A dos siglos de la Defensa

Por Carlos Páez de la Torre (h), para LA GACETA - Tucumán. El 5 de julio de 1807, soldados criollos y españoles rechazaron a sangre y fuego el asalto de los invasores británicos, que por segunda vez intentaban tomar Buenos Aires. No hubo conmemoración oficial de un aniversario tan honroso para la historia argentina. El Gobierno guardó silencio, y también los medios de comunicación, centrados en la payasada interminable de Marcelo Tinelli y en las efusiones nauseabundas de "Gran Hermano".

23 Sep 2007
El 28 de junio de 1807, un ejército británico de cerca de 9.000 hombres, tras apoderarse -en febrero- de Montevideo, zarpó de allí resuelto a tomar Buenos Aires. El año anterior, otra fuerza inglesa, al mando de William Carr Beresford, había podido sorprender a los porteños y ocupar su ciudad durante poco más de un mes. Hasta que Santiago de Liniers, al frente de soldados españoles y criollos, condujo una veloz y triunfal reconquista. Pero ahora, el jefe de la nueva expedición, John Whitelocke, descontaba el éxito.
En Buenos Aires, la invasión se esperaba. A los meses que transcurrieron desde el triunfo de agosto de 1806, Liniers los había empleado en un febril armado de la defensa. La gran recluta e instrucción de soldados; el traslado de pólvora desde Chile y el Perú; la requisa de plomo para fabricar balas; la reparación de cuanta arma de fuego vieja pudo hallarse; la hechura de espadas y bayonetas, y la fortificación de puntos estratégicos estuvieron entre las más importantes medidas. El vecindario de todas las clases secundaba estos afanes, dispuesto a pelear. Contaba Liniers, en total, con unos 8.000 hombres. Sólo una escasa parte de esa cifra era tropa veterana.
Los ingleses desembarcaron en Buenos Aires, en la Ensenada de Barragán. Lo que siguió a partir de la mañana del 2 de julio de 1807, es conocido en sus líneas generales. Liniers se inició con una equivocada maniobra. Desplegó a la mayoría de sus hombres pocas cuadras al sur del Riachuelo, listo para una batalla campal. Pero los invasores, al mando del segundo jefe, John Levison Gower, se movieron hacia los corrales de Miserere. Partió Liniers a buscarlos, y el fuego de los ingleses dispersó rápidamente a su tropa. En el combate no fueron muchas las bajas, pero cundió una enorme desmoralización.
Atenuaría el revés de los defensores, la actitud pasiva de los ingleses. No aprovecharon la victoria para avanzar, ni se les ocurrió sitiar la ciudad, que hubiera capitulado al fin por hambre. Entretanto, la noticia del contraste de Miserere espantó al vecindario. Sólo la firme actitud del alcalde Martín de Alzaga, a quien pronto se unió Liniers con su gente, hizo que todo quedara dispuesto otra vez para la defensa. Esto, durante los tres preciosos días que Whitelocke desperdició estacionado en los corrales. El libro de Carlos Roberts -que es todavía una de las investigaciones más completas sobre aquellos sucesos- detalla la estrategia. Los porteños acondicionaron trincheras y barricadas en el Fuerte y en la Plaza Mayor. Además, tendieron una línea irregular de cantones en el radio de varias cuadras en torno de la plaza, sumados a los que se improvisaron en las azoteas. Esta línea "exterior" de defensa, como la llama Roberts, de la que nada sabían los invasores, iba a resultarles fatal. Habían confiado en que los vecinos se encerrarían asustados en sus casas y que la tropa pelearía en las calles. La fuerza de Whitelocke avanzó hacia el centro de Buenos Aires en trece columnas, cuando amanecía el 5 de julio. Se toparon con un cerrado fuego de fusilería de los cantones y de los altos, al que apoyaban los cañonazos del Fuerte. Largo sería detenerse en los puntos donde las balas de los defensores sembraron de cadáveres la calle y lograron la rendición de los atacantes. La aniquilación de las fuerzas de Cadogan y Pack, que marchaban rumbo a San Ignacio, por ejemplo. Afirma Martín Rodríguez que en la casa de la Virreina Vieja, en Belgrano y Perú, "por los caños de desagües del techo corría sangre". O la matanza de las fuerzas de Duff frente a la iglesia de San Miguel, en la calle Suipacha. O el durísimo asalto a Santo Domingo, para sitiar las fuerzas de Craufurd. En fin, cada vez que vagabundeo por las calles porteñas cercanas a la Plaza de Mayo, no dejo de pensar en la cantidad de gente que murió allí durante aquel dramático día de la Defensa.


