
George Orwell - 1984
La revisión de lo acontecido durante la traumática década del 70 en nuestro país está dando lugar a un parcial análisis de lo ocurrido, y a sesgados juicios de valor, sobre las responsabilidades de sus protagonistas. Algo análogo está pasando en nuestros vecinos Chile y Uruguay, que por la misma época sufrieron también episodios de inusual violencia. Sin embargo, lo que resulta aún más llamativo es que en España, donde luego de una desgarradora Guerra Civil (1936-1939) y una larga y cruel dictadura (1939-1975) se había llegado a una modélica transición, que consolidó una convivencia democrática -pactada sobre la base de lo que Felipe González solía repetir: "la amnistía y la amnesia"-, ahora también vuelven a agitarse los fantasmas del pasado.
Pero lo que está sucediendo en la Madre Patria -luego de que el Pleno del Congreso aprobó una proposición de ley que instituye el año 2006 como Año de la Memoria Histórica, acotando el contenido exclusivo de lo conmemorable: la Segunda República, la Guerra Civil, el régimen franquista y la democracia instaurada con la Constitución de 1978- motiva a su vez valiosas reflexiones, que nos ayudan a descifrar ciertas claves ideológicas y semánticas que inequívocamente están también en juego. Por eso, con gran agudeza José Varela Ortega -distinguido intelectual y nieto del notable pensador José Ortega y Gasset-, en una serie de tres valiosos artículos publicados en Madrid (diario ABC de los días 28, 29 y 30 de agosto pasado), comienza por distinguir entre la memoria y la Historia.
El nos recuerda que "la memoria histórica, así en singular, no existe más que en la letra oficial de los regímenes autoritarios. Los sujetos colectivos carecen de memoria, que es una facultad individual. Los recuerdos son múltiples y diversos. Es inevitable, además, que esas reminiscencias personales estén limitadas por un espacio reducido, un entorno personal, cultural e ideológico determinado, y resulten distorsionadas por el prisma de experiencias posteriores" (los resaltados son del autor).
Es fundamental tener presente esta diferenciación entre la memoria y la historia. La primera es una facultad del espíritu que reproduce las vivencias o los recuerdos cuando la conciencia las necesita. El hombre es el único animal con memoria integral, es decir que puede utilizar esos recuerdos que retiene -la reminiscencia-, haciendo de ellos un uso regulado. En el Diccionario de la Lengua Española (edición de 1970, pág. 864) se aclara y se analizan distintas acepciones del vocablo.
La historia es distinta. En su significado más común, es el estudio de los acontecimientos pasados o de hechos memorables. Recurriendo también al diccionario de la Real Academia, al referirse a la palabra historia, en su acepción primera -tiene siete más y otras varias derivaciones- nos aclara que en "su sentido absoluto, se toma por la relación de los sucesos públicos y políticos de los pueblos". Es decir, es siempre crónica o narración verdadera de hechos sociales, de aconteceres colectivos. Pero luego de ese "sentido absoluto" se nos advierte que por extensión "también se da este nombre a la de los sucesos, hechos o manifestaciones de la actividad humana de cualquier otra clase". Y así, por ejemplo, puede entonces hablarse de la historia de un hombre, o de "la historia de la literatura, de la filosofía, de las artes, de la medicina o de la legislación". (sic; pág. 713).
Mientras tanto, en el rico debate que por estos temas, como decíamos, se está dando en España, el director del Suplemento Cultural del ABC, Fernando R. Lafuente, en una breve nota, observa con lucidez: "la memoria es, por ser memoria, selección. Unos hechos serán conservados, otros inmediata o progresivamente marginados, y así otros olvidados. La conclusión es obvia: será bueno distinguir lo que hay de recuperación del pasado y lo que hay de utilización del pasado. Y en esa estamos. Sólo han echado manos de las memorias colectivas los regímenes totalitarios, los que no han hecho de la memoria historia sino política de la historia". Luego de otras consideraciones, asevera: "no hay más memoria que la de uno; y por eso no hay historias oficiales, porque la Historia no tiene libreto" (sic ABC, 29 de julio de 2006)
De la ignorancia y otras adulteraciones
Estas consideraciones nos llevan de la mano a analizar, aún brevemente, otros problemas conexos que entre nosotros, y en los días actuales, adquieren indiscutible gravedad y socavan los fundamentos de nuestra cultura.
