SORPRENDENTE INDIFERENCIA. Llama la atención la casi nula mención del autor respecto del fallecimiento del general Francisco Franco.
08 Junio 2008 Seguir en 

Hay publicaciones que forman parte de un momento histórico. En Argentina, los 60 sin Tía Vicenta son tan inimaginables como los 70 sin Humor o la ausencia, en los 80, de El Periodista. Cada país tiene su emblema. Los 70 a destajo. Ajoblanco y Libertad toma su nombre de la revista española Ajoblanco (a su vez, hurtado de la sopa proletaria más famosa del país). El autor tiene extrema autoridad para hacerlo: fundó el famoso mensuario y fue su comprometido defensor. Y sabe cómo hacerlo: es un maestro de periodistas de mérito ganado.
Su relato es articulado en planos vivenciales distintos, que no logran amalgamarse a un mismo nivel. Saltando capítulos, aparecen memorias del tránsito a la juventud (soportan el paso de los años a partir de diarios íntimos bien guardados); la descripción de la lucha generacional contra el franquismo de la última época; la transición política a la democracia; el descubrimiento y la reivindicación del anarquismo libertario, y la descripción del origen, la gloria y la caída del primer Ajoblanco (1973-1979), concebido como una construcción plural, sin dueño aunque con responsables.
Más que una sumatoria, por momentos es una acumulación de nombres, fechas, hechos. Recordar algo es, en realidad, construirlo alrededor de lo que se quiere contar; pero, cuando es un amplio abanico, el andar de las palabras se debilita. En esta experiencia, las experiencias iniciáticas individuales carecen del mismo atractivo que las descripciones de búsquedas colectivas que comenzaron hace 30 años y que continúan con proyección de futuro como los grupos de "okupas", el movimiento antiglobalización o las protestas callejeras contra las cumbres de líderes mundiales. No puede dejar de sorprender la casi indiferente reacción del autor (a tenor de lo escrito en su libro) a dos hechos claves en la caída del autoritarismo español: el asesinato de Luis Carrero Blanco y el fallecimiento de Francisco Franco. También lucen insuficientes las escasas dos páginas dedicadas a la segunda etapa de la revista (1987-1999): confirman que pocos símbolos sobreviven a su tiempo.
Más allá de las observaciones, es injusto descalificar esta importante y poco frecuente revisión -por momentos desgarrada- que el protagonista hace de su tiempo y un desafío que deberían replicar experiencias similares en otras latitudes, sin quedarse en el anecdotario ni en el regodeo por lo logrado. Si Ribas hubiese buceado aún más en lo colectivo, alejado de sí mismo, Los 70? explicaría triunfos y derrotas que siguen presentes. También sería otro libro. © LA GACETA
Su relato es articulado en planos vivenciales distintos, que no logran amalgamarse a un mismo nivel. Saltando capítulos, aparecen memorias del tránsito a la juventud (soportan el paso de los años a partir de diarios íntimos bien guardados); la descripción de la lucha generacional contra el franquismo de la última época; la transición política a la democracia; el descubrimiento y la reivindicación del anarquismo libertario, y la descripción del origen, la gloria y la caída del primer Ajoblanco (1973-1979), concebido como una construcción plural, sin dueño aunque con responsables.
Más que una sumatoria, por momentos es una acumulación de nombres, fechas, hechos. Recordar algo es, en realidad, construirlo alrededor de lo que se quiere contar; pero, cuando es un amplio abanico, el andar de las palabras se debilita. En esta experiencia, las experiencias iniciáticas individuales carecen del mismo atractivo que las descripciones de búsquedas colectivas que comenzaron hace 30 años y que continúan con proyección de futuro como los grupos de "okupas", el movimiento antiglobalización o las protestas callejeras contra las cumbres de líderes mundiales. No puede dejar de sorprender la casi indiferente reacción del autor (a tenor de lo escrito en su libro) a dos hechos claves en la caída del autoritarismo español: el asesinato de Luis Carrero Blanco y el fallecimiento de Francisco Franco. También lucen insuficientes las escasas dos páginas dedicadas a la segunda etapa de la revista (1987-1999): confirman que pocos símbolos sobreviven a su tiempo.
Más allá de las observaciones, es injusto descalificar esta importante y poco frecuente revisión -por momentos desgarrada- que el protagonista hace de su tiempo y un desafío que deberían replicar experiencias similares en otras latitudes, sin quedarse en el anecdotario ni en el regodeo por lo logrado. Si Ribas hubiese buceado aún más en lo colectivo, alejado de sí mismo, Los 70? explicaría triunfos y derrotas que siguen presentes. También sería otro libro. © LA GACETA







