Keynes y la gran crisis

Por Franco Eugenio Nanni - Licenciado en Economía - UNT.

09 Diciembre 2007
Durante la gran depresión iniciada en 1930, la economía capitalista de occidente entró en un enorme colapso como sistema. Las convulsiones que trastornaron el funcionamiento de un mundo cuya economía se basaba en el mercado no impactaron de un modo significativo en el llamado bloque socialista instaurado luego de la revolución rusa de 1917 en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y cuyo sistema de ordenamiento económico era lo que se llamaba en ese momento "Planificación Centralizada"
La crisis de los 30 fue particularmente dura, ya que no pudo ser interpretada (para su corrección) con las herramientas disponibles de la ortodoxia económica del momento. Las medidas tomadas en esos momentos eran tales como la contracción de gasto público, el estímulo del ahorro global, la contracción del gasto privado y la esterilización de la moneda, mediante atesoramiento privado. Todas las medidas adoptadas prolongaban la agonía y alejaban la solución como después lo demostraron el análisis keynesiano y la guerra.
John Maynard Keynes comprendió que el colapso del sistema conducía a un callejón sin salida y que era necesario intervenir sistemáticamente sobre las fuerzas económicas. La única institución con poder suficiente para intervenir era el Estado, de modo que la "receta" keynesiana suponía renunciar a uno de los pilares del liberalismo clásico.
Más allá de las controversias teóricas entre capitalismo y socialismo ambos sistemas fueron puestos a prueba en el terreno de los hechos y el colapso de los 30 parecía poner al capitalismo en desventaja. Adoptar una posición intervencionista parecía conceder ventajas al campo enemigo y renegar del libre albedrío absoluto para recomendar una activa intervención del estado colocaba a Keynes "a la izquierda" de cualquiera de sus colegas. De modo tal que sus primeras arengas a favor de la participación del Estado resonaron como herejía en los círculos académicos.
Lo que Keynes parece haber intuido es bastante simple: que si el sistema era incapaz de remontar la depresión viraría hacia el socialismo y haría realidad la profecía marxista.
Entre Keynes y Gorbachov cabe toda la historia económica del siglo: hacia 1980 la Planificación Centralizada entró en crisis y un hombre, ligado a la conducción del Partido Comunista, Mijail Gorbachov, tuvo que dar un paso hacia la derecha intentando evitar la caída del sistema, el fracaso terminal de la economía Planificada Centralmente.
A diferencia de la "doctrina" marxista , los teóricos liberales no habían profetizado la caída del socialismo. Les bastaba con exhibir sus propios logros: más y mejores bienes para mayor número de personas y mayor libertad. No prometía un mundo mejor, apelaba a la visión de Voltaire ofreciendo no el mejor de los mundos sino el mejor de los mundos posibles.
Los logros materiales de la sociedad capitalista se pusieron en la balanza frente a los logros sociales de la Planificación: en el socialismo se distribuía mejor pero se generaba mucho menos producto. El capitalismo -por su parte- fue introduciendo mejoras sociales significativas, las que junto con la abundancia material atenuaron algunos de los efectos laterales de un sistema basado fundamentalmente en la diferencia.
El socialismo, por otra parte, no utilizó las herramientas de que se valió el capitalismo para crecer; peor aún, una burocracia creciente vino a tomar el lugar de la posesión de capital para restablecer algún tipo de diferencias que parecían ser funcionales a la dinámica del sistema: los privilegios que en el sistema capitalista generaba la propiedad fueron reemplazados en la Planificación por la "posición política", en vez de acumular bienes de capital se acumulaba poder político.
Borradas las diferencias que ocasiona la "propiedad privada de los medios de producción " aparecieron diferencias surgidas de la propiedad privada de los resortes de decisión.
La política keynesiana logró ese cometido de "suavizar" las operaciones del mercado e introdujo algunos de los objetivos que el socialismo había perseguido.
El sistema que utilizó la URSS entre 1917 y 1989 no permitió remiendos: se desplomó por completo. La imposibilidad de restauración de aquel sistema tiene sin duda que ver con el sacrificio más oneroso que cuatro generaciones tuvieron que pagar para perseguir el ideal de igualdad sin conseguirlo: el de las libertades individuales. A los ojos de la mayor parte de los ciudadanos del planeta, a comienzos del XXI parece quedar claro que ninguna mejora en la distribución "paga" una pérdida de las libertades tan costosamente adquiridas.

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