"Lingüicidio"

Por Jorge R. Alderetes, Tucumán.

25 Mayo 2008
Según algunas organizaciones internacionales, en los próximos 100 años y, como consecuencia de la globalización, más de 3.000 lenguas se extinguirán, en lo que se considera la peor catástrofe cultural en la historia de la humanidad. Desde hace décadas, lingüistas y sociolingüistas utilizan la expresión "lingüicidio" para hacer referencia al conjunto de acciones orientadas a provocar la desaparición de una lengua. En este sentido, "lingüicidio" e "idiomacidio" serían sinónimos. En el artículo de Claudia Nicolini publicado en LA GACETA Literaria del 11 de mayo, se hace un mal uso de este último neologismo.
Así como no es posible cometer múltiples regicidios contra un mismo rey, o múltiples homicidios contra un mismo hombre, no es posible cometer múltiples "idiomacidios" contra un mismo idioma, tal como propone y utiliza el término dicha autora.
Evidentemente, ni Nicolini ni el lector Porté (Cartas de Lectores, LA GACETA, 16-05-08) aciertan en el significado del sufijo "cidio". Las lenguas son como los seres vivos: nacen, se desarrollan, se multiplican y mueren. A esto se refería la Dra. Loynaz cuando expresaba aquello de: "que la misma masa anónima que le dio la vida no termine también por darle muerte", es decir, una lengua se muere cuando se interrumpe la transmisión intergeneracional. Por más Reales Academias que pretendan ejercer su poder de policía lingüística, los hablantes de una lengua hacen uso de ella sin pedirles permiso; aún más, ni siquiera saben que existen estos vigilantes cancerberos. En su vanidad, docentes, intelectuales y periodistas (cito a Nicolini) se creen "referentes" en el uso del idioma. No escribimos mal ni hablamos peor. Hablamos como hablamos, es así de simple. Es nuestra praxis la que mantiene vivo el idioma, no las aduanas lingüísticas.

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