09 Diciembre 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Pocas horas antes de jurar como nuevo ministro de Economía y mientras celebre un nuevo cumpleaños, Lousteau tendrá la ocasión de meditar sobre lo desgastante del poder, inclusive antes de asumir el cargo para el que fue designado.En apenas tres semanas, desde la mañana en la que el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, anunció su designación, Lousteau pasó de ser de un joven brillante y destacado economista a un ministro que, si bien conserva el prestigio intelectual, ya tiene un margen de maniobra más que acotado.
Para colmo, su despedida de la presidencia del Banco de la Provincia de Buenos Aires no fue la deseada, con un paro de personal que se prolongó por cuatro días hábiles, dificultó el pago a los jubilados y pensionados y requirió de intervenciones de primer nivel.
Las especulaciones sobre la "segunda línea" del Palacio de Hacienda se fueron diluyendo con el correr de los días: si desde el vamos el Ministerio de Economía no tiene el poderío de otras épocas no tan lejanas, menos lo tendrá un jefe de la cartera al que le impusieron gran parte del gabinete que lo secundará.
Si en un principio algunos especularon con que Lousteau iba a ser la carta a usar por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para liberarse de la figura de Guillermo Moreno, la realidad se encargó de inmediato de demostrarles lo contrario.
Primero, con el enésimo acuerdo de precios, esta vez con vistas a las fiestas de fin de año; luego, con la fijación del precio de la leche para los tamberos, que prenuncia la continuidad de la mala relación entre el Gobierno y el campo.
Como un remedo del "alpiste, perdiste" con el que el ex secretario Miguel Campos se despachó hace dos años con la dirigencia sectorial, en esta oportunidad los 78 centavos por litro se anunciaron en Casa de Gobierno, mientras a escasas nueve cuadras, en la Secretaría de Agricultura, funcionarios y productores mantenían la ilusión de creer estar resolviendo la cuestión.
El malestar de los productores contrasta con la satisfacción de la industria. No está de más traer a colación un encontronazo no tan lejano entre Moreno y la provincia de Buenos Aires, donde Lousteau, además de presidir el banco, también se desempeñó como ministro de la Producción. Fue en abril de este año, cuando Moreno cumplía un año en sus funciones y sus actitudes, por lo visto, incomodaban no solo a la dirigencia empresaria.
Solá debió salir públicamente a criticar la actitud "autoritaria" de Moreno, que determinó el alejamiento de Ricardo Angelucci, representante de la provincia en el Mercado Central porteño. A partir del lunes, será responsabilidad de Lousteau designar al delegado nacional en la institución. ¿Lo designará él o Moreno? ¿Scioli deberá atravesar una situación similar a la que le cupo a Solá hace ocho meses? En un país medianamente serio, en el que las responsabilidades reales se corresponden con las formales, no debería haber problemas. En el orden jerárquico de la administración pública argentina, un ministro está por encima de un secretario.
Si llega a haber entre los dos una diferencia ostensible, el secretario puede modificar su posición y quedarse o bien mantenerla y renunciar. Una tercera opción, mantener su postura y permanecer en el cargo, no es lo más recomendable: denotaría una debilidad de la autoridad del ministro y, probablemente, que el poder del secretario va más allá de sus cualidades personales y proviene de alguna instancia superior a la de los dos funcionarios involucrados.
Lousteau no debe ir muy lejos para contar con un ejemplo de las consecuencias de una relación similar a la descripta. Su predecesor, Miguel Peirano, pudo habérsela relatado con detalles en las reuniones de transición.
Con una ventaja inestimable: el nuevo ministro asume conociendo el final de la historia.







