01 Julio 2007 Seguir en 

Por antigua que sea, la temática del forastero que llega al pueblo chico desprovisto de grandes acontecimientos sigue gozando de una enorme fecundidad, y eso porque, como ya fue observado, en literatura importa menos cuánto fue andado el camino que la gracia con que se narra lo que se narra. Y gracia para contar, justamente, es lo que le sobra a Hernán Rivera Letelier (gracia, eso sí, entendida por limpieza y garbo en la pura forma, pero asimismo como espesor en el contenido y agudeza para establecer tiempos, derivas y rúbricas de la historia en cuestión). De allí que eso que llanamente definió como un tributo a sus amigos futboleros y a sus ex compañeros de los salitrales de Atacama (donde laboró más de 30 años) haya cobrado dimensión de novela digna de ser leída con fruición.
Entrañable el forastero fantasista de la pelota, malabarista a la carta acosado por insondables fantasmas y acompañado por la no menos entrañable Colorina, mujer de chicles mascar y de modos algo toscos, pero, pese a ello, sugerentes e inquietantes. Entrañable el relator de las gestas deportivas, una mezcla de profesor chiflado, Víctor Hugo Morales y charlatán de feria. Entrañables cada uno de los personajes que Rivera Letelier (originario de Talca, autor de La reina Isabel cantaba rancheras, Los trenes se van al Purgatorio y Donde mueren los calientes, entre otros) presenta, retrata, acompaña y exime de cualesquier justificación moral. Es piadosa la mirada del narrador porque piadosa, en suma, es la circulación de miradas en esa geografía donde la diversidad y la singularidad son concebidas como reglas de oro susceptibles de ser respetadas a rajatabla. Entrañable, por último, el eje explícito, un partido de fútbol que dirime el orgullo regional y al tiempo define el destino de la fuente de trabajo. Hay allí, en la fervorosa expectación del inminente clásico entre Coya Sur y María Elena, una épica y una ética que Rivera Letelier despliega con tanta pericia de titiritero que una vez desplegada poco importa el desenlace, puesto que, como casi siempre, sabe más apetitosa la promesa que la consumación de la promesa propiamente dicha. (c) LA GACETA
Entrañable el forastero fantasista de la pelota, malabarista a la carta acosado por insondables fantasmas y acompañado por la no menos entrañable Colorina, mujer de chicles mascar y de modos algo toscos, pero, pese a ello, sugerentes e inquietantes. Entrañable el relator de las gestas deportivas, una mezcla de profesor chiflado, Víctor Hugo Morales y charlatán de feria. Entrañables cada uno de los personajes que Rivera Letelier (originario de Talca, autor de La reina Isabel cantaba rancheras, Los trenes se van al Purgatorio y Donde mueren los calientes, entre otros) presenta, retrata, acompaña y exime de cualesquier justificación moral. Es piadosa la mirada del narrador porque piadosa, en suma, es la circulación de miradas en esa geografía donde la diversidad y la singularidad son concebidas como reglas de oro susceptibles de ser respetadas a rajatabla. Entrañable, por último, el eje explícito, un partido de fútbol que dirime el orgullo regional y al tiempo define el destino de la fuente de trabajo. Hay allí, en la fervorosa expectación del inminente clásico entre Coya Sur y María Elena, una épica y una ética que Rivera Letelier despliega con tanta pericia de titiritero que una vez desplegada poco importa el desenlace, puesto que, como casi siempre, sabe más apetitosa la promesa que la consumación de la promesa propiamente dicha. (c) LA GACETA
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