An­te­ce­den­te de Pur­ga­to­rio en LA GA­CE­TA Li­te­ra­ria de 1952

Noticia de Vicente Barbieri. Por Tomás Eloy Martínez.

30 Nov 2008
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En muchos de los textos primerizos que el adolescente y futuro autor de “Santa Evita” publicó en estas columnas podemos encontrar destellos de las enormes muestras de talento que aflorarían más tarde. Hoy reproducimos uno de sus cuentos, publicado aquí en 1952. Ese año mueren Macedonio Fernández y Vicente Barbieri, otro de nuestros colaboradores. Ambos aparecen en el texto, lo que genera una atmósfera de irrealidad que sobrevive, después de más de medio siglo, en la última novela del tucumano. Barbieri, el personaje que no acepta la muerte, prefigura a Simón Cardoso. Pero el antecedente no se circunscribe a una resistencia común. Al final del relato, Irma Ester, la esposa de Barbieri, le acaricia la barba a Endimión, el bello pastor mitológico a quien Zeus le concede la juventud eterna a pedido de su enamorada Selene. Cuando Tomás Eloy Martínez tenía 18 años y poca conciencia de lo que estaba engendrando, Simón daba sus primeros pasos en estas páginas:

En el parque de diversiones me esperaba el Desconocido. Estaba de pie, junto a la puerta de entrada. Su libro del mes de noviembre trasladaba todos los rostros a la penumbra.
“Me voy a lo de Barbieri”, le dije. “Usted es su amigo; puede acompañarme”.
El Desconocido hojeó el enorme tomo de las citas y respondió:
“Ya me he burlado bastante de él. No, nunca iré a visitarlo. Ninguna de mis anotaciones lo registra. Usted puede decirle que las otras veces le he mentido”.
Esa, pues, era la experiencia del misterio. Barbieri resucitaba siempre. Pero yo no le diría una palabra de aquel secreto. Iba a quedarse muy triste.
Cuando llegué a su casa, él estaba solo, en una esquina de la habitación, junto a los amigos maravillosos. Nolca tocaba las costas de su frente, ese borde lunar.
Entonces, Barbieri me habló de su soledad y de pequeños crepúsculos. Pero desapareció súbitamente. Un lejano compañero lo sustituía. Alguien debió soñarlo en ese instante.
Y ya no lo vi más entero, navegable. Sólo su alto contorno, la llama de sus pies, su voz elemental. Macedonio Fernández apareció y dijo:
“Todos conocen a Vicente cuando están muertos. Quién sabe dónde ahora aprieta él las manos del aire y sonríe”.
Barbieri quedó preocupado; quería desmentir todo eso. Habló de los vivos:
“Ardiles Gray, era delgada grieta… Galán, con su otra niña del asombro”.
Pero yo ya no le creía. Imaginé que a él tampoco le importaba sentirse descubierto. Que nada de eso destruía su tiempo de poeta.
Irma Ester había llegado. Inadvertidamente tocó la barba encendida de Endemión.
Y una apretada luz quedó danzando, absorta, entre las cosas.

LA GACETA Literaria,
22 de diciembre de 1952

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