Un romance nacido lejos, entre cámaras y telones
Cupido los flechó entrelazando formatos de las artes escénicas. El cineasta Víctor Martínez y la teatrista Noé Andrade comenzaron a vivir una historia de fábula en otra provincia, hace ocho años.
“Yo estaba trabajando como preparadora física y coreógrafa en la Comedia Municipal de Catamarca, en 2001, y me llamó la atención como los actores del grupo y la ciudad entera estaban revolucionados por una gran movida de cine con rodajes, castings y convocatorias que se estaba realizando bajo las directivas de Víctor. El recién llegaba de Buenos Aires. Nos conocimos y comenzamos a trabajar juntos. Luego Víctor me convocó para realizar la adaptación del guión y la ambientación en esa ciudad de la obra ‘Detrás del vidrio’, del dramaturgo tucumano Pablo Gigena. Así empezamos a trabajar juntos y a conocernos mejor; después de muchas vueltas, nos enamoramos”, dice Andrade con la alegría dibujada en el rostro.
El largo noviazgo se consolidó con el correr del tiempo. “Estamos de novios hace mas de seis años y no paramos de producir hasta hoy. Nuestro amor se fortalece cada vez más y puedo concluir en que el teatro y el cine, o el cine y el teatro, van de la mano en nuestras producciones”, señala Andrade.
Si algo ha demostrado este dúo es que incluso el amor a distancia es posible cuando los sueños y el arte corren de por medio.
“Durante dos años, desde 2003, mantuvimos una relación a distancia porque Víctor vivía en Catamarca. El venía todos los fines de semana para el rodaje de un programa de humor bizarro llamado ‘Tucumanes’, que grabábamos en los alrededores de la sala La Gloriosa (que ella y Gigena administran). Durante todo ese tiempo buscábamos la manera de poder vivir juntos, hasta que finalmente se dio. Ya pasaron cuatro años. Uno de nuestros sueños es poder vivir viajando, conocer el mundo y compartir nuestro arte”, agrega ella.
De la apatía a una vida llena de cosas compartidas
Los 18 años de vida conyugal que llevan Fabián Bonilla y Carolina Romero son consecuencia de una previa antipatía académica y de un posterior romance teatral. “Nos conocíamos de la Facultad. Eramos compañeros y nos veíamos todos los días, pero no había ni media onda, no nos movíamos ni un pelo, cada uno en su propia historia. Sin embargo cuando egresamos nos reconocimos, nos descubrimos, y la verdad... ¡estaba buenísimo! Fue un encuentro arrasador, fabuloso y encantador. Y entonces así, poco a poco, lento pero seguro, nos fuimos enamorando, hasta que, sin darnos cuenta, ya vivíamos juntos. De esto ya van 18 años, dos hijos (Bruno y Leandro), una la familia y el querer seguir en el amor”, explica con particular entusiasmo la teatrista.
Respecto del matrimonio y del trabajo que los vincula, Romero advierte ciertas dificultades pero asegura que las elude constantemente con sólo disfrutar el día a día. “Para nosotros es muy placentero, alentador, y hasta cómodo el hecho de poder compartir nuestros parámetros laborales y profesionales. Es frecuente escuchar lo difícil que resulta estar casado con un teatrista, pero en nuestro caso se nos potencia el deleite por la profesión. En un período decidimos no actuar juntos, ya lo habíamos hecho y todo bien, pero necesitábamos espacios personales. Y ahora, desde hace unos años, volvimos a compartir escenario, y lo hacemos frecuentemente; no lo buscamos, pero cuando se da, se da”, aseguró.
Bonilla y Romero no solo comparten el desafío de las obras eventuales que suelen disfrutar sobre el escenario, sino que también los une la rutina inevitable de la experiencia marital. “Es muy placentero tener la posibilidad de compartir con tu pareja tantas cosas: libros, críticas, cine, opiniones, ensayos, discusiones, amigos, y todo lo que a actuación se refiera. Es un juego divertido que cotidianamente nos enamora”, aseguró ella.

