Un cuento con moraleja
"Bolt: un perro fuera de serie". Bolt es un perro estrella de la televisión, que en la pantalla es capaz de realizar las más increíbles hazañas. El problema es que el can no sabe que sus superpoderes sólo existen en la ficción. Por un accidente, Bolt es transportado desde Hollywood a Nueva York. El largo regreso a casa le enseñará a vivir como un cachorro normal. Muy buena. Por Juan Carlos Di Lullo - REDACCION LA GACETA.
La vieja serie televisiva argentina “Los Campanelli” terminaba sus capítulos con todos los integrantes de la familia reunidos alrededor de la mesa mientras se escuchaba como música de fondo una canción cuya letra decía: “no hay nada mejor que la familia unida”. Ese parece ser el lema que quieren transmitir los guionistas de esta película, ya que todo está orientado a rescatar la importancia de la existencia de un núcleo familiar sólidamente conformado; pero no es sólo eso a lo que apunta la “moraleja” de esta historia: también hay una clara reivindicación de la necesidad de sostener valores como la amistad, la solidaridad, el altruismo y la generosidad.
La película comienza con el desarrollo a todo vapor de uno de los capítulos de la serie de televisión que ha consagrado a Bolt como un héroe nacional. Como ya es una costumbre, la factura técnica es sorprendente, con toques de humor y un nivel irreprochable en cuanto a la realización cinematográfica. A partir de que el perrito abandona accidentalmente el set de filmación y se pierde en la gran ciudad aparecen personajes secundarios interesantísimos (las palomas del parque no tienen desperdicio) y allí es donde comienza el lento aprendizaje del protagonista de lo que significa vivir sin superpoderes y en el crudo mundo de la realidad. Acompañado por una gata decepcionada de la vida y de un hamster cholulo que vive en una esfera de plástico, Bolt deja de ser un superhéroe de la ficción y se convierte en un cachorro real que rezuma ternura a cada paso, para terminar de redondear un mensaje cálido y esperanzador.
Mientras tanto, y como guiño para que los adultos que están en la platea, sobresalen escenas como aquellas en las que Mittens le enseña a Bolt cómo pedirles comida a los humanos, o a jugar tirando y trayendo una ramita. En definitiva, a vivir la vida simple pero excitante de un ser vivo común y corriente, sin características excepcionales.







