Aguda aproximación acerca de cómo forjar un nazi

Por Federico Abel. Finalmente, el lector en lengua castellana puede acceder a una obra que cuando fue publicada, en 1980, conmovió a los alemanes.

LA PARADOJA DE LA TRAGEDIA ALEMANA. Himmler, en primer plano al lado de Adolf Hitler, descendía de una familia burguesa de antigua y fina educación humanística. LA PARADOJA DE LA TRAGEDIA ALEMANA. Himmler, en primer plano al lado de Adolf Hitler, descendía de una familia burguesa de antigua y fina educación humanística.
08 Junio 2008
Corre 1928 en una escuela de Munich. De pronto, el director irrumpe en cuarto grado "B" cuando iba a comenzar la clase de Griego, que rápidamente se convierte en una mortificación para los pequeños.
Entonces, el alumno Franz Kien recuerda que su padre le había advertido que se cuidara de la severidad y de la peligrosidad de la máxima autoridad del instituto. "El viejo Himmler", a secas, lo había llamado. "No es como el joven Himmler. Este sí es como se debe ser, es un muchacho excelente; un partidario de Hitler, pero no un fanático", le había dicho y le había dado otra pista de por qué, entonces, habían cortado relaciones esas dos generaciones de una misma familia bávara: "el viejo Himmler ni siquiera es antisemita; le parece normal estar entre y con los judíos, ¡imagínate, con judíos!".
Semejante pasaje ya causaría estremecimiento si estuviera estampado en una novela histórica, esa moda consistente en llenar con astucias de la imaginación las lagunas que nos dejan los grandes nudos de la veracidad. Con más razón escandaliza si sucedió efectivamente, como el autor de El padre de un asesino, Alfred Andersch, devela en el epílogo del libro. Para quitar el penoso carácter que guarda toda confesión autobiográfica, Andersch se vale del imaginario Franz Kien para narrar aquella clase de Griego, que tuvo como corolario la expulsión de dos alumnos del Instituto Wittelsbach; uno de ellos, él mismo, luego de haber padecido las humillaciones inquisitoriales del padre de quien sólo cinco años después iba a convertirse en el comandante de las Schutzstaffel (SS) hitlerianas (la guardia pretoriana del Tercer Reich), el tímido Heinrich Himmler. Por supuesto que los Himmler, con el ascenso de los nazis al poder, se reconciliaron, y cuando el viejo murió (se llamaba Gebhard) una escolta de honor de las SS disparó salvas ante su ataúd.
El lector en lengua castellana dispone por primera vez de la suerte de acceder a esta obra, que conmovió a los alemanes, gestores responsables de todo aquello, en 1980, meses después de la muerte del propio Andersch. Este, por su militancia comunista, también fue víctima de los campos de concentración nazi, dado que fue deportado al de Dachau, si bien luego fue obligado a integrar el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, aunque -como no podía ser de otra manera- desertó en 1944.
Lo que sucede en esa asfixiante clase -de lo único que se ocupa el libro- evidencia un sistema educativo autoritario, casi policíaco, más preocupado por cazar a quien no había estudiado, como si se tratara de un infractor, que por estimularlo a que se encontrara con las formidables humanidades. Pero es también un anticipo escalofriante de lo que estaba por venir, porque el huevo de la serpiente -para recurrir a la oportuna metáfora de Ingmar Bergman- ya había sido incubado.
Salteando al profesor de la materia, al que trataba irónicamente de "señor doctor" pese a objetar sus métodos pedagógicos por poco exigentes, el director obligaba a los alumnos que acaban de ser atormentados a que escribieran en griego en el pizarrón, para burla de toda la clase: "es digno de mérito alabarme". No obstante, el inteligente Franz Kien advierte que el viejo Himmler sólo trastabilla momentáneamente ante la prosapia de un estudiante, Konrad Greiff, que con su andar seguro y confianzudo parece indemne al verticalismo escolar. Aunque también será expulsado, en su caso por insolente, le recuerda al director sus antecedentes sociales: "no pertenezco al ganado vacuno y usted no es Júpiter. ¡Para mí no! ¡Yo soy un barón von Greiff y usted no es para mí más que un Himmler!". Pese a que Greiff había traspasado la regla de que no se podía contestar a un profesor alemán, Himmler entra en el juego dialéctico y, en vano, se esfuerza por demostrar que su familia era más antigua que la del adolescente aristócrata. Sólo consigue dejar traslucir sus complejos de inferioridad, algo que los nazis también debieron sortear para contar con el apoyo de las rancias clases ligadas, por ejemplo, a la industria del acero.
Aunque los procesos históricos son más complejos, la peste que luego Hitler, Himmler y otros catalizarán y sistematizarán ya estaba en el ambiente. Franz Kien recuerda que casi todos los padres de los estudiantes del bachillerato eran nacionalsocialistas y otros, como el suyo, lo alertaban: "sí, claro que hay judíos que son como se debe ser, pero, sin embargo, ¡ten cuidado de ellos!".
El viejo Himmler encierra en sí mismo la paradoja de la tragedia alemana. He allí el inmenso valor de este libro eminentemente testimonial, más allá de que el yo verdadero subyazga escondido. A diferencia de los Hitler y como también sucedía con los Goebbels (Joseph fue el mefistofélico ministro de Propaganda del Tercer Reich), los Himmler descendían de una familia burguesa de antigua y fina educación humanística. La prueba es que el padre del escalofriante jefe de las SS admiraba a Sócrates y adoraba el griego, raíces de la matriz cultural y filosófica de Occidente, de la que paradójicamente también surgió el nazismo, que casi acaba con ella en apenas 12 años. Hoy sigue asombrando que la misma Alemania de Johann Sebastian Bach y de Immanuel Kant sea también la que haya engendrado a Hitler, que significaba la sepultura de los valores que aquellos representaban. Por eso, en el epílogo, Andersch, no ya Franz Kien, desolado porque aquella destacable y culta tradición no pudo ser un freno para la barbarie que se desató a partir del 30 de enero de 1933, se pregunta con perplejidad (más bien se lo pregunta a sus connacionales): "¿el humanismo, entonces, no protege de nada?". © LA GACETA

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