Con frecuencia, la Argentina suele jactarse de la cantidad y calidad de los pensadores y literatos que actuaron en las épocas de formación de nuestra República, como también de la influencia que sus ideas ejercieron en el continente, o del prestigio que ellas alcanzaron. Sobran los ejemplos para sustentar esa afirmación.
Pero resulta curioso, al mismo tiempo, que quienes deseen interiorizarse acerca de la obra escrita de estos hombres, encuentren que llegar a sus libros constituye una empresa bastante complicada. Hay consenso unánime respecto de su valor y de su importancia, pero los “clásicos” pensadores argentinos no se reeditan, en forma integral, desde hace muchos años. Solamente algunos de sus libros (por lo general, los que se piden en los colegios) se imprimen cada tanto. Para consultar los demás, es necesario acudir a las bibliotecas públicas, como únicos centros que conservan -y no en todos los casos- ediciones convertidas ya en auténticas rarezas bibliográficas.
En décadas anteriores de los dos siglos que antecedieron al actual, el Congreso de la Nación sancionó leyes que dispusieron la publicación íntegra de obras de nuestros clásicos, en ediciones de gran tirada. Pero ya hace mucho que ha dejado de practicar tan saludable costumbre. Así, el regreso a libros de esa índole ha quedado librado a la buena voluntad de los editores comerciales, que por cierto no los imprimen porque no avizoran posibilidades de beneficios que compensen su inversión.
Estamos, entonces, frente a la paradoja de que leer a los pensadores básicos se ha hecho difícil. Pocas personas -dejando a salvo los investigadores y estudiosos- tienen disposición para trasladarse a nuestras escasas e incómodas bibliotecas públicas y acceder a ese tipo de lectura. Habría que hacer una excepción con Sarmiento, cuyas obras completas editó hace pocos años la Universidad de Quilmes; pero Alberdi, Nicolás Avellaneda, Juan María Gutiérrez, José Manuel Estrada y tantos otros, se han transformado en autores a quienes resulta arduo consultar.
Es una gran falla de nuestro sistema cultural, nos parece. Las obras de los pensadores a quienes consideramos cimiento de nuestra cultura y de nuestra organización política, debieran estar siempre al alcance de todos. El país tendría que poseer un fondo editorial permanente de estas obras, e irlas reeditando a medida que se agoten, tal como es común en otras latitudes. El Estado nacional bien podría dedicar a un emprendimiento como este, recursos presupuestarios que serían insignificantes comparados con los que destina a otros gastos de mucha menor trascendencia. Pensamos, por ejemplo, que podría dotarse de fondos con esa específica finalidad a las universidades, distribuyendo entre ellas la tarea respectiva. Y si cada edición pudiera ser complementada, en las casas de estudio, con análisis de especialistas que valoren cada texto y le añadan las anotaciones convenientes, sin duda se habría realizado una obra concreta y perdurable de afirmación de la conciencia cultural del país.
Nos parece que el Congreso de la Nación tiene que volver a incluir entre sus preocupaciones el rubro al que nos referimos. Y lo mismo cabe decir de colecciones de correspondencia de próceres. Nunca se terminó de editar el archivo de Juan Facundo Quiroga, y existe una impresionante masa de escritos inéditos de Juan Bautista Alberdi, por ejemplo. Debemos abocarnos a la tarea de pagar, siquiera en forma de imprimir y difundir lo que escribieron, la deuda que guardamos con nuestros grandes hombres.
04 Marzo 2009 Seguir en 