El caso de la alumna que se enamoró del profesor
La historia de amor entre Rolo Andrada y su pareja es una ficción hecha realidad: la de la alumna abnegada que se enamora del profesor.
Corría el año 87 y la profesora de Letras Inés Mangussi decidió, por fin, tomar clases de teatro. “Hacía mucho tiempo que ofrecía talleres de teatro. Yo estaba casado pero a punto de divorciarme. Inés se inscribió como una alumna más”, recuerda Andrada sin hacer demasiado esfuerzo.
“¿Cómo me conquistó? Con sus palabras. Conversábamos mucho a la salida de las clases. A veces eran charlas de dos o tres horas, me terminaba durmiendo tardísimo. En ese entonces yo tenía 29 años y trabajaba en el Huerto, llegué desvelada varias veces”, explica ella.
Pero la situación indefinida del profesor, que estaba casado, no permitía ni siquiera pensar en una relación. Después llegó el divorcio y la conversaciones “a la salida” iban tornándose más interesantes. “Yo esperaba cada vez más ansiosa esas charlas con Rolo, hasta que nos pusimos de novios”, dice Inés, quien también es periodista de Radio Universidad.
La decisión de formar una pareja con Andrada implicaba un giro importante en la vida de Inés. “Fue una decisión de vida, al punto de renunciar al colegio porque en ese momento no iba a ser bien visto que una profesora saliera con un hombre divorciado. Nunca me dijeron nada, pero prefería evitar cualquier situación incómoda”, cuenta.
“Nos casamos en el 89 y ya habíamos compartido varias obras. Después de casados seguimos actuando juntos, a veces me tocó dirigirla y hasta hicimos obras que ella escribió; lo importante es que tenemos la capacidad de abstraernos de que somos pareja y los dos nos sentimos muy cómodos, al margen de ser muy críticos del trabajo del otro”, señala él, contento con su historia de vida.

Una escena caliente y una actriz decidida y frontal
Manuel Garavat estaba detrás de bambalinas junto a Olga Vides esperando para salir a escena. Ambos tenían los papeles protagónicos como la pareja central de la obra. Trabajaban en la primera temporada de “Esta noche se improvisa”, dirigida por Leonardo Gavriloff.
“No habíamos tenido tiempo de ensayar una escena que nos resultaba complicada porque yo tenía que pegarle, era una parte entre violenta y sexual”, contó el actor. El trataba de tranquilizarla diciéndole que todo iba a salir bien. “Y ahí empezó todo; ella me encaró (yo nunca encaré a una mujer), y a los pocos días formalizamos y después nos fuimos a vivir juntos”, contó.
Su relación duró alrededor de tres años y medio, durante los cuales trabajaron juntos en varias oportunidades. “Es muy lindo estar todo el día con quien más querés haciendo lo que más querés -agregó-. Además, llegás a compartir miles de anécdotas que después podés recordar permanentemente. Por ejemplo, en una obra yo tenía que dar pie con una frase a los 15 minutos de salir a escena, me confundí y eso me valió sus burlas durante años y años”, relató el actor.
“La diferencia de trabajar con tu pareja es, según mi experiencia, que con ella te podés pelear más; si otro compañero llega tarde o se olvidó la letra uno a lo sumo dice ‘che, nos pongamos las pilas’. Pero cuando es tu pareja hay más confianza y los reclamos son mucho más frontales”, explicó Garavat.
Hace dos años que Manuel no está en pareja con Olga pero a pesar de ello cuenta que trabajaron juntos después de separarse y pudieron hacerlo sin ningún problema. “Lo importante es que nunca perdimos la buena onda; además, ahí entra en juego el profesionalismo de cada uno, el oficio de actor lo tiene que encontrar a uno preparado para cualquier tipo de situación”, asegura Garavat.
