NUEVAS TEXTURAS DE LO REAL. En la última obra de Martini también intervienen películas como La Caída, y filmes bélicos clásicos.

Nueva textura de lo real
La forma del tiempo, cuyo titulo revela una de las búsquedas del escritor, vuelve sobre la relación filial convertida en enigma, elemento clave en la poética de Martini. Rosario Express, el último relato, no puede considerarse un cuento; se trata de una novela corta o nouvelle en la que el eje es la geografía, una geografía que de material se torna simbólica, en la que se repone al sujeto o se repone en el sujeto. La historia y la autobiografía se entrecruzan, y M es la máscara autobiográfica, alusión a Martini -como lo fue Minelli en otros textos-. El entretejido de tiempos, palabras e imágenes va construyendo una trama en la que los pasajes temporales son constantes. La historia de vida se torna historia y arqueología de una ciudad recorrida minuciosamente. Cada experiencia está marcada por un tiempo en movimiento constante. Se intercala la narración con la descripción minuciosa de fotografías que dan cuenta de la historia familiar, infantil y adolescente. Las fechas insisten en el recorrido: 1944-1975.
En el texto, y como formando parte de la memoria, también intervienen películas como La caída y filmes bélicos clásicos. Esto permite advertir una nueva textura de lo real, en la que intervienen las diferentes mediaciones de modo irremediable. "La guerra ha llegado a Rosario" es la frase que M le repite a Juan Deledda mientras pasean. "Hay figuras que quedan impresas en los arrabales de la memoria; una foto, un libro, una carta, el hilo suelto de un recuerdo, huellas, señales turbias, hasta que un día una imagen -no se sabe por qué- se recompone, se hace presente: una mujer joven, un barquito oxidado, una calle, un jardín, un residuo alquímico o una incrustación en la esencia de la historia", dice el narrador.
La maestría del escritor radica en el orden férreo con el que se construye el texto, donde nada queda suelto. Ello le impide al lector quedarse quieto y lo empuja hacia ese límite que es la escritura.© LA GACETA







