Tomás Eloy Martínez y un reportaje del 63

Por Carlos Páez de la Torre (h) - Para LA GACETA - Tucumán.

30 Nov 2008
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IMAGENES DE LA MEMORIA. Tomás Eloy Martínez, en una foto tomada en LA GACETA en 1960.

Entré a la redacción de LA GACETA hace apenas 46 años, en febrero del 62. Tomás Eloy Martínez ya vivía en Buenos Aires. Meses más tarde apareció Primera Plana, que lo llevaba como jefe de redacción. No necesito decir que aquella revista que todos leíamos con deleite inauguraba en la Argentina un periodismo de incomparable novedad. Quienes la redactaban eran brillantes escritores. Sus notas combinaban, de modo milagroso, la información y el comentario con la literatura. Ahora pienso en la fiesta que les resultaría cada línea.
Un año más tarde, Tomás vino a Tucumán. Quería componer un “informe especial” sobre la situación de la provincia, que -para variar- se debatía en un revoltijo de turbulencias. Fue entonces que nos hicimos amigos. Porque lo acompañé, en carácter de abrepuertas, en la entrevista que se le antojó hacer a cierta hospitalaria y amena señora cuya casa, por aquella época de soltero, yo conocía tal vez demasiado bien. Era medianoche cuando llegamos a una calle enfrentada por los altos árboles del Lillo. La señora primero apareció por la ventana. Desconfiaba de mi acompañante, extraño a su selecta lista de admisibles. Pero entramos. Ella se sentó al lado del brasero. De vez en cuando, alejaba a gritos los perros que entraban y salían del comedor. Sobre la mesa estaba la botella de whisky cuyas medidas servía generosamente y que al salir cobraba como con vergüenza. Primero contestaba remisa, con monosílabos. Después se fue soltando. Nunca había soñado que alguien pudiese querer reportearla. Pero era difícil resistirse a este periodista tan seductor.
Y fue la primera -y única- vez que asistí, fascinado, al modo de entrevistar de Tomás Eloy Martínez. O al menos al que tenía entonces. Usaba un grabador de cinta, aparato del que todavía desconfiaban los periodistas de provincia. Sabía crear una complicidad instantánea con el interrogado. Sus modales distinguidos y mesurados, la sonrisa que acompañaba cada pregunta, el aire comprensivo para recibir la respuesta, el ningún cansancio para escuchar, su modo astuto de dar vueltas sobre trivialidades hasta lanzarse con ávida ferocidad sobre lo que quería, todo eso me resultaba absolutamente nuevo y apasionante.
Era algo parecido a la sensación del estudiante que de pronto encuentra, en carne y hueso, al autor de sus libros de texto. El reportero lleno de las inseguridades de sus veinte años veía cómo trabajaba el redactor estrella de su admiradísima revista.
El informe apareció la semana siguiente en Primera Plana. Se titulaba “Tucumán: reportaje al caos”. Era y sigue siendo un escrito formidable. Por primera -y única también- vez en mi vida leí una nota donde la realidad de la provincia se vertía a través de una mezcla amasada con habilidad deslumbrante, en un lenguaje cuya eficacia potenciaban los recursos literarios que le sobraban a Tomás.
Empezaba contando cómo la mambera Rita Moreno, de gira por la ciudad, entusiasmaba a la gente en uno de los locales de la colmada y bulliciosa zona del Casino, tan triste y desierta hoy. Las versiones de los funcionarios, de los gremialistas, de los industriales, de los cañeros y demás actores del caos se mezclaban con lo que decían la gente de la calle y los personajes más curiosos, esos que jamás habíamos visto aparecer en letra impresa.
Parte destacada de la nota ocupaba, por supuesto, el testimonio de aquella inolvidable “pájara de la noche” -que Dios tenga en su gloria- cuyo reportaje yo había facilitado, y que derrochaba testimonios picantes del ayer y del tan lejano hoy del 63. Tomás insertó una llamada al pie de página, donde constaba mi rol de gestor. Esa línea en tipografía pequeña me llenó de orgullo, aunque no dejó de traerme críticas que hoy evoco con sonrisas. Dichosos tiempos, dichosas tonterías, hubiera dicho Groussac.
Después, seguí con atención y entusiasmo la trayectoria fulgurante de Tomás. Aquellas históricas entrevistas con Perón en Panorama a comienzos de los 70, y luego el soberbio suplemento cultural de La Opinión, que conservo encuadernado. Allí Tomás me hizo publicar una larga nota sobre Groussac, y me enorgulleció al incluirla en Ocho escritores por ocho periodistas, único título que lanzó Timmerman Editores.
Leí vorazmente los libros que siguieron. Los leí y releí con devoción, como tantos miles de personas. Guardé recortados gran cantidad de sus artículos, del mismo modo que atesoro las fotos en que aparecemos juntos.
Por mi memoria cruzan las imágenes de Tomás comiendo en mi casa, en casas de amigos, o en la suya de Buenos Aires, mientras escuchábamos las cintas de Perón; muy flaco o más corpulento, con barba, sin barba, de traje formal o de guayabera, en las más de cuatro décadas que ya lleva nuestra relación. Y su conversación, tan fluida, tan entusiasta, tan provocativa. “La palabra, eso que flota, insustituible y alado, entre la escritura y la imagen: mansión humana del ser”.
Por supuesto que, viviendo en Tucumán, a este andariego nunca pude verlo con frecuencia. Pero en cada encuentro comprobaba que nuestra amistad seguía intacta y que por cierto crecía, de mi parte, la admiración que siempre me produjo su obra.
Ahora, acabo de comprar Purgatorio. Me preparo a leerla con el fervor de siempre.
© LA GACETA

Carlos Páez de la Torre (h) - Abogado, historiador y periodista. Miembro de número de la Academia Nacional de la Historia.

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