Los conquistadores europeos se comportaban como nativos

Por Eugenia Flores de Molinillo. Un autor que quiere cambiar la óptica del amablemente llamado "encuentro de culturas".

IRONICO. El argentino incursiona con comodidad en la dinámica de los imperialismos. IRONICO. El argentino incursiona con comodidad en la dinámica de los imperialismos.
22 Julio 2007
Sí. Lo de América fue un descubrimiento, desde la óptica europea: su historia incorporaba lo que hasta allí había estado para ellos oculto, cubierto. Pero también fue un cubrimiento, por cuanto la crónica del conquistador -¡ah, el poder de la palabra escrita!- no siempre registró con espíritu objetivo lo encontrado -no era ese su interés, claro-, ni apreció los conocimientos que los pueblos nativos más evolucionados habían alcanzado, para no mencionar el destino de los "demoníacos" códices quemados y las áureas obras de arte convertidas en lingotes.
Esa descalificación de las culturas nativas y de sus protagonistas crearon intersticios fértiles para que la imaginación artística de nuestro tiempo, sensibilizada por los impulsos reivindicatorios de las etnias aborígenes a partir del quinto centenario de la llegada de Colón, se incline a plasmar en esos vacíos historias posibles, ya que no verídicas.
Encuestada por LA GACETA Literaria sobre "el mejor libro" publicado en los últimos meses, mencioné El conquistador, de Federico Andahazi, Premio Planeta 2006, como uno de los "más interesantes" que había leído. El planteo argumental de Andahazi me pareció original y sugerente. No diría que es "lo mejor" del año: algo en su prosa la limita a carretear, sobre todo al principio, sin lograr alzar el vuelo que transmita un universo narrativo con la fuerza irresistible de otros novelistas.
¿Qué es entonces, pues, lo que hace interesante a esta novela? Dije que el planteo argumental.
Quetza, de la etnia mexica él, inteligente, imaginativo, osado, crece en el México precolombino, sobreviviendo a diversas contingencias y al odio del máximo sacerdote, necesario antagonista para urdir una trama eficaz. La novela de iniciación se proyecta así hacia la aventura de buscar tierras más allá del mar, en un enfoque paródico del viaje de Colón. Como el genovés, el héroe enfrenta un motín, y su gesto al pisar tierra firme en la costa española, cerca de Huelva, arrodillándose y comunicando más adelante a un "nativo" que ahora es súbdito del emperador mexica, es una secuencia especular de la llegada de Colón a su isla caribeña.
Tal vez lo mejor del libro está en esas referencias que ironizan sobre la conquista. Andahazi quiere cambiar la óptica del amablemente llamado "encuentro de culturas", mostrando a los europeos como "nativos" cuyos hábitos no difieren mucho de los del otro lado del mar: hogueras en nombre de la divinidad, persecuciones ideológicas, codicia, deslealtad, hipocresía y todos los pecados enquistados en casi toda sociedad humana. Y así como Quetza comenta con espíritu crítico que lo llaman "César", pues "los hombres blancos no toleraban los nombres ajenos a su lengua", por su parte él ya ha rebautizado al "nuevo mundo" como "Tochtlan". Andahazi incursiona en la dinámica de los imperialismos con bastante soltura, llevando a su héroe a acertadas conclusiones sobre la necesaria decadencia de todo imperio. Estos aciertos pueden hacer que el lector haga la vista gorda a algunas "licencias narrativas" como la de ocultar tras la palabra "enigma" el paso de las naves de Quetza desde el Mar Negro al río Eufrates, y atribuir sólo a Quetza y a Colón la creencia en la esfericidad de la tierra, noción que todo europeo culto admitía en esos años.
Reitero: no será lo mejor de nuestra cosecha literaria 2006, pero es interesante. © LA GACETA

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