El campo, la historia y el conflicto

Por Patricia Kreibohm para LA GACETA - Tucumán. El enfrentamiento entre el Gobierno y el sector agropecuario es un hecho excepcional, y se produce en un momento en que el contexto mundial también es inédito. En Inglaterra, la gran innovación del agro se dio en el siglo XVII, para solucionar el desequilibrio entre la producción de alimentos y la densidad de la población. Durante la Revolución Francesa, la preocupación por la cuestión agraria fue constante. Y constituyó una de las prioridades de la Primera República.

LA GACETA / INES QUINTEROS ORIO LA GACETA / INES QUINTEROS ORIO
06 Julio 2008
En las antiguas polis griegas, el culto a Deméter -la diosa-madre de los granos y de las cosechas, cuyas rubias trenzas brillaban como los trigales - se expresaba en las Tesmoforias y las Talisias; las fiestas de la siembra y de la trilla en las que el pueblo celebraba el rito anual de la vegetación e invocaba las fuerzas de la abundancia; una abundancia que abonaría la estabilidad, la armonía y la calma(1).
El conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario es un hecho excepcional, y ha marcado un punto de inflexión en nuestra convivencia colectiva. Como se sabe, dicho conflicto -planteado como un juego de suma cero- se produce en un momento en que el contexto internacional también es excepcional; tan excepcional que -por primera vez- pone en duda la certeza de la hipótesis del deterioro de los términos de intercambio para los países productores de alimentos y de materias primas formulada por Raúl Prebisch(2). En este marco de excepcionalidades, parece oportuno esbozar -desde nuestra disciplina- algunas reflexiones que contribuyan al debate general. Dos son las ideas-fuerza que han orientado este artículo. La primera sostiene que la actividad agrícola ha sido y sigue siendo clave para el desarrollo y la prosperidad de las naciones, y que -por lo tanto- debe ser adecuadamente valorada y promovida. La segunda asegura que la armonía y el equilibrio social dependen -en buena medida- de la correcta articulación entre el campo y la ciudad; entre lo rural y lo urbano. Para que esta ecuación funcione es vital asegurar la pervivencia y el fortalecimiento de los pequeños y los medianos productores.
Desde los albores de los tiempos y durante milenios, el trabajo agrícola constituyó la fuente primordial de alimento y de recursos, la base de la riqueza de los pueblos y uno de los impulsores más importantes del progreso tecnológico. En efecto, desde que la Revolución Neolítica permitió a la humanidad franquear el umbral de la supervivencia, la actividad agropecuaria adquirió un protagonismo visceral que sería determinante para el futuro del género humano. Así, el paso del nomadismo al sedentarismo contribuyó a consolidar la organización social, a fortalecer los primeros sistemas políticos, a impulsar la creación de ciudades y de leyes, y a promover el desarrollo cultural. Es más, toda la historia del mundo antiguo, del medioevo y de buena parte de la modernidad estuvo marcada por estos factores primigenios: la tierra, el agua, las cosechas, la fertilidad. En este sentido, no es casual que todas las culturas hayan desarrollado una riquísima variedad de deidades, mitos y rituales referidos a la tierra, al trabajo agrícola, a la abundancia y a la fecundidad. Dichos elementos -sagrados o profanos- eran poderosos indicadores de las necesidades colectivas, y su profunda significación quedó vívidamente plasmada en las artes, las letras y el pensamiento. Y es que el trabajo de la tierra -como el del mar- exige al hombre un enorme esfuerzo; un esfuerzo que ha contribuido a moldear sus códigos y sus valores, sus expectativas, sus esperanzas y sus temores; en definitiva, su modo de ser y de vivir.

Agricultura y grandes cambios
Ahora bien, en distintas épocas y lugares, sobre la agricultura se forjaron importantes cambios, que transformaron la realidad de los pueblos. Algunos gobiernos pudieron verlos y supieron conducirlos; otros no. De los numerosos ejemplos que nos ofrece la historia citamos aquí dos procesos de fines del siglo XVIII que pueden identificarse como los cimientos del mundo contemporáneo: la Revolución Industrial inglesa y la Revolución Francesa de 1789. En ambos casos, el factor agrícola cumplió una función clave, y contribuyó a delinear un modelo de desarrollo y de sociedad.
En Inglaterra, la gran innovación del agro se materializó durante el siglo XVII, para solucionar el desequilibrio entre la producción de alimentos y la densidad de población. Conocida como Revolución Agrícola, consistió en la aplicación de una serie de nuevas técnicas al trabajo de la tierra que, destinadas a elevar la productividad, ya habían sido empleadas en los Países Bajos durante el siglo anterior. Dicha revolución modificó sustancialmente el sistema de producción y marcó un hito en la evolución histórica, ya que permitió que se superara el peligro del hambre. Por otra parte, su resultado fue tan positivo que no sólo mejoró las condiciones de vida de la población sino que se convirtió en un factor decisivo de la Revolución Industrial. En efecto, los excedentes alimentarios contribuyeron a incrementar la mano de obra, a desarrollar las inversiones y a fortalecer el consumo y el mercado interno, con lo que se completó la fórmula que -hacia 1780- le permitió a Gran Bretaña dar el salto cualitativo hacia la industrialización.
En el caso de la Revolución Francesa, la preocupación por la cuestión agraria fue tan constante como profunda y -sobre todo durante la Primera República- constituyó una de las prioridades de su gobierno. Inspirados en el modelo espartano y sostenidos por las ideas de la Ilustración, los jacobinos valoraron especialmente la figura del agricultor. El labrador era ese hombre que, trabajando su tierra, podría asegurarse la autonomía económica; una autonomía sin la cual, la libertad se convertiría en una palabra vana y la República, en un engaño. De hecho, los gobernantes estaban convencidos de que esta nueva clase de propietarios rústicos? era la espina dorsal de la Nación y como tal, debía multiplicarse y fortalecerse. Desde su perspectiva, los verdaderos resguardos de la República se encontraban en las virtudes económicas y morales que proporcionaba el trabajo agrícola, virtudes que ennoblecían los espíritus y robustecían la democracia(3).
En Francia, este modelo se consolidó a través de los siglos, y hoy la estructura del campo francés es uno de los pilares más sólidos de su configuración política, social y cultural.
Los argentinos necesitamos poder volver a celebrar nuestras Tesmoforias y nuestras Talisias; necesitamos recuperar la estabilidad, la armonía y la calma. La única manera de lograr la implementación de una política agropecuaria que esté a la altura de las circunstancias y que nos permita -al menos por una vez- superar nuestra casi atávica sensación de frustración. © LA GACETA

NOTAS:
1) Prümm, Karl. La religión de los griegos. En: König, Franz (Dir) Cristo y las religiones de la tierra. Vol II. B.A.C. Madrid, 1968. Pág. 30-31
2) Bernal Meza, Raúl. América Latina en el mundo. Nuevohacer. Buenos Aires. 2005 Pág. 80
3) Cf: Labrousse, Roger. Ensayo sobre el Jacobinismo. UNT. Facultad de Filosofía y Letras. Tucumán, 1946. Pág. 61-78

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