“El cine y el teatro tienen su propio lenguaje, podés ver las cosas por separado y entenderlas, pero cuando las ves juntas, se vuelve algo espectacular”, explica Víctor Martínez, realizador audiovisual, director de fotografía y miembro del grupo La Vorágine, junto a Noé Andrade.
Desde hace años, el grupo se ha caracterizado por incorporar a la dramaturgia el lenguaje cinematográfico, y no es que otros grupos de esta ciudad no lo hayan realizado (por ejemplo El Tajo, de Nicolás Aráoz o Brillovox, de Maximiliano Farber); el tema es que este cruce de géneros distintos se ha convertido en una marca registrada en la sala La Gloriosa.
El cruce apuntado no va en un solo sentido. “Al principio fue un montaje paralelo; parte de la obra se desarrollaba en escena, y otra, se desarrollaba en pantalla. Y había raccord, continuidad, entre lo que sucedía en la pantalla y en escena. Después realizamos interrelaciones con la pantalla. La pantalla habla con el actor, y el actor habla con la pantalla. Y no sólo en el discurso, sino también en lo coreográfico”, describe el proceso Martínez. La interrelación con la pantalla -advierten los realizadores- fue bastante difícil, “porque en ninguno de los ensayos se practicaba con los videos. Sólo cuando lo presentamos, ya que sale muy caro alquilar la pantalla para cada ensayo. Y así fue avanzando la experiencia; actualmente lo estamos usando como relleno, de ambientación. Funcionales, más simbólicas, pero vamos experimentando para ver qué sale”.
La recurrencia a unas y otras técnicas se pueden advertir en obras como “Detrás del vidrio” y “Calígula super star”, entre otras.
Los realizadores destacan que la armonía de la que gozan sus obras actualmente, no fue fácil de conseguir. “Uno de los problemas más grandes que tuvimos al comienzo fue que el texto visual, es decir el video, no tape la obra, es común que cuando hay un video, la atención de la gente vaya para ahí. Entonces hay que aprender a dominar el equilibrio de la imagen, de no minimizar la obra y dosificar los pesos”.
“Sucede que uno, como cineasta, pretende que al ver cine se vea bien. En una pantalla, cómodo, que esté todo bien. Pero en el teatro me tuve que desprender de esa concepción que te inculcaron siempre y de repente tenés que proyectar una imagen que te ha costado mucho, con un agujero en el ladrillo, o que la pantalla esté flameando. Entonces ahora, cuando una crea imágenes te vas proyectando donde la van a pasar, y la creás para ese lugar”, explicó el realizador. La idea comenzó en 2001, cuando Noé Andrade, una de las directoras de La Vorágine, estaba en Catamarca y escuchó hablar del realizador.
“Hablaban de casting, hablaban de cine y me entero de que había una tremenda movida de cine, y me doy con él, con un equipo que estaba revolucionando Catamarca. Por ahí llegamos a contactarnos”, recuerda Andrade. Por medio de un anuncio que Martínez dejó en el diario, invitando a presentar guiones para realizar cortos, el dúo se puso a trabajar.







