Sobre vanidades estropeadas y fracasos literarios

"La casa de Dostoievsky", Jorge Edwards, (Planeta - Barcelona). Escritura admirable que recupera el pasado chileno no desde el rencor sino desde un dolido reconocimiento de la condición humana. Por Jorge Estrella.

NARRADOR NOTABLE. Impresiona la condición testimonial del relato de Edwards, quien parece tomar distancia, sin condenas ni elogios, de la Cuba castrista y del Chile de Salvador Allende. NARRADOR NOTABLE. Impresiona la condición testimonial del relato de Edwards, quien parece tomar distancia, sin condenas ni elogios, de la Cuba castrista y del Chile de Salvador Allende.
12 Octubre 2008
Escritor y diplomático, el chileno Jorge Edwards registra en esta novela ese mundo singular de bohemios, poetas y escritores que desplazan la deriva de sus vidas en el escenario de Santiago de Chile de los años 50 y 60, después en París, luego en la Cuba castrista y finalmente de nuevo en Santiago de Chile en el período del comunismo de la Unidad Popular, que finalizó con el golpe militar de Pinochet. Testimonial desde el colorido detalle de sus calles, paseos, sedes culturales, tugurios y periferias humanas, el autor pone a caminar a sus personajes y hábilmente nos atrapa en ese mundo de vanidades estropeadas, fracasos literarios y el siempre esquivo honor del reconocimiento. En el centro de la trama está el Poeta (probablemente el poeta real Enrique Lihn, metamorfoseado en la novela). El texto, sin embargo, no está construido tanto desde el despliegue de acontecimientos como desde la vacilante escritura del autor, que deambula en el mar incierto de la memoria para rescatar la armadura de su propio pasado.
Impresiona la condición testimonial de esta escritura que parece tomar distancia, sin condenas ni elogios, de sociedades como la cubana de Castro o la chilena de Allende. El terror de Estado en Cuba, los padecimientos de la escasez, la "autocrítica" estalinista a que se ve sometido el escritor Heberto Padilla, por ejemplo, no son asuntos narrados con el calor de las opciones políticas asumidas, sino con una serenidad que los hace surgir como a pesar suyo, por los costados de lo narrado, como una niebla venida desde la costa. La mismo ocurre con el Chile de Allende, la sociedad ferozmente dividida en dos bandos, los estragos del poder sobre la población, el desabastecimiento, las tomas de fundos, la inflación ideológica y las frustraciones de ambos bandos emergen desde el contraste con el deambular frívolo del Poeta y su entorno, perseguidor de beneficios inmerecidos en dos sociedades que se derrumban. Salvo en la última parte, donde los personajes atraviesan el golpe militar de 1973, Edwards revela su aversión explícita a la dictadura (él mismo fue presidente del comité de lucha contra la censura en esos años).

Alma santiaguina
En sus inicios, la novela parece tener como personaje central a Santiago de Chile. Tal el relieve de sus lugares (El Bosco, el Parque Forestal y la Escuela de Bellas Artes o la Facultad de Derecho, por ejemplo) y las numerosas personas reales mencionadas al pasar (Neruda, De Roka) en ese espacio que los fagocita rápidamente. Pero, en su desarrollo, el Poeta asume la complejidad humana y centra el real interés del autor. Su relación tormentosa con Teresa, su amistad con el Pingüino ("un filósofo de la vida al aire libre -sobre calle Ahumada-, tamborero epileptoide, que tenía una pierna medio paralizada y la otra atrofiada, chueca, subida encima de la rodilla opuesta, y la mano con que le daba guaraca al tambor agarrotada, reducida a una condición miserable de garra o de pezuña"); sus celos del homosexual Le Cléziel (medievalista, huaso, amante de la ópera y seductor de hombres y mujeres, entre ellas, Teresa); sus dos encarcelaciones por motivos grotescos; su enfermedad y su muerte final muestran la intensidad de una vida que pasa a ser el centro fuerte de la novela. Porque se trata de una vida impregnada de lo que llamaría el "alma chilena", esa huidiza entidad colectiva que reconoce fácilmente quien ha vivido en ella pero que rehuye cualquier descripción precisa. En todo caso se trata de un personaje habitado por pasiones inciertas, inconstante, sacudido por vehemencias transitorias, un eludir permanente las responsabilidades que otros le exigen y aun las que él mismo se impone. En suma, esa bohemia irresoluta, sin trabajo, aprovechadora de ocasiones propicias donde otros se encargan de su sobrevivencia bajo el esperanzado motivo de un talento pronto a estallar en genio creativo. He visto la fascinación que ejerce este personaje en el imaginario chileno. Y aquí está muy hábilmente urdido en una trama donde hay muchas personas reales de esa época. El autor no expone un solo poema de este Poeta suyo, pero tanto confía en él que puede decir, luego de hacerlo morir: "pero el río invisible de la poesía? pasaba más cerca del hoyo recién tapado del Parque del Recuerdo que de la casa del cerro San Cristóbal" (la casa museo del poeta Oficial, Neruda). Quien, como yo, ha vivido parte de ese Chile y del que lo siguió no puede menos que admirar esta escritura. Y no porque sea ella ecuánime o descomprometida con el pasado que rememora. Todo lo contrario: porque sabe recuperarlo no desde el rencor sino más bien desde un dolido reconocimiento de la condición humana.
Edwards fue embajador de Chile en Cuba y fue expulsado a los tres meses por la dictadura militar cubana. Esta novela suya ha obtenido el Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008.© LA GACETA

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