado con la música. Es por todos conocido que a la juventud no solamente le gusta escuchar música, sino que quiere hacerlo al más alto volumen posible. Así lo practica en su casa, y ello también constituye la norma en todos los lugares nocturnos adonde concurre a bailar. De esa manera, durante varias horas, los jóvenes están expuestos a sonidos que se propalan con formidable intensidad. En numerosas ocasiones, los médicos han advertido acerca de las consecuencias dañosas que esa costumbre contemporánea puede suscitar en la audición. No puede beneficiar para nada, a algo tan delicado como el oído, el constante impacto de sonidos tan altos y durante un tiempo tan prolongado. No se trata, por supuesto, de sugerir leyes que obliguen a una drástica reducción de los volúmenes musicales. Pero es evidente que los especialistas pueden proponer algunas precauciones que sería juicioso observar, a fin de ponerse a salvo de males mayores.
En suma, junto con las formidables ventajas de las novedades están escondidos ciertos riesgos que pueden derivar de su utilización sin recaudos protectivos. Bueno sería que los expertos en esos temas difundieran, en forma masiva, los miramientos razonables en temas que aquí tocamos de modo superficial. Y que pongan así al público usuario, especialmente el juvenil, a salvo de desagradables sorpresas que podrían aparecer con el tiempo. Más vale prevenir las traiciones de la salud, y no tener que lidiar con ellas cuando se han tornado irreversibles.

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