Por un lado, la ignorancia de la Historia en que han sido instruidas las últimas generaciones de argentinos. Hay alumnos a los que nunca -en los tres niveles de enseñanza- se les dictó historia argentina en forma completa y sistemática, ya que la asignatura en casi todo el país ha perdido autonomía, englobada dentro de otra, con el nombre general de Ciencias Sociales. Esto ha sido reconocido oficialmente, e inclusive denunciado por la Academia Nacional de la Historia, en una exhaustiva investigación (véase La enseñanza de la Historia en la Argentina, folleto de 36 páginas, Buenos Aires, 2000)
El otro problema, no menos grave, es un ya largo proceso de desvirtuación de la Historia, que a nuestro entender tiene dos fases bien distintas, pero no menos perturbadoras, de la verdad. En primer lugar, y como lo hemos recordado antes en otros trabajos, durante los años 30 del siglo pasado, Benedetto Croce denunció una tendencia que consideró letal para la formación espiritual de Occidente, que definiría como la antihistoria.
Para el ilustre pensador italiano, lo que comenzó primero como una "decadencia del sentimiento histórico" pasó a ser luego, por obra de los movimientos totalitarios de su época, una postura objetiva de destrucción de valores históricos consagrados "idolatrando un futuro sin pasado", y provocando la aversión, el desprecio o la befa hacia las tradiciones seculares. Además, y lo verdaderamente peligroso para él, era que el estudio de ese pasado, que se plasma durante siglos, luego se lo trastrueca prostituyéndose lo verdadero, presentándolo como falso según los intereses circunstanciales y exhibiendo, mientras tanto, lo falso como verdadero.Como se sabe, la epidemia se propagó e infectó a otros pueblos. Llegó inclusive a la Argentina por esos años y al socaire del nacionalismo -que el ojo clínico de Croce ya señalara como una desvirtuación del sentimiento de nación con un influjo perverso sobre el pasado- se comenzó una obra contestataria de la tradición histórica democrática que no ha concluido.
Ahora, y desde hace un tiempo, al lado de ese proceso espurio de la Historia comienza a tomar cuerpo otro, emparentado espiritualmente y tanto o más peligroso que aquel. Nos referimos a la falsificación del ayer. Es decir, no del pasado, que las generaciones actuales no vivieron. Esto, en cambio, afecta a hechos y personajes que fueron vividos o conocidos por los hombres del presente, deformándolos de tal manera para que aparezcan distintos de lo que en realidad fueron. La manipulación de las inteligencias por los modernos medios de comunicación de masas es el aliado más firme de estos falsarios del ayer inmediato.
Algunos casos sirven para ilustrar esta anomalía. Repárese la forma con que se está encarando la guerra antisubversiva que asoló a la República en la década del 70, donde ahora sólo se mencionan excesos en la represión, pero se olvidan los métodos de la guerrilla y el clima de violencia homicida que ella creó primero en la sociedad argentina. Las adhesiones y las responsabilidades políticas de la década del 90 son también objeto de ocultamiento o deformaciones.
Podríamos seguir con otros ejemplos, pero los expuestos bastan. Debe reconocerse que esta corruptela no es solamente propia de nuestro país. Julián Marías, el inolvidable filósofo español fallecido en diciembre de 2005, lo denunció también para su patria. A él lo que le resultaba desconcertante era la "escasez y pobreza de las defensas sociales contra esa falsificación. Pasivamente se recibe, y parece aceptarse esa sustitución de lo que se ha visto, experimentado o vivido, por algo bien distinto". Por ello, aconsejaba que se reaccione a tiempo para restablecer así la verdad y evitar que "impunemente se la dejen arrebatar".
La gravedad de estas acciones no puede ocultarse. Si destruir la memoria de un hombre es destruir su identidad y su futuro -el terrible mal de Alzheimer es precisamente eso-, destruir las mejores tradiciones de un pueblo y su historia es dejarlo huérfano de las claves de su filiación espiritual. Con un efecto anímico en la sociedad demoledor, que no puede ser paliado por los más grandes éxitos económicos, que siempre son efímeros.
Entre nosotros, no puede dudarse, ya se han instalado la ignorancia de la historia, la antihistoria y la falsificación del ayer; y deliberadamente, se confunde la memoria con la historia, como lo aclararon los distinguidos intelectuales europeos que citamos al comienzo de estas reflexiones.
Por eso, urge que se contrarreste todo esto con un sostenido y vigoroso impulso cultural, que a través de una verdadera pedagogía republicana restablezca la verdad histórica, sin la cual las naciones, al perder su identidad, pierden también su porvenir. © LA GACETA