“Nuestra historia fue un gol de media cancha”
La actriz Gloria Berbuc vive con el recuerdo de una historia en la que se mezclan la osadía de una mujer y la perseverancia de un hombre, la coincidencia en una obra, la militancia política, las distancias y, por supuesto, aquella pisca de amor sin la que la aventura no hubiese sido posible. A 12 años de la muerte de su esposo, el recordado Larry Janzon, Berbuc asegura que su ausencia se convierte con el correr de los años en una fuerte presencia. “Sé que fue el amor de mi vida y yo el de la suya”, dice.
La pareja se conoció en Buenos Aires en 1984. Militaban en el mismo partido político y pertenecían al gremio de actores. Ella era bonaerense; él, tucumano. “Exigíamos un aumento para los actores y un día me lo presentaron y coincidimos una noche en ir al teatro con un grupo de amigos. Me sorprendí cuando él me dijo ‘sentate acá’, y me ofreció una silla. después tomamos un café y nos volvimos los dos solos. Al otro día les dije a mis amigas que había conocido un tucumano muy lindo”, dice entre risas la actriz que encarnó a “Doña Rosita, la soltera”.
La historia podría haber terminado ahí, pero la insistencia de Janzon fue decisiva. “Me llamó por teléfono desde Tucumán un mes después y me dijo que iría a visitarme. Los tres días que pasamos juntos fueron suficientes para entender lo que pasaba. El único problema era la distancia. Cuando decidí ir a vivir con él, mis amigas creían que estaba loca y yo les decía que no se preocuparan, que si no funcionaba sería como conocer el norte y volver”, cuenta.
Sin embargo jamás existió tal regreso. La pareja contrajo matrimonio y tiempo después nació su hijo Eliseo, también actor, con quien ella compartió cartel en la obra “El chico de la última fila”.
“Sigo creyendo en el amor a pesar de su ausencia, y siempre le recordé que nuestra historia era un gol de media cancha”, dice.
Un amor de infancia que supo esperar su momento
Los artistas Pablo Parolo y Soledad Valenzuela comparten dos pasiones: el teatro y el amor. Las dos se complementan y no serían nada la una sin la otra. La pareja se conoció en las tablas cuando él era un joven actor y ella una aprendiz preadolescente. Parolo prefiere trasladar el romántico encuentro unos años más adelante. “Nos conocimos en la ‘Opera de Malandra’, en el teatro Estable, hace 13 años. Nos llamaron para un casting y bueno... ahí nos empezamos a conocer. Yo sólo la conocía de vista. Creo que en ese momento empezamos a enamorarnos porque se notaba que había onda en los ensayos. Nos enganchamos mucho en el trabajo y luego en nuestras vidas privadas”, dice.
El actor y director evoca estos recuerdos con la gracia de quien todavía cree en el amor. “Está buena y piola esta cuestión afectiva, y más aun si trabajamos en teatro”, añadió. Su esposa recuerda aquellos tiempos con absoluta claridad y asegura que el flechazo se produjo cuando ella aun era una niña. “Fue algo mágico conocernos en el teatro. Somos muy felices con lo que hacemos, así que es doblemente mágico porque trabajo con quien amo en un lugar que amo. Primero nos conocimos en ‘Nuestro Teatro’; él tenía 20 años y estaba en el taller de los adultos, y yo tenía 12 cuando empecé en el taller de los niños. El azar hizo que nos reencontráramos de nuevo 10 años después en el casting de ‘Malandra’. El me preguntó si yo era aquella nena. ‘¿Vos sos Soledad?, ¿Cuantos años tenés?’, me dijo. Cuando le respondí que tenía 22, la situación se tornó muy graciosa porque él no podía creerlo”, cuenta entre risas la actriz de ‘Doña Rosita, la soltera’, obra que co-dirigió Parolo. “No creo que hubiera funcionado si no hubiésemos sido actores ambos, porque la vida teatral implica mucho sacrificio”, agrega.
La pareja tiene dos hijos, Juan Pablo y Joaquín.