El papel tucumano
Tucumán participó en la Defensa.
Quince de sus soldados dejaron la vida en las calles de
Buenos Aires, y el Cabildo porteño dijo
que nuestra ciudad fue la primera en responder al pedido de auxilio.



Whitelocke debió capitular. Aceptó retirarse de Buenos Aires y también desocupar Montevideo. En setiembre, se alejó el último de los barcos que conducían al derrotado ejército de Su Majestad Británica.
San Miguel de Tucumán tuvo también su parte en esas jornadas. Nuestra ciudad envió, en auxilio de los defensores, soldados que se equiparon gracias a donaciones del vecindario. No sólo las aportaron los hombres, sino también las mujeres, movilizadas por la enérgica proclama que lanzó doña Agueda Tejerina de Posse. El contingente tucumano llegó a destino, y quince de sus integrantes perdieron la vida en los combates del 2 de julio. Merecen que se los nombre: sargentos primeros José León Carrasco y José María Fernández; soldados Fulgencio Paz, Mariano Delgado, Manuel Cáceres, Mariano Graneros, Vicente Jiménez, Pedro Orellana, Germán Galeano, León Sánchez, Mariano Gómez, Simón Iturriza, Blas Leal, Baltasar Pacheco y Pedro Pablo Romano.
El Cabildo de Buenos Aires manifestó por nota al nuestro, que Tucumán "fue el primero de la comprensión de este Virreinato, que dio pruebas de su lealtad y patriotismo, comprometiéndose a remitir a su costa un cierto número de gentes para defensa de este suelo". Agregaba: "¿Cómo podrá esta Capital aplaudir ni agradecer bastantemente unas demostraciones tan singulares, tan llenas de honor, de nobleza y de generosidad?" De todo esto acaban de cumplirse dos siglos. Conozco unos pocos actos de recordación. Hubo uno el 5 de julio, frente al convento de Santo Domingo, organizado por la Comisión Nacional de la Reconquista y la Defensa y la Academia Nacional de la Historia, donde estuvo presente una compañía del Regimiento Patricios. También dicha Academia acuñó una magnífica medalla conmemorativa, que reproduce la que en 1807 mandó a hacer, en homenaje a los defensores, la madre del general Juan Lavalle. Otro acto se hizo en el Jockey Club porteño, organizado por la Fundación Vasco Argentina "Juan de Garay". Hubo un simposio de la Junta de Estudios Históricos de la Recoleta; una exposición de la UCA en el Pabellón de las Bellas Artes, y el doctor Carlos Pedro Blaquier hizo acuñar una medalla con el rostro de Martín de Alzaga. Acaso me olvido de algo. Pero, para el gran público y para los medios de comunicación (todos concentrados en las payasadas interminables de Marcelo Tinelli y en las nauseabundas efusiones de "Gran Hermano"), el bicentenario pasó inadvertido. Faltó la gran celebración nacional, encabezada por el Gobierno, que hubiera correspondido para honrar a esos valientes. © LA GACETA.

Bibliografía
- CARLOS ROBERTS, Las invasiones inglesas del Río de la Plata (1806-1807) y la influencia inglesa en la independencia y organización de las provincias del Río de la Plata (Bs.As., Peuser, 1938). Hay una reedición de Emecé, 2000.
- VENTURA MURGA, Las invasiones inglesas y Tucumán en: Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, 1 (Tucumán, 1968).
- La proclama de Agueda Tejerina de Posse en: P. ANTONIO LARROUY, Comisión Nacional del Centenario. Documentos del Archivo General de Tucumán. Invasiones inglesas y revolución. Tomo I, 1806-1807, 1810-1812 (Bs.As, 1910), pp.59-60.