29 Junio 2008 Seguir en 

El regionalismo dominó gran parte de la novela del continente durante las primeras décadas del siglo XX y se extiende aún hoy. El debate entre la vanguardia y el regionalismo dista de haber terminado. Bajo el título de La gula del picaflor y encasillada como "nueva narrativa boliviana" se presenta esta novela, que ha recibido un premio nacional y ha sido finalista de un premio internacional. El argumento es casi desopilante, lo que lo hace desde un comienzo atractivo. Pero ciertas incongruencias nos impiden gozar de la lectura.
Un célebre líder sindical lleno de pasión por una joven estudiante de periodismo decide conquistarla. Como su memoria le falla, convoca a un congreso para usurpar las historias de otros. Presidido por esta especie de Matusalén seductor, mezcla de don Juan senil y geronte sindical latinoamericano, un secreto congreso de seductores (todos varones) se reúne en La Paz. Representan a los nueve departamentos de Bolivia, pero sólo siete son llamados a exponer sus aventuras. Son maestros en el arte de amar, de nombres curiosos como Gajo Florido, Ricateur, El Niño, etc. Todos cuentan sus aventuras amorosas ante un auditorio también masculino, excepto por una mujer, Elizabeth, invitada que viene de París y que bautiza el congreso como "la gula del picaflor".
El lector bien dispuesto se siente decepcionado. Primero por la escolar dedicatoria que pareciera una tomadura de pelo si no fuera tierna. Luego, a medida que se adentra en sus páginas, llama la atención el pastiche de niveles de lenguas y la fallida ficción de oralidad. Las historias de los seductores son grotescas y poco imaginativas. Poco o nada que ver con sutiles actos de conquista de Casanovas o Don Juan. En todos los casos se exhibe un machismo de pésimo gusto que no evoca erotismo alguno. Historias de hombres fuertes, caciques o campesinos viriles que se despeñan en pedestres descripciones. Hay críticos que consideran este libro un Decameron criollo. Sólo si lo tomamos como una parodia de Bocaccio. La novela está llena de ripio y recuerda modelos decimonónicos. Por momentos se torna insoportable. Toda lectura supone un encuentro con un libro. En este caso, no lo he logrado. Me quedé con la sensación de un buen proyecto que no llega a concretarse. © LA GACETA
Un célebre líder sindical lleno de pasión por una joven estudiante de periodismo decide conquistarla. Como su memoria le falla, convoca a un congreso para usurpar las historias de otros. Presidido por esta especie de Matusalén seductor, mezcla de don Juan senil y geronte sindical latinoamericano, un secreto congreso de seductores (todos varones) se reúne en La Paz. Representan a los nueve departamentos de Bolivia, pero sólo siete son llamados a exponer sus aventuras. Son maestros en el arte de amar, de nombres curiosos como Gajo Florido, Ricateur, El Niño, etc. Todos cuentan sus aventuras amorosas ante un auditorio también masculino, excepto por una mujer, Elizabeth, invitada que viene de París y que bautiza el congreso como "la gula del picaflor".
El lector bien dispuesto se siente decepcionado. Primero por la escolar dedicatoria que pareciera una tomadura de pelo si no fuera tierna. Luego, a medida que se adentra en sus páginas, llama la atención el pastiche de niveles de lenguas y la fallida ficción de oralidad. Las historias de los seductores son grotescas y poco imaginativas. Poco o nada que ver con sutiles actos de conquista de Casanovas o Don Juan. En todos los casos se exhibe un machismo de pésimo gusto que no evoca erotismo alguno. Historias de hombres fuertes, caciques o campesinos viriles que se despeñan en pedestres descripciones. Hay críticos que consideran este libro un Decameron criollo. Sólo si lo tomamos como una parodia de Bocaccio. La novela está llena de ripio y recuerda modelos decimonónicos. Por momentos se torna insoportable. Toda lectura supone un encuentro con un libro. En este caso, no lo he logrado. Me quedé con la sensación de un buen proyecto que no llega a concretarse. © LA GACETA







