Purgatorio

No es co­mún pa­ra nin­gu­na pu­bli­ca­ción que uno de los ma­yo­res es­cri­to­res de su tiem­po ha­ya pu­bli­ca­do en ella sien­do ado­les­cen­te, ni que si­ga co­la­bo­ran­do du­ran­te ca­si seis dé­ca­das. Tam­po­co es ha­bi­tual pa­ra nin­gu­na pro­vin­cia que uno de sus hi­jos sea el más im­por­tan­te es­cri­tor ar­gen­ti­no vi­vo, ni pa­ra nues­tro país que uno de sus ciu­da­da­nos sea due­ño de una plu­ma ce­le­bra­da en to­do el mun­do, y por las vo­ces más ca­li­fi­ca­das y pres­ti­gio­sas. Ha­ce es­ca­sos días ha lle­ga­do a las li­bre­rías la re­cien­te no­ve­la de To­más Eloy Mar­tí­nez, un li­bro que va a de­jar una hue­lla in­de­le­ble en la li­te­ra­tu­ra y cu­yas se­mi­llas se sem­bra­ron en es­te dia­rio. Por to­do es­to, de­di­ca­mos es­te nú­me­ro ín­te­gra­men­te a la re­pro­duc­ción de sus pa­la­bras y al aná­li­sis de su obra. LA DI­REC­CION

30 Nov 2008
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"No podrá verlo en ningún caso, ni esperando, ni yéndose", dijo el señor? "Entonces yo preferiría no verlo, pero esperándolo", dijo K.
Franz Kafka, "El castillo".

Hace algo más de diez años, Tomás Eloy Martínez vino a Tucumán a presentar una novela que, sin sospecharlo, lo catapultaría a la fama. Después de fascinar al público reunido en el Centro Cultural Virla con la historia de un cadáver itinerante, de una muerta que no podía morir, me contó que estaba releyendo Wakefield, el cuento de Nathaniel Hawthorne. Imagino que desde entonces Wakefield, el desaparecido, vivió intensamente dentro de su mente, hasta que un día le encontró un nuevo nombre y una nueva historia.
Simón Cardoso es un personaje sin hazañas, un hombre sin atributos, sin importancia colectiva, como Joseph K, o Winston de 1984. Pero, como ellos, es un héroe auténtico que se enfrenta a la realidad desnudo, solo, sin ninguna arma en la mano; un individuo que se limita a pensar honestamente y a expresarlo; un simple cartógrafo que traza una frontera coherente en un mundo que ha perdido la razón. Y, parafraseando a Borges, basta que un solo hombre sea racional para que otros lo sean y para que lo sea el universo. Por eso Simón debe desaparecer. Porque, como Bartleby, ha quebrado la lógica de los presupuestos.
En Purgatorio no se intenta, fundamentalmente, llenar las lagunas de la historia ni reconfigurar la imagen de personajes distorsionados por el mito o por los documentos. Hay, en la novela, una perfecta recreación del clima de una época, de la vida cotidiana de una sociedad; una extraordinaria descripción de una realidad que se resiste a ser descripta. A través de un abordaje oblicuo de un pasado reciente y violento, a suficiente distancia de los hechos y de los nombres que registran los manuales, la novela posibilita una revisión que elude el maniqueísmo habitual de las incursiones históricas.
Aunque aparecen personajes reales (uno de sus protagonistas es un escritor que lucha contra la muerte y que se parece demasiado al autor) y marcas geográficas identificables, esas referencias no logran anclar el libro en el espacio ni en el tiempo. Decir que Purgatorio es una historia sobre los 70 en la Argentina es una definición reduccionista. La historia y sus protagonistas son universales; estos últimos son parientes de personajes de Antígona, de El artista del hambre, de El difunto Matías Pascal, de El amor en los tiempos del cólera, de El libro de las ilusiones. Simón es primo de Leopold Bloom. Y Emilia de Molly; ambas son Penélope, tejiendo y destejiendo sus vidas en una espera infinita.
Así como los personajes de Joyce reciclan La Odisea de Homero, los de Tomás Eloy Martínez buscan el río Lete de la Divina Comedia. Lethe, en griego, significa olvidar. El olvido tiene un efecto letal sobre los recuerdos, efecto que resulta necesario para vivir, para construir el futuro. Para los griegos, el muerto sin sepultura no podía ser olvidado. Por eso Príamo le ruega a Aquiles que le devuelva el cuerpo de su hijo. Por eso Emilia y Simón deciden navegar por un río que, aunque esté muy bajo, con botes encallados, con recuerdos que no son fáciles de borrar, puede ensancharse para ellos.
Hay un libro interesante sobre la incapacidad de olvidar que se llama La mente de un mnemonista, publicado en los 60 por el psiquiatra soviético Alexander Luria. Allí describe el caso de un paciente que no puede eliminar lo que asimila su memoria. Y al igual que Funes, el personaje de Borges, esa acumulación masiva le impide todo pensamiento abstracto, la comprensión de la más elemental de las metáforas. Después de décadas de tratamiento Luria descubre que a través de la escritura su paciente puede exorcizar recuerdos. Hay quienes sostienen que su libro es una ficción disfrazada de ensayo científico en la que se cifran las verdades que no se podían expresar en un régimen que pretendió borrar y reescribir la historia y la lógica. Si abordamos de manera análoga la novela de Tomás Eloy Martínez y la leemos en clave psicológica, sociológica o filosófica, podemos conjeturar que a través de la construcción de un limbo, de la desaparición de uno de sus miembros, se puede impedir que una comunidad reflexione, que elabore las más elementales deducciones. Quebrando el principio de tercero excluido, eliminando la dualidad de Parménides formada por el ser y el no ser, se pueden bloquear los reflejos de la razón.
La Argentina fue fundada por ficciones, destruida por una realidad burda y restaurada por libros como los que escribió el novelista tucumano. En Purgatorio se aleja más de los bastidores de la historia; se zambulle en los pliegues de la nada y rescata lo que no fue, lo que merece ser. Es un autor atropellado por un personaje que quiere vivir, que le exige que encuentre las palabras y los actos que necesita su historia. Tomás Eloy Martínez, por un lado, repara el pasado, lo ilumina, le inyecta estética, dibuja las caras que no se pueden enfocar. Pero sobre todo le da vida a lo que no existe y le devuelve al universo un poco de sentido. Con su última novela se está sentando, de una vez y para siempre, en la primera fila que ocupan sus amigos García Márquez, Fuentes, Auster, De Lillo; o sus admirados Roth, Murakami y Pynchon.
Hace algo más de 10 días, Tomás Eloy Martínez me habló de un muerto que no podía morir, del protagonista de una novela que, sin sospecharlo, lo está catapultando a la inmortalidad.
© LA GACETA

Daniel Dessein

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