El nuevo Bond es el viejo Bond

007 Quantun of solace - Una organización desconocida y poderosísima lleva adelante un plan para quedarse con las reservas naturales estratégicas en el mundo del nuevo milenio. Bond, todavía conmovido por la muerte de Vesper Lynd, tiene que moverse en terreno desconocido sin saber siquiera si sus jefes están de su lado. Muy Buena.

08 Noviembre 2008

Parecía que ya no había nada que agregar a la historia del agente secreto 007: una veintena de títulos en las pantallas, con varios actores en la piel del personaje y distintos directores detrás de cámaras, habían dejado la sensación de que estaba todo dicho sobre el más famoso espía con licencia para matar. Pero hace un par de años, con la realización de “Casino Royale”, Bond “volvió a nacer” encarnado por Daniel Craig y con libretos que lo acercan cada vez más al personaje original que concibió Ian Fleming hace más de medio siglo. Este agente que no revela sus emociones, que reacciona casi instintivamente ante el peligro y que desconfía hasta de sus propios jefes se aparta del glamoroso y seductor “play boy” que resolvía sus misiones en el tiempo que le dejaban libre sus numerosas conquistas amorosas, al que vimos en las 20 películas anteriores. Ese es el rasgo más notable de esta nueva producción, que -además- se conecta directamente con su antecesora inmediata, ya que la acción se inicia minutos después del desenlace de aquella. Una persecución admirablemente filmada por los caminos de montaña de una deliciosa localidad italiana pone en clima al público en pocos segundos. Rápidamente se plantea la trama y se hacen permanentes referencias a los temas que quedaron pendientes en “Casino Royale”. De ahí en más, el director se centra en la pintura del personaje de Bond, sometido a la tensión entre las exigencias profesionales del cumplimiento de su deber y la sed de venganza que lo abrasa desde la muerte de Vesper Lynd, la mujer que conquistó su corazón en el capítulo anterior. Con interesantes detalles de factura (las escenas paralelas entre las persecuciones y un desfile medieval en Siena o la representación de “Tosca” en Austria), la historia cierra satisfactoriamente, redondea un muy buen espectáculo y abre las puertas de par en par a la continuación de la (¿interminable?) saga.

 

Juan Carlos di Lullo
REDACCION LA GACETA

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