Los guardianes de la historia

Las materias primas con las que trabaja Tomás Eloy Martínez. Por Griselda Zuffi. Para LA GACETA - WASHINGTON.

30 Nov 2008

Desde los albores de la Argentina, en el siglo XIX, hasta fines del siglo XX el recuento histórico ha sido una dominante en la literatura nacional.
En Réquiem por un país perdido, Martínez recuerda el origen de la nación: “La Argentina fue fundada por ficciones (…) era una sucesión de estampas en las que abundaban las lluvias y los desiertos”. Si aceptamos esta visión, la literatura nos entrega las formas en que imaginamos el devenir histórico.
Las dos grandes novelas de Martínez, La novela de Perón y Santa Evita, cruzan las fronteras genéricas, la novela policial, el testimonio y la biografía, desafiando el peso histórico de los referentes y el paradigma de verdad de las concepciones científicas del realismo decimonónico.
Martínez, que “ama los espacios inexplicados de la historia”, escribe narraciones del pasado mediante un tejido de fuente cuya veracidad no siempre es fidedigna. Desdibuja el mapa de las certezas invitando otras voces a participar como testigos de los acontecimientos.
El documento histórico que se nutre de la sustancia literaria se intercala a la vez con los mitos y con los sueños del pasado. En La novela de Perón (1985) aparecen “las memorias del General” -basadas en la entrevista real que el autor mantuvo con Juan Domingo Perón en Madrid- como un fragmento de historia de vida que puede ser vista y corregida desde distintas miradas y testigos. A veces, los protagonistas se rebelan, como cuando Perón le reclama a José López Rega: “Ya no me ponga en fila los recuerdos, López. Callesé. Cuenta mi vida como si fuera un inventario de Gath y Chaves”. O el secretario interviene para decirle al General cómo debe escribir sus memorias: “Sea más histórico, mi General, ¿lo ve?, ponga un poco de mármol en el retrato. No se revele, no se dé a conocer. Una grandeza se hace de silencios”.
El poder civilizador, cuya fuente primaria fue el Facundo, o Civilización y barbarie, deja su sombra en La novela de Perón. Perón refuerza el mito del gaucho, es “el gauchito llegado de la Patagonia, curtido y duro” que se hace hombre enfrentando las durezas del campo. Es un país a golpe de barbarie, herencia del desierto y del lenguaje gauchesco en que se forjaron los ciudadanos. En La mano del amo (1991) tenemos el eco civilizador en el núcleo primario e institucional de la familia y de la escuela, cuyas autoridades imponen los modos de aprender: “Madre siempre quiso que yo fuera otro. La imagen que ella tenía de mí”, o el maestro de canto que, en vez de estimular, atormenta al alumno para que doblegue la voz: “Si no hacés lo que te mando, te arrancaré la voz que has escondido detrás de la garganta y la voy a destrozar. Nunca volverás a verla, te lo prometo.” Amenazas, aniquilación del Otro, marcas de cordura nacional.
La ficción argentina de los ochenta formuló preguntas en torno de la escritura de la historia, en parte, como modo de recuperar la construcción social de la memoria en la posdictadura. El entrecruzamiento del documento y de las memorias privadas fue objeto de reflexión teórica y coincidió con el auge de las ficciones históricas o de las así llamadas ficciones. Tomás Eloy Martínez, tanto en los ensayos críticos como en la narrativa, se pregunta sobre el lugar que tienen los mitos, símbolos y deseos inmodificables de la tradición, entretejidos del presente de la historia. Y así abre el juego de escrituras sobre el pasado reescribiendo a Sarmiento, a Arlt, a Borges, a Perón y a Walsh.
En los ensayos y en las crónicas convoca a la reflexión sobre el presente. En 1973, La pasión según Trelew detalla el crimen cometido y silenciado por la prensa oficial del fusilamiento de los 16 combatientes y su supuesta fuga de la cárcel. Este testimonio pudo haber quedado en el olvido o en la “lista negra” del periodismo si no fuera que en 1997 el autor entrega una nueva edición modificada y ampliada. Martínez revisita ese momento para dar cuenta de que hubo un levantamiento popular que pudo vencer colectivamente a las fuerzas represivas, pero, también, al actualizarlo nos recuerda el presente de los “desaparecidos”.
La historia y la política son la materia prima del escritor y periodista tucumano. Hay quienes abrieron una batalla en el campo de la memoria para que no se repita el horror. Dentro de ese campo, la ficción y el testimonio tienen un lugar, y los escritores periodistas tienen un lugar por excelencia.
© LA GACETA

Griselda Zuffi - Profesora titular de Literatura Hispanoamericana en Hood College, Washington. Autora del libro “Demasiado real. Los excesos de la historia en la escritura de Tomás Eloy Martínez” (Buenos Aires, Corregidor, 2007).

